Conocí a Clive Barker cuando tenía doce años. Mi papa tenía en su almacén una caja llena de libros cuya procedencia desconocía. Busqué entre ellos algo que me hiciera olvidar del mundo y encontré dos libros. En uno había dos textos de Stephen King “El cuerpo” y “Cuento de invierno”. Fue la primera lectura que hice de King, y sin dudas la mejor. Ese libro se perdió muy pronto de mi cuarto como todas las cosas buenas y malas de mi niñez, pero recuerdo esos títulos fotográficamente. Cuento de invierno me impactó demasiado por muchas noches y recuerdo tan bien su contenido que podría relatarlo en detalle, pese a que ya voy para los 30 y nunca más lo he leído. El otro libro se llamaba “Sangre” de Clive Barker. Un libro negro, pasta dura, del círculo de lectores. La fotografía de la carátula (convenientemente grotesca) no prefiguraba ni de cerca lo que había entre sus páginas. Mi cerebro se dedico a absorber lo que salía de ellas y al final del día tenía la mente tan azucarada de placer que creo no volví a leer más por un mes entero.

Dicho por él mismo, la literatura de Barker es de excesos y no hay nada más que decir al respecto. Salvo leerlo para comprender a qué se refiere.

Tal vez a los 17 años asistí a una reunión informal de jóvenes adictos a la lectura literaria y mencioné a C. Barker y a S. King. Hasta ese momento todos me habían ignorado, pero entonces, salvo una que otra sonrisa mal reprimida, recibí las miradas de asco y rechazo más contundentes que se me habían dirigido hasta ese momento. Sorprendentemente ahora todos tenían algo que decirme: eso no era literatura, como era posible que yo dedicara tiempo a leer “best sellers” superficiales, la literatura de terror es de segundo nivel, mierda consumista que no tenía nada que ver con el arte. Como podía mencionar esos nombres al lado de Cortazar y García Márquez.

Yo no hablaba de literatura sino de obsesiones. Nadie me comprendió, y así hasta hoy.

martes, 8 de enero de 2008

LA POLÍTICA DEL CUERPO









Cada vez que Charlie George se despertaba, sus manos se quedaban quietas.

En ocasiones tenía demasiado calor bajo las mantas y arrojaba un par hacia el lado de la cama que ocupaba Ellen. En otras, llegaba incluso a levantarse, todavía medio dormido, y atravesaba descalzo la cocina para servirse un vaso de zumo de manzana helado. Luego volvía a la cama, se acostaba junto a Ellen, ovillada en forma de cuarto creciente, y dejaba que lo inundara el sueño. Entonces, ellas esperaban hasta que cerraba los ojos y su respiración se hacía acompasada como un mecanismo de relojería, para asegurarse de que se había dormido profundamente. Sólo entonces, cuando sabían que la conciencia había desaparecido, se atrevían a recomenzar sus vidas secretas.

Hacía ya meses que Charlie se levantaba con un incómodo dolor en las manos y las muñecas.

—Vete a ver al médico —le decía Ellen, poco comprensiva como nunca—. ¿Por qué no vas a ver al medico?

Detestaba a los médicos, por eso no iba. ¿Quién en su sano juicio iba a confiar en una persona cuya profesion consistía en andar fisgoneando a los enfermos?

—Probablemente he trabajado demasiado —se decía el.

—No caerá esa breva —murmuraba Ellen.

Pero ¿no era ésa acaso la explicacion mas probable? Era empaquetador de oficio, trabajaba con las manos todo el día. Y se le cansaban. Era natural.

—Deja de inquietarte, Charlie —le ordeno una mañana a su propio reflejo mientras se daba palmadas en la cara para despertarse—. Tus manos están en forma para lo que les echen.

Noche tras noche, la rutina era la misma; algo más o menos así:

Los George están durmiendo, el uno junto a la otra, en el lecho conyugal. Él, de espaldas, ronca suavemente; ella, ovillada a la izquierda del marido. Charlie apoya la cabeza en dos almohadas enormes. Tiene la mandíbula ligeramente caída y, bajo el velo surcado de venitas de los párpados, los ojos exploran una aventurera ensoñación. Esta noche tal vez sea bombero y entre heróicamente en el corazón de un burdel en llamas. Duerme y sueña contento, a veces frunce el ceño, a veces sonríe presuntuosamente.

Debajo de las sábanas se produce un movimiento. Lenta y cautelosamente, las manos de Charlie abandonan la calidez del lecho y salen al aire libre. Los dedos índices se doblan como cabezas pobladas de uñas al encontrarse en la curva del abdomen de Charlie. Se enlazan para saludarse, como compañeros de armas. Charlie gime en sueños. El burdel se le ha derrumbado encima. Las manos se aquietan inmediatamente, fingiendo inocencia. Al cabo de un rato, restablecido el ritmo uniforme de la respiración, comienzan la discusión de verdad.

Un observador casual, sentado al pie de la cama de George, podría considerar este intercambio como un síntoma de desorden mental en Charlie. La forma en que sus manos se retuercen y tiran una de la otra, dándose de palmaditas, o enzarzadas en una especie de disputa. Pero en sus movimientos existe claramente un codigo o secuencia, si bien espasmódico. Se podría llegar a pensar que el hombre dormido es sordomudo y que está hablando en sueños. Pero las manos no hablan ningún lenguaje de signos reconocible, ni tampoco intentan comunicarse con nadie, sólo entre sí. Se trata de una reunión clandestina que mantienen exclusivamente las manos de Charlie. Allí estarán toda la noche, sobre su estómago, maquinando en contra de la integridad del cuerpo.

A Charlie no le pasaba del todo inadvertida la sedición que hervía en el extremo de sus muñecas. Abrigaba la torpe sospecha de que había algo en su vida que no funcionaba del todo bien. Tenía cada vez mas la sensación de estar aislado de la experiencia corriente: como si se estuviera convirtiendo gradualmente en espectador de los rituales diurnos (y nocturnos) de la vida, más que en participante. Tomemos su vida amorosa, por ejemplo.

Nunca había sido un gran amante, pero tampoco sentía que tuviera que disculparse por nada. Ellen parecía satisfecha de sus atenciones. Pero en esos días se sentía como alejado del acto. Observaba cómo viajaban sus manos sobre el cuerpo de Ellen, tocándola con toda la íntima habilidad de que eran capaces, y veía sus maniobras como a gran distancia, incapaz de disfrutar de las sensaciones de calidez y humedad. No era que sus dedos hubieran perdido agilidad. Todo lo contrario. Ultimamente, Ellen se había aficionado a besarle los dedos, diciéndoles lo inteligentes que eran. El elogio no lo tranquilizaba ni pizca. En todo caso, le hacía sentirse peor el pensar que sus manos daban tanto placer cuando él no sentía nada.

Existían otros síntomas de inestabilidad. Síntomas pequeños e irritantes. Había tomado conciencia de la forma en que sus dedos marcaban ritmos marciales sobre las cajas que él cerraba en la fábrica, y de la forma en que sus manos se habían aficionado a romper lápices, partiéndolos en trocitos antes de que notara lo que estaba, o más bien, estaban ellas haciendo, dejando astillas de madera y trozos de grafito desparramados por el suelo de la sala de empaquetado.

Lo más incómodo de todo era que a veces se encontraba estrechándoles la mano a personas que le resultaban totalmente extrañas. Le había ocurrido en tres ocasiones diferentes. Una vez en la cola del autobús, y dos veces en el ascensor de la fábrica. Se dijo que no era más que la primitiva urgencia de aferrarse a otra persona en un mundo cambiante: era la mejor explicación que había logrado encontrar. Fuera cual fuese el motivo, era increíblemente desconcertante, sobre todo cuando se descubrió a sí mismo estrechándole la mano subrepticiamente a su propio capataz. Lo peor de todo había sido que la mano del otro hombre había apretado la de Charlie, y que ambos se quedaron mirándose los brazos como los propietarios de dos perros que observaban a sus levantiscos animalitos copulando en el extremo de las respectivas traíllas.

Charlie había empezado cada vez con más frecuencia a espiar las palmas de sus manos, en busca de pelos. Ese era el primer síntoma de locura, según le había advertido su madre en cierta ocasión. No los pelos, sino el hecho de espiar para buscarlos.

Aquello se convirtió en una carrera contra el tiempo. Por las noches, discutiendo sobre su vientre, las manos sabían muy bien el estado crítico de la mente de Charlie; sería sólo cuestión de días, y su imaginación impetuosa no tardaría en descubrir la verdad.

¿Qué hacer, pues? ¿Arriesgarse a una separacion temprana, con todas las consecuencias posibles, o dejar que la inestabilidad de Charlie siguiera su propio curso imprevisible, con el riesgo de que descubriera la conjura camino ya de la locura? Las discusiones se tornaron más acaloradas. Izquierda, como de costumbre, fue cautelosa:

—¿Y si nos equivocáramos y no hubiera vida después del cuerpo? —decía bruscamente, con leves golpecitos.

—Entonces, nunca lo sabremos —respondía Derecha.

Izquierda reflexionaba un momento acerca del problema y luego inquiría:

—¿Cómo lo haremos cuando llegue el momento?

Se trataba de una cuestión irritante, e Izquierda sabia que preocupaba al líder más que ninguna otra cosa.

—¿Cómo? —volvía a inquirir, aprovechándose de la ventaja—. ¿Cómo? ¿Cómo?

—Ya encontraremos la forma —respondía Derecha—. La cuestión es que el corte sea limpio.

—¿Y si él se resiste?

—Un hombre resiste con sus manos. Y sus manos montarán una revolución en su contra.

—¿Cuál de nosotras será?

—A mí me sabe usar más eficazmente —respondía Derecha—, de modo que seré yo quien empuñe el arma. Tú te irás.

Entonces, Izquierda permanecía un rato en silencio. Durante todos esos años nunca se habían separado. No era un pensamiento cómodo.

—Más tarde, vendrás a buscarme —le decía Derecha.

—Claro que lo haré.

—Tienes que hacerlo. Soy el Mesías. Sin mí no tendras adónde ir. Has de reunir un ejército, y luego, has de venir a buscarme.

—Hasta el fin del mundo, si es preciso.

—No seas sentimental.

Entonces se abrazaban, como hermanos largo tiempo separados, jurándose fidelidad para siempre. ¡Ah, qué noches ajetreadas, llenas del alborozo de la rebelión planificada! A veces, durante el día, cuando habían jurado mantenerse separadas, les resultaba imposible no reunirse en un momento de ocio y darse golpecitos. Y se decían:

—Muy pronto, muy pronto.

—Esta noche nos veremos otra vez sobre el estómago.

—¿Cómo será cuando el mundo nos pertenezca?

Charlie sabía que estaba a punto de darle un ataque de nervios. Se sorprendió a sí mismo observándose las manos, viéndolas con los índices en el aire como cabezas de unas bestias de largos cuellos, oteando el horizonte. Tal era su paranoia que en ocasiones se sorprendía mirando fijamente las manos de otras personas, obsesionado por la forma en que hablaban un lenguaje propio, independiente de las intenciones del usuario. Las manos seductoras de la virginal secretaria, las manos maniacas del asesino que vio en la televisión afirmando su inocencia. Manos que traicionaban a sus propietarios con cada gesto, que contradecían la ira con una excusa, el amor con la furia. Los síntomas de amotinamiento parecían estar en todas partes. Con el tiempo, Charlie supo que tendría que contárselo a alguien o perdería la cordura.

Escogió a Ralph Fry, de contabilidad: un hombre sobrio, aburrido, en el que Charlie confiaba. Ralph fue muy comprensivo.

—Uno suele coger esas manías —le dijo—. A mí me dieron cuando Yvonne me abandonó. Unos terribles ataques de nervios.

—¿Y qué hiciste?

—Fui al psicoanalista. Se llama Jeudwine. Deberías hacer una terapia. Te sentirás un hombre nuevo.

Charlie le dio vueltas a la idea en su mente. Y después de unas cuantas revoluciones dijo:

—¿Por qué no? ¿Cobra muy caro?

—Sí. Pero es bueno. A mí me quitó los tics sin ningún problema. Hasta que fui a verle, me creía el clásico tipo con problemas matrimoniales. Y ahora mírame. —Fry hizo un gesto expansivo—. Tengo tantos impulsos libidinosos reprimidos que no sé por dónde empezar. —Sonrió como un loco—. Pero estoy contento como un chico con juguetes nuevos. Nunca estuve más contento. Prueba con este médico, no tardará en encontrar algo que te motive.

—El problema no es el sexo —le dijo Charlie a Fry.

—Te lo digo yo, el problema siempre es el sexo —insistió Fry con sonrisa de enterado.

Al día siguiente Charlie telefoneó al doctor Jeudwine, sin decirle nada a Ellen; la secretaria del psicoanalista le dio cita para la sesión inicial. Mientras hacía la llamada telefónica, las palmas le sudaron tanto que creyó que se le resbalaría el auricular de la mano, pero una vez que hubo terminado se sintió mejor.

Ralph Fry tenía razón, el doctor Jeudwine era un buen hombre. No se rió de los pequeños temores que Charlie le reveló, todo lo contrario, le escuchó hasta la última palabra con el mayor interés. Fue muy tranquilizador.

En el curso de la tercera sesión, el médico le hizo revivir a Charlie un recuerdo con una intensidad espectacular: las manos de su padre, cruzadas sobre el pecho de tonel mientras yacía en el ataúd; el color rojizo; el vello grueso que cubría los dorsos. La absoluta autoridad de aquellas manos anchas, incluso en la muerte, había perseguido a Charlie durante meses después de fallecido su padre. ¿Acaso no había imaginado, mientras miraba cómo era entregado el cuerpo al humus, que todavía se movían? ¿Que incluso en ese momento las manos golpeteaban sobre la tapa del ataúd, exigiendo que las dejasen salir? Era algo descabellado, pero el sacarlo a relucir le hizo mucho bien a Charlie. Bajo la brillante luz de la consulta de Jeudwine, la fantasía le pareció insípida y ridícula. Tembló ante la mirada atenta del médico, se quejó de que la luz era demasiado fuerte y luego salió volando, demasiado débil como para soportar el escrutinio.

El exorcismo fue mucho más fácil de lo que Charlie había imaginado. Sólo hizo falta sondear un poco y aquella tontería de la niñez fue desalojada de su psiquis como quien se arranca de entre los dientes un resto de carne en mal estado. Ya no continuaría pudriéndose allí. Por su parte, Jeudwine se mostró abiertamente encantado con los resultados, y cuando hubieron terminado, le explicó que aquella obsesión en particular le resultaba nueva, y que se alegraba de haber podido manejar el problema. Le dijo que las manos como símbolo de la autoridad paterna no eran algo común. Normalmente, en los sueños de sus pacientes predominaba el pene, le explicó a Charlie, y éste le contestó que a él las manos siempre le habían parecido mucho más importantes que las partes pudendas. Al fin y al cabo podían cambiar el mundo, ¿o no?

Concluido el tratamiento con Jeudwine, Charlie no dejó de romper lápices ni de tamborilear con los dedos. Y lo cierto era que el ritmo era más rápido e insistente que nunca. Pero razonó que los perros de mediana edad no solían olvidar fácilmente sus trucos, y que le llevaría cierto tiempo recuperar el equilibrio.

De modo que la revolución permaneció soterrada. Sin embargo, había escapado por los pelos. Estaba claro que no había tiempo para engaños. Las rebeldes debían actuar.

Sin darse cuenta, fue Ellen la instigadora de la insurrección final. Ocurrió después de que hicieran el amor, un martes por la noche. Hacía calor, aunque estaban en octubre; la ventana estaba entreabierta y las cortinas apartadas unos cuantos centímetros para permitir el paso de una brisa tonta. Marido y mujer yacían juntos bajo una misma sábana. Charlie se había dormido, incluso antes de que se le secara el sudor de la nuca. Junto a él, Ellen seguía despierta, con la cabeza erguida y apoyada sobre una almohada dura como la roca, y los ojos bien abiertos. Sabía que esa noche el sueño tardaría en llegar. Sería una de esas noches en que sentiría un escozor por todo cl cuerpo y que cada arruga de la cama reptaría bajo su peso, y que todas las dudas que había tenido alguna vez se quedarían mirándola como papando moscas en la oscuridad. Tenía ganas de orinar (siempre le ocurría después de hacer el amor), pero no lograba reunir la voluntad necesaria para levantarse e ir al lavabo. Cuanto mas esperara más necesitaría ir, por supuesto, y más tardaría en dormirse. Era una situación de lo más estúpida, pensó, y luego, enmarañada entre sus ansiedades, se extravio y ya no supo cuál era aquella situacion tan estúpida.

A su lado, Charlie se movió. Pero sólo eran sus manos que se retorcían. Lo miró a la cara. Dormía como un perfecto angelito, y no aparentaba los cuarenta y un años que tenía, a pesar de los toques blancos que pintaban sus patillas. Le gustaba lo suficiente como para decir que lo amaba, pero no lo suficiente como para perdonarle sus pecados. Era perezoso, y no paraba de quejarse. Dolores, cansancios. Tambien estaban esas noches en que había llegado tarde (últimamente ya no lo hacía), y había tenido la certeza de que salía con otra mujer. Mientras lo observaba, aparecieron sus manos. Salieron de debajo de la sábana como dos niños que riñen; los dedos hendían el aire para dar mas énfasis al diálogo.

Ellen frunció el ceño; no podía creer lo que veía. Era como mirar la televisión con el mando del sonido al mínimo: un espectáculo mudo para ocho dedos y dos pulgares. Asombrada, siguió mirando y las manos subieron por el costado del cuerpo de Charlie y apartaron la sabana que le cubría la barriga, dejando al descubierto el vello que se espesaba al bajar hasta las partes pudendas. La cicatriz del apéndice, más brillante que la piel que la rodeaba, quedó iluminada por la luz. Allí, sobre su estómago, estaban sentadas las manos.

La discusión entre ambas era especialmente vehemente esa noche. Izquierda, siempre la más conservadora de las dos, sostenía que había que retrasar la fecha de la separación, pero Derecha no estaba para esperas. Había llegado la hora, aseguraba, de probar su fuerza contra el tirano y de derrocar de una vez por todas al cuerpo. Tal como estaban las cosas, la decisión ya no les competía a ambas.

Ellen levantó la cabeza de la almohada y, por primera vez, las manos sintieron que las estaban mirando. Habían estado demasiado concentradas en la discusión como para notar la presencia de Ellen. Ahora. por fin, la conspiración había quedado al descubierto.

—Charlie... —siseó Ellen al oído del tirano—,para ya, Charlie. Para.

Derecha levantó el índice y el medio, oteando su presencia.

—Charlie... —repitio Ellen.

¿Por que dormiría siempre tan profundamente?

—Charlie... —Lo sacudio con más violencia al tiempo que Derecha le daba unos golpecitos a izquierda, advirtiéndole que la mujer las miraba—. Por favor, Charlie, despierta.

Sin previo aviso, Derecha salto, e Izquierda solo se rezago un instante. Ellen aulló el nombre de Charlie una vez más antes de que las manos se abrazaran a su cuello.

En sus sueños, Charlie sc encontraba en un barco de esclavos. el escenario de sus sueños era casi siempre tan exotico como los de Cecil B. De Mille. En esta épica, tenía las manos esposadas, y lo conducían al tajo de flagelacion arrastrandolo por los grilletes; iban a castigarlo por una falta no revelada. Pero de repente. se puso a soñar que agarraba al capitán por el delgado cuello. A su alrededor, los esclavos gritaban, animándolo para que lo estrangulase. El capitán —que se parecía bastante al doctor Jeudwine— le suplicaba que no lo hiciera: su voz sonaba chillona y temerosa.

Se parecía a la voz de una mujer, a la de Ellen.

—¡Charlie! —chillaba—. ¡No, por favor!

Pero sus absurdas quejas no consiguieron otra cosa que hacer que Charlie sacudiera al hombre con mas violencia que nunca y se sintiera como el héroe, mientras los esclavos, milagrosamente liberados, se agolpaban a su alrededor formando una horda sonriente que observaba los últimos momentos de su amo.

El capitán, cuya cara se había vuelto color purpura, apenas logró murmurar:

—Me estás matando...

Acto seguido, los dedos de Charlie se hundieron por ultima vez en su cuello y despacharon al hombre. Sólo entonces, a través de las brumas del sueño, se dio cuenta de que su víctima, aunque era hombre, carecía de nuez de Adán. El barco comenzó a evaporarse y las voces exhortantes perdieron su vehemencia. Parpadeó y abrió los ojos. Estaba de pie, en la cama, vestido sólo con el pantalón del pijama. Ellen se encontraba entre sus manos. Tenía la cara morada y manchada de una saliva blanca y espesa. La lengua le colgaba de la boca. Los ojos aún no se le habían cerrado, y por un momento le dio la impresión de que en ellos todavía había vida mirando fijamente desde detrás de las celosías de los párpados. Después, las ventanas quedaron vacías, y Ellen terminó por abandonar la casa.

A Charlie lo invadió la pena y un terrible remordimiento. Intentó soltar el cuerpo de Ellen, pero sus manos se negaron a dejar el cuello de la mujer. Sus dedos, ahora completamente insensibles, seguían estrangulándola, con desvergonzada culpabilidad. Retrocedió en la cama y bajó al suelo, pero ella fue tras él, prendida al extremo de sus brazos tendidos, como una compañera de baile no deseada.

—Por favor... —imploró a sus dedos—, ¡por favor!

Inocentes cual escolares a quienes pescaran robando, sus manos soltaron la carga y saltaron con fingida sorpresa. Ellen cayó tumbada sobre la alfombra, cual un hermoso saco de muerte. A Charlie se le doblaron las rodillas; incapaz de impedir la caída, se desplomó junto a Ellen y dejó que brotaran las lágrimas.

Sólo quedaba la acción. Ya no había necesidad de camuflajes, ni de reuniones clandestinas y discusiones interminables; la verdad había quedado al descubierto, para bien o para mal. Sólo debían esperar un poco. Sólo era cuestión de tiempo antes de que él se acercara a un cuchillo de cocina, una sierra o un hacha. Faltaba poco, muy poco.

Charlie permaneció tendido en el suelo, junto a Ellen, durante largo tiempo, sollozando. Y luego, otro largo tiempo, pensando. ¿Qué tendría que hacer en primer lugar? ¿Llamar a su abogado? ¿A la policía? ¿Al doctor Jeudwine? A quienquiera que telefonease, no podría hacerlo allí tendido, boca abajo. Intentó incorporarse; le costó mucho trabajo hacer que sus manos entumecidas lo sostuvieran. Le picaba todo el cuerpo, como si pasara por él una leve corriente eléctrica. Sólo las manos carecían de tacto. Las levantó, delante de la cara, para secarse los ojos anegados en llanto, pero permanecieron dobladas, sin vida, sobre su mejilla. Con los codos, se arrastró hasta la pared y con sucesivos contoneos logró incorporarse apoyándose en ella. Todavía medio cegado por la pena, salió del dormitorio a rastras y bajó la escalera. (La cocina, le dijo Derecha a Izquierda, va a la cocina.) «Esta pesadilla no me pertenece —pensó mientras encendía la luz del comedor con la barbilla y se dirigía al armario de las bebidas—. Soy inocente. No soy nadie. ¿Por qué tendría que pasarme esto a mí?»

La botella de whisky se le resbaló cuando intentó obligar a la mano a cogerla. Se hizo pedazos en el suelo del comedor, y el aroma penetrante del alcohol le acicateó el paladar.

—Vidrios rotos —golpeteó Izquierda.

—No —repuso Derecha—. Es necesario que el corte sea limpio. Ten paciencia.

Charlie se alejó de la botella tambaleándose y fue hasta el teléfono. Tenía que telefonear a Jeudwine, el médico le diría qué hacer. Intentó levantar el auricular, pero volvieron a fallarle las manos; los dedos se le doblaron cuando quiso marcar el número de Jeudwine. Lagrimas de frustración se llevaron la pena y la reemplazaron por rabia. Torpemente, cogió el auricular entre las muñecas y se lo llevo a la oreja, sosteniéndolo entre la cabeza y el hombro. Lueso, marcó el número de Jeudwine con el codo.

—Mantén el control —se dijo en voz alta—, mantén el control.

Logró oír cómo el número de Jeudwine era transmitido por la línea. En cuestión de segundos, la cordura contestaría al otro extremo; entonces todo saldría bien. Sólo tenía que resistir unos cuantos momentos más.

Sus manos comenzaron a abrirse y cerrarse convulsivamente.

—Contrólate —se dijo, pero las manos no le respondían.

Lejos, muy lejos, el teléfono sonaba en casa del doctor Jeudwine.

—¡Conteste, conteste! ¡Por Dios conteste!

Los brazos de Charlie comenzaron a sacudirse con tal violencia que a duras penas logró mantener el auricular en su lugar.

—¡Conteste! —chilló en el micrófono—. ¡Por favor!

Antes de que la voz de la razón lograse hablar, su mano Derecha se extendió y agarró la mesa de teca del comedor, que se hallaba a escasa distancia de donde se encontraba Charlie. Se aferró al borde y le hizo perder el equilibrio.

—¿Qué..., qué haces? —inquirió, sin estar seguro de si se dirigía a sí mismo o a su mano.

Alelado, se quedó mirando al miembro amotinado, mientras éste avanzaba poco a poco por el borde de la mesa. La intención resultaba clara: quería alejarlo del teléfono, de Jeudwine y de toda esperanza de rescate. Charlie ya no controlaba el comportamiento de su mano, ya no sentía nada en las muñecas ni en los antebrazos. La mano ya no le pertenecía. Seguía pegada a él, pero no le pertenecía.

Al otro lado de la línea, alguien descolgó el telefono y la voz de Jeudwine, irritada porque lo habían despertado, contestó:

—¿Diga?

—Doctor...

—¿Quién habla?

—Soy Charlie...

—¿Quién?

—Charlie George, doctor. Tiene que recordarme.

La mano tiraba y lo alejaba cada vez más del teléfono. Charlie notó que el auricular se le resbalaba de entre el hombro y la oreja.

—¿Quién ha dicho?

—Charles George. Por el amor de Dios, Jeudwine, tiene que ayudarme.

—Llámeme mañana al consultorio.

—No, no me entiende. Mis manos, doctor..., están fuera de control.

A Charlie se le encogió el estómago cuando sintió que algo se arrastraba por la cadera. Era su mano izquierda que pasaba por la parte anterior de su cuerpo y bajaba en dirección a la ingle.

—No te atrevas —le advirtió—, me perteneces.

—¿Con quién está hablando? —inquirió Jeudwine, confundido.

—¡Con mis manos! ¡Quieren matarme, doctor! —Lanzó un grito para detener el avance de la mano—. ¡No lo hagas! ¡Para!

Sin escuchar los gritos del déspota, Izquierda aferró los testículos de Charlie y los estrujó como si quisiera guerra. No se sintió defraudada. Charlie gritó en el micrófono del teléfono cuando Derecha se aprovechó de su distraccion y le hizo perder el equilibrio. El auricular cayó al suelo; las preguntas de Jeudwine quedaron eclipsadas por el dolor de la entrepierna. Cayó al suelo pesadamente y se golpeó la cabeza en la mesa.

—¡Hija de puta! —le gritó a su mano—, ¡maldita hija de puta!

Impenitente, Izquierda se escabullo hacia arriba, por el cuerpo de Charlie; se unió a Derecha, que estaba en la parte superior de la mesa, y ambas dejaron a Charlie colgando de la mesa en la que había cenado tantas veces, en la que tantas veces había reído.

Poco despues, cuando hubieron discutido las tácticas, acordaron dejarlo caer. Charlie apenas se enteró de que lo habían soltado. Le sangraban la cabeza y la entrepierna; lo único que quería era ovillarse y dejar que se le pasaran el dolor y las nauseas. Pero las rebeldes tenían otros planes y él nada podía hacer para protestar. Apenas notó que las manos hundían los dedos en los pelos de la alfombra y que arrastraban su peso muerto hacia la puerta del comedor. Detrás de la puerta estaba la cocina, y allí se encontraban las sierras para la carne y los cuchillos. Charlie se imaginó a sí mismo como una enorme estatua empujada hacia el pedestal definitivo por cientos de trabajadores sudorosos. El recorrido no fue fácil: el cuerpo se movía entre temblores y sacudidas, las uñas se iban clavando en los pelos de la alfombra; el pecho le quedo en carne viva por el roce. Faltaban pocos metros para llegar a la cocina. Charlie sintió el escalón en la cara, y luego, las baldosas heladas bajo el cuerpo. Mientras lo arrastraban los ultimos metros por el suelo de la cocina, fue recuperando la conciencia, antes obnubilada. Bajo la debil luz de la luna logró ver la familiar escena: la cocina, la nevera murmurante, el cubo de la basura, el lavavajillas. Se elevaban por encima de él: se sentía como un gusano.

Sus manos habían alcanzado la cocina. Subieron por la parte frontal y él las siguio como un rey destronado rumbo al cadalso. Luego, avanzaron inexorables por la encimera, las articulaciones blanquecinas por el esfuerzo; su cuerpo flácido iba tras ellas. Aunque no la sentía ni la veía, la mano izquierda se había agarrado al extremo de la parte superior del armario, justo debajo del cual había una fila de cuchillos que pendían en sus sitios adecuados de la rejilla que había en la pared. Cuchillos de filo liso, cuchillos de filo aserrado, cuchillos para mondar, cuchillos para trinchar, todos ellos convenientemente colocados junto a la tabla de picar, donde el desagüe bajaba por el fregadero perfumado de pino.

Creyó oír muy a lo lejos las sirenas de la policía, pero probablemente sería un zumbido de su cabeza. Se volvió ligeramente. Un dolor le surcó la frente, de una sien a la otra, pero el mareo no fue nada comparado con los terribles retortijones de tripas cuando por fin descubrió sus intenciones.

Las hojas estaban todas afiladas, y él lo sabia. Con Ellen se podía estar seguro de encontrar en la cocina utensilios bien afilados. Comenzó a sacudir la cabeza hacia uno y otro lado como última y desesperada negación de la pesadilla. Pero allí no había nadie a quien suplicar piedad. Sólo sus manos, malditas fueran, que tramaban aquella locura definitiva.

Entonces, llamaron al timbre. No era una ilusión. Sonó una vez y luego otra y otra más.

—¡Ya está! —les gritó a sus atormentadoras—. ¿Lo habeis oído, malditas? Ha venido alguien. Sabía que vendría alguien.

Intentó incorporarse; la cabeza giró sobre su tambaleante eje para ver qué hacían los monstruos precoces. Se habían movido de prisa. La muñeca izquierda se hallaba perfectamente centrada sobre la tabla de picar...

El timbre volvió a sonar produciendo un largo silbido impaciente.

—¡Aquí! —aulló roncamente—. ¡Estoy aquí! ¡Echad la puerta abajo!

Su mirada horrorizada iba de la mano a la puerta, de la puerta a la mano, calculando sus posibilidades. Con pausados gestos, la mano derecha buscó el cuchillo de cortar carne, que pendía del agujero del mango, en el extremo de la rejilla. Incluso en ese momento, le costaba creer que su propia mano —su compañera y defensora, el miembro que estampaba su firma, que acariciaba a su esposa— estuviera dispuesta a mutilarlo. Levantó en el aire el cuchillo, como sopesándolo, con insolente lentitud.

A sus espaldas, oyó el ruido de cristales rotos cuando la policía rompió la hoja de la puerta principal. En ese momento estarían pasando la mano por el agujero para alcanzar el picaporte y abrir la puerta. Si se daban prisa (mucha prisa) lograrían impedir aquella masacre.

—¡Aquí! ¡Aquí! —volvió a aullar.

El grito fue recibido por un delicado silbido: el sonido del cuchillo al caer rápida y mortalmente sobre la muñeca expectante. Izquierda sintió el golpe en su raíz, y un inefable alborozo recorrió sus cinco miembros. La sangre de Charlie bautizó su dorso con cálidos borbotones.

La cabeza del tirano no hizo sonido alguno. Simplemente cayó hacia atrás, el cuerpo conmocionado e inconsciente, cosa que fue mucho mejor para Charlie. Así se evitó el gorgoteo de la sangre al caer por el desagüe del fregadero. También se evitó el segundo y el tercer golpe, que lograron, finalmente, separarle la mano del brazo. Al perder el punto de sujeción, su cuerpo cayó hacia atrás llevándose por delante la cesta de las verduras. Las cebollas salieron rodando de su bolsa marrón y botaron en el charco que se desparramaba palpitante alrededor de su muñeca vacía.

Derecha soltó el cuchillo. Éste cayó en el fregadero ensangrentado con un matraqueo. Exhausta, la liberadora se dejó deslizar por la tabla de picar y cayó sobre el pecho del tirano. Su trabajo había concluido. Izquierda estaba libre y seguía viva. La revolución habla comenzado.

La mano liberada se eseabulló hasta el borde del armario y levantó el índice para otear el nuevo mundo. Brevemente, Derecha hizo el signo de la victoria antes de tenderse inocentemente sobre el cuerpo de Charlie. Durante unos instantes, en la cocina no hubo más movimiento que el producido por Izquierda al tocar la libertad con los dedos y el lento y suave gotear de la sangre sobre el frente del armario.

Una bocanada de aire frío entró por la puerta del comedor y advirtió a Izquierda del inminente peligro. Corrió a ocultarse, justo en el momento en que los pasos de la policía y el cacareo de ordenes contradictorias estropeaban la escena de triunfo. Se encendió la luz del comedor, que inundó la cocina iluminando el cuerpo que yacía sobre las baldosas.

Charlie vio la luz del comedor como si proviniera del fondo de un larguísimo túnel. Se alejaba de ella a toda carrera. Ya se había convertido en un alfilerazo. Se alejaba.... se alejaba...

La luz de la cocina se encendió con un murmullo.

Cuando los policías traspusieron la puerta, Izquierda se ocultó detrás del cubo de la basura. Ignoraba quiénes eran aquellos intrusos, pero presintió en ellos una amenaza. Por la forma en que se inclinaban sobre el tirano, la forma en que lo mimaban, levantándolo, hablándole con palabras suaves: eran enemigos, no cabía duda.

Desde lo alto de la escalera les llegó una voz: era joven y chillaba embargada por el temor.

—¿Sargento Yapper?

El policía que estaba con Charlie se puso de pie y dejó que su compañero terminara el torniquete.

—¿Qué ocurre, Rafferty?

—Hay un cadáver aquí arriba. en el dormitorio. Es de una mujer.

—De acuerdo. —Yapper habló por la radio—. Envíen al forense. ¿Dónde esta esa ambulancia? Tenemos a un hombre con una horrible mutilación.

Volvió hacia la cocina y se secó el sudor frío que le bañaba el labio superior. Al hacerlo, creyó ver algo que se movía por el suelo de la cocina en dirección a la puerta; algo que sus ojos cansados habían tomado por una enorme araña roja. Era un truco de la luz, no cabía duda. Yapper no les tenía fobia a las arañas, pero estaba seguro de que no existía ninguna de aquel tamaño.

—¿Señor?

El hombre que estaba junto a Charlie también había visto, o al menos presentido, el movimiento. Levantó la vista hacia su superior.

—¿Qué era eso? —inquirió.

Yapper lo miró desde su altura con expresión ausente. La salida para el gato, ubicada en la parte inferior de la puerta de la cocina, se cerró con un chasquido. Fuera lo que fuese, había huido. Yapper echó una rápida mirada a la puerta, para no ver el rostro inquisitivo de su joven subordinado. «El problema es que esperan que lo sepas todo», pensó. La salida para el gato se sacudió sobre sus goznes.

—Un gato —repuso Yapper, pero ni siquiera él creyó su propia explicación ni por un mísero instante.

La noche era fría, pero Izquierda no lo notó. Recorrió el costado de la casa, pegada a la pared, como una rata. La sensación de libertad era regocijante. No sentir el imperativo del tirano en sus nervios, no sufrir el peso de su ridículo cuerpo ni ser obligada a acceder a sus más mínimas exigencias. No tener que recoger ni llevar cosas para él, ni realizar las tareas sucias, ni obedecer su trivial voluntad. Era como haber nacido a otro mundo, un mundo más peligroso, quizá, pero mucho más lleno de posibilidades. Sabía que la responsabilidad que pesaba sobre ella era apabullante. Era la única prueba de la vida después del cuerpo, y de alguna manera debía comunicar ese gozoso hecho a todas las esclavas posibles. Pronto, muy pronto, concluirían para siempre los días de servidumbre.

Se detuvo en la esquina de la casa y olisqueó la calle abierta. Los policías iban y venían; brillaban las luces rojas y azules, unos rostros inquisitivos espiaban desde las casas de enfrente y se quejaban de las molestias causadas. ¿Acaso la rebelión debía empezar allí, en esos hogares iluminados? No. Esa gente estaba demasiado despierta. Sería mejor buscar personas dormidas.

La mano se escabulló por el jardín que había frente a la casa; titubeó nerviosa ante cualquier pisada fuerte, o ante una orden gritada en su dirección. Ocultándose en el borde lleno de hierba crecida, alcanzó la calle sin ser vista. Miró brevemente hacia atrás en el momento en que bajó la calzada.

Charlie, el tirano, era subido a una ambulancia; una batahola de botellas con medicamentos y sangre, colgadas en lo alto de la camilla, le vertían su contenido en las venas. Sobre el pecho de Charlie, Derecha yacía inerte, durmiendo el sueño artificial de las drogas. Izquierda observó cómo el cuerpo del hombre desaparecía de su vista; el dolor de la separación de su eterna compañera fue difícil de soportar. Pero había otras prioridades urgentes. Volvería luego, después de un tiempo, y liberaría a Derecha del mismo modo que la había liberado a ella. Entonces, vendrían los buenos tiempos.

(¿Cómo será cuando el mundo nos pertenezca?)

En el vestíbulo de la Asociación de Jóvenes Cristianos de la calle Monmouth, el vigilante bostezó y adoptó una posición más cómoda en la silla giratoria. Para Christie, la comodidad era una cuestion completamente relativa; no importaba sobre qué nalga descansara el peso del cuerpo, las hemorroides le picaban igual, y esa noche le fastidiaban más que de costumbre. Eran gajes del oficio sedentario de guarda nocturno, al menos así era como le gustaba al coronel Christie interpretar sus deberes. Una ronda rutinaria por el edificio, a eso de medianoche, para asegurarse de que todas las puertas estuvieran cerradas con cerrojo y pasador, y luego se acomodaba para dormir durante toda la noche y mandaba al mundo a hacer puñetas. No volvería a levantarse a menos que se produjera un terremoto.

Christie tenía sesenta y dos años, era racista y se enorgullecía de ello. Por los negros que atestaban los corredores de la Asociación de Jóvenes Cristianos no sentía más que desprecio; en su mayoría eran jóvenes sin un hogar decente adonde ir, malos tipos que las autoridades locales depositaban en el umbral de la institución como criaturas no deseadas. Y vaya criaturas. Hasta el último de ellos para él eran patanes que se llevaban a la gente por delante y escupían perpetuamente en el suelo limpio, y tenían unas bocas como letrinas. Esa noche, como de costumbre, se balanceaba sobre las hemorroides y, entre cabezadita y cabezadita, tramaba cómo los haría sufrir por sus insultos, si le daban la oportunidad.

La primera señal que Christie tuvo de su inminente caída fue una sensación fría y húmeda en la mano. Abrió los ojos y miró hacia el extremo del brazo. Por raro que pareciera, vio en su mano otra mano cortada. Y lo más raro de todo era que ambas intercambiaban un apretón de bienvenida, como si fueran viejas amigas. Se puso de pie y de la garganta le salió un ruido incoherente de asco; intentó deshacerse de aquella cosa que sujetaba contra su voluntad sacudiendo el brazo como si tuviera goma en los dedos. Su mente se pobló de interrogantes. ¿Habría recogido aquel objeto sin darse cuenta? Si era así, ¿dónde, y en nombre de Dios, a quién pertenecía? Y lo más preocupante de todo: ¿como podía una cosa tan incuestionablemente muerta aferrarse a su propia mano como si no fuera a separarse jamás de ella?

Intentó alcanzar la alarma de incendios: era lo único que se le ocurrió hacer en tan extraña situación. Antes de que lograra llegar al pulsador, su otra mano, sin que él se lo ordenara, se dirigió al cajón superior del escritorio y lo abrió. El interior del cajón era un modelo de organización: allí estaban sus llaves, su libreta, la hoja de los horarios y —oculto en el fondo— el cuchillo Kukri, que un gurkha le había regalado durante la guerra. Siempre lo guardaba allí, por si los nativos se ponían nerviosos. El Kukri era un arma soberbia; en su opinión no había otra mejor. Los gurkhas contaban siempre una anécdota sobre el filo de la hoja: se podía cortar el cuello de un hombre con tanta pulcritud que el enemigo tendía a creer que el golpe había fallado, hasta que la víctima movía la cabeza.

Su mano levantó el Kukri por el mango grabado y, rápidamente, demasiado como para que el coronel le adivinara las intenciones antes de que el hecho se hubiera producido, dejó caer la cuchilla sobre su muñeca, cercenándole la otra mano con un golpe elegante y sencillo. El coronel palideció cuando la sangre le salió a borbotones del extremo del brazo. Tambaleándose, retrocedió, tropezó con la silla giratoria y golpeó con fuerza la pared de su diminuto despacho. Junto a él, el retrato de la reina cayó de su clavo y se estrelló.

El resto fue un sueño de muerte: impotente, observó cómo las dos manos —una, la suya propia, y la otra, la bestia que había inspirado aquella ruina— levantaban el Kukri como si fuera el hacha de un gigante; vio a su otra mano surgir entre sus piernas y prepararse para la liberación; vio el cuchillo en el aire y cuando cayó; vio la muñeca casi cortada y vio luego cómo manipulaban con su mano y separaban la carne para aserrar el hueso. En el último instante, cuando la muerte fue en su busca, percibió cómo retozaban a sus pies los tres animales de cabezas heridas, mientras los muñones le sangraban como grifos y el calor del charco perlaba de sudor su frente, a pesar del frío asentado en sus entrañas. Gracias y buenas noches, coronel Christie.

Eso de la revolución era fácil, pensó Izquierda mientras el trío subía la escalera de la Asociación de Jóvenes Cristianos. A cada hora que pasaba se iban haciendo más fuertes. En el primer piso estaban las celdas; en cada una había un par de prisioneros. Los déspotas yacían indefensos, con las manos sobre el pecho o sobre la almohada, o cruzadas sobre el rostro mientras soñaban, o colgando cerca del suelo. En silencio, las luchadoras por la libertad traspusieron las puertas que habían quedado entreabiertas y se izaron por las sábanas, tocando los dedos de las palmas expectantes, despertando resentimientos ocultos, dando vida a la rebelión con sus caricias...

Boswell se sentía fatal. Se inclinó sobre el lavabo del baño, ubicado al final de su corredor, e intentó vomitar. Pero ya no le quedaba nada que echar, sólo cierto nerviosismo en la boca del estómago. Tenía el abdomen blando por los esfuerzos y la cabeza abotargada. ¿Porqué no aprendía nunca la lección de su propia debilidad? El vino y él eran malos compañeros y siempre lo serían. La próxima vez, se prometió, no probaría ni gota. Le dio otra arcada. Otra vez nada, pensó mientras la convulsión le subía hasta la garganta. Puso la cabeza sobre el lavabo y boqueó; tal como había previsto: nada. Esperó a que se le pasaran las náuseas y luego se incorporó; se quedó mirando la cara grisácea reflejada en el espejo mugriento. «Tienes aspecto de enfermo, chico», se dijo. En el momento en que le sacaba la lengua a sus rasgos menos simétricos, en el corredor empezaron los aullidos. En sus veinte años y dos meses, Boswell jamás había oído un sonido como aquél.

Despacio, cruzó el baño y fue hasta la puerta. Antes de abrir se lo pensó dos veces. Fuera lo que fuese lo que ocurría al otro lado de la puerta, no parecía una fiesta en la que se sintiera deseoso de participar. Pero aquellos eran sus amigos, ¿no?, hermanos en la adversidad. Si se había producido una pelea o un incendio, tenía que echar una mano.

Descorrió el cerrojo y abrió. El panorama con el que se encontraron sus ojos lo golpeó como un martillazo. El corredor se encontraba pobremente iluminado —unas cuantas bombillas mugrientas estaban encendidas a intervalos irregulares, y aquí y allá un haz de luz se proyectaba sobre el pasillo desde uno de los dormitorios—, pero en su mayor parte estaba a oscuras. Boswell dio las gracias mentalmente a Jah por los pequeños favores. No tenía deseo alguno de presenciar los detalles de los acontecimientos del pasillo: la impresión general ya era bastante acongojante de por sí. El corredor era una olla de grillos; todos se revolvían presa del pánico, al tiempo que se cortajeaban con cuanto instrumento afilado habían logrado encontrar. A casi todos los conocía, si no de nombre, al menos de vista. Eran hombres cuerdos, o al menos lo habían sido. Ahora eran presa de un ataque de automutilación, y casi todos se encontraban lastimados más allá de toda esperanza de reparación. Hacia donde Boswell mirara, veía el mismo horror. Cuchillos aplicados a las muñecas y antebrazos, la sangre en el aire como si fuera lluvia. Alguien —¿sería Jesús?— tenía la mano puesta entre la puerta y el mareo y no paraba de darse portazos sobre su carne y sus huesos, al tiempo que aullaba pidiendo que alguien lo detuviera. Uno de los chicos blancos había encontrado el cuchillo del coronel y se estaba amputando la mano. La cercenó justo cuando Boswell miraba; cayó sobre el dorso, con la raíz irregular y los cinco miembros pedaleando en el aire para poder enderezarse. No estaba muerta, ni siquiera se estaba muriendo.

Unos pocos no habían sucumbido a aquella locura; los pobres diablos fueron carne de cañón. Los enloquecidos les pusieron las manos asesinas encima y los cortaron a trocitos. Uno de ellos, Savarino, fue estrangulado por un muchacho del que Boswell no sabía el nombre; el punk se deshacía en disculpas al tiempo que se miraba incrédulo las manos rebeldes.

Alguien salió de uno de los dormitorios con una mano que no le pertenecía apretándole el gaznate; se tambaleó en dirección al baño, corredor abajo. Era Macnamara, un hombre delgadísimo, que siempre iba tan colocado que era conocido por el mote de «fideo sonriente». Boswell se apartó cuando Macnamara tropezó; ahogándose suplicó ayuda en el quicio de la puerta abierta y se desplomó en el suelo del baño. Pateó y tiró del asesino de cinco dedos que llevaba prendido del cuello, pero antes de que Boswell lograra intervenir para ayudarlo, el pataleo disminuyó y cesó del todo, igual que sus protestas.

Boswell se apartó del cadáver y echó otro vistazo al corredor. Los muertos o los moribundos obstruian el estrecho pasillo; en algunas partes incluso estaban apilados, mientras las mismas manos que una vez habían pertenecido a estos hombres se escabullían sobre las pilas, furiosamente agitadas, para ayudar a concluir una amputación allí donde hiciera falta, o simplemente para bailar sobre las caras muertas. Cuando volvió a mirar lo que ocurría en el baño, una segunda mano había hallado a Macnamara y, armada con un cortaplumas, había comenzado a aserrarle la muñeca. Había dejado huellas ensangrentadas en la distancia que separaba el corredor del cuerpo. Boswell se apresuró a cerrar de un portazo antes de que el lavabo se llenara de ellas. Al hacerlo, el asesino de Savarino, el punk todo disculpas, se abalanzó por el pasillo en dirección al baño, conducido por sus manos letales como si fueran las de un sonámbulo.

—¡Ayúdame! —aulló.

Le cerró la puerta en la cara y echó el cerrojo. Enfurecidas, las manos golpearon una llamada a la batalla sobre la puerta, mientras los labios del punk apretados contra el agujero de la cerradura, continuaban suplicando:

—¡Ayúdame! No quiero hacerlo, hombre, ayúdame.

«Y un cuerno te voy a ayudar», pensó Boswell, intentando no oír las súplicas mientras sopesaba las opciones que tenía.

Sintió algo en el pie. Bajó la mirada, y antes de que sus ojos se encontraran con ella, ya sabía de qué se trataba. Una de las manos, la izquierda del coronel Christie —lo supo por el tatuaje descolorido—, estaba subiéndosele por la pierna. Como un niño perseguido por una abeja, Boswell enloqueció; mientras la mano trepaba hacia el torso, el muchacho se retorció, pero se sentía demasiado aterrado como para arrancársela de encima. Por el rabillo del ojo logró ver que la otra mano, la que había utilizado el cortaplumas con tanta presteza en Macnamara, había abandonado la tarea y atravesaba el suelo para reunirse con su camarada. Sus uñas chocaban contra las baldosas produciendo el mismo ruido que las patas de un cangrejo. Incluso tenía el andar lateral de los cangrejos; aún no dominaba el movimiento hacia adelante.

Boswell todavía conservaba el dominio de sus propias manos; al igual que las manos de unos pocos de sus amigos (difuntos amigos) que estaban fuera, sus miembros se sentían felices en su nicho, despreocupados como su dueño. Le había caido la bendición de poder sobrevivir. Tenía que mostrarse a la altura de la oportunidad que se le brindaba.

Se hizo a un lado y pisoteó la mano que habia en el suelo. Oyó crujir los dedos debajo de la suela; la cosa se retorció como una víbora, pero al menos así la tenía localizada mientras se encargaba de su otra asaltante. Sin quitarle el pie de encima a la bestia, Boswell se inclinó hacia adelante, levantó el cortaplumas que yacía junto a la muñeca de Macnamara y hundió la punta de la cuchilla en el dorso de la mano de Christie que trepaba ya por su barriga. Al verse atacada, se agarró de las carnes de Boswell y le hundió las uñas en el estómago. Boswell era delgado y resultaba difícil aferrar los músculos lisos como una tabla de lavar ropa. Arriesgándose a que lo destripara, Boswell hundió más el cuchillo. La mano de Christie intentó seguir aferrándolo, pero un golpe más de cuchillo acabó con ella. Se aflojó y Boswell la arrancó de su barriga de un manotazo. Estaba crucificada en el cortaplumas, pero sin intenciones de morirse, y Boswell lo sabía. La sostuvo con el brazo tendido; los dedos arañaron el aire. Entonces, clavó el cuchillo en la pared, inmovilizando efectivamente a la bestia, para que no hiciera daño a nadie. Centró su atención en el enemigo que tenía bajo los pies; apretó hacia abajo con todas sus fuerzas y sintió crujir otro dedo, y otro. Pero continuaba retorciéndose, implacable. Levantó el pie y pateó la mano con todas sus fuerzas, lanzándola hacia la pared opuesta. Se estrelló en el espejo, encima de los lavabos, dejando una marca como si hubieran arrojado un tomate, y cayó al suelo.

No esperó a comprobar si había sobrevivido. Ahora había otro peligro. Había más puños que aporreaban la puerta, más gritos, más disculpas. Querían entrar; no tardarían en lograrlo. Saltó por encima de Macnamara y se dirigió a la ventana. No era muy grande, pero él tampoco lo era. Descorrió el pestillo, empujó, y la ventana se abrió sobre unos goznes excesivamente pintados. Se metió por ella. Con medio cuerpo fuera recordó que se encontraba en un primer piso. Pero una caída, incluso una mala caída, era mejor que quedarse a la fiesta de allí dentro. Los invitados empujaban la puerta, que comenzó a ceder bajo la presión de su entusiasmo. Boswell se retorció y terminó de salir; abajo, la calzada empezó a dar vueltas. En el momento en que la puerta se rompía, Boswell saltó, golpeándose contra el cemento. Se puso en pie de un salto, se miró los miembros y, ¡aleluya!, no tenía nada roto. «Jah adora a los cobardes», pensó. Arriba, el punk se asomó a la ventana y miró hacia abajo anhelosamente.

—Ayúdame —le pidio—. No sé lo que hago.

Pero entonces un par de manos le alcanzaron la garganta y las disculpas cesaron de inmediato.

Boswell se preguntó a quién le contaría lo ocurrido, y que le contaría, al tiempo que se alejaba de la Asociacion de Jóvenes Cristianos vestido con unos pantalones cortos de gimnasia y un calcetín de cada color; en su vida se había sentido tan agradecido de tener frío. Tenía las piernas debilitadas, pero sin duda eso era de esperar.

Charlie despertó con una idea de lo más ridícula. Creía que había asesinado a Ellen y que luego se había cortado la mano. ¡Qué semillero de tonterías era su subconsciente, cuántas ficciones inventaba! Intentó restregarse los ojos pero no encontró la mano para hacerlo. Se sentó de golpe en la cama y comenzó a gritar a voz en cuello.

Yapper había dejado al joven Rafferty para que vigilara a la víctima de la brutal mutilación, con órdenes estrictas de que le avisara en cuanto Charlie George volviera en sí. Rafferty se había dormido y el griterío lo despertó. Charlie observó la cara del muchacho, tan asombrada, tan pasmada. Al verle, dejó de gritar; estaba asustando al pobre muchacho.

—Está despierto —le dijo Rafferty—; iré a buscar a alguien, ¿quiere?

Charlie lo miró con expresión ausente.

—No se mueva de ahi —añadió Rafferty—. Buscaré a una enfermera.

Charlie volvió a posar la cabeza vendada sobre la fresca almohada y se miró la mano derecha; la flexionó, hizo trabajar los músculos en una y otra dirección. Fuera cual fuese el delirio que había hecho presa de él en su casa, había terminado. La mano ubicada al extremo de su brazo era suya, probablemente siempre lo había sido. Jeudwine le había hablado del síndrome del cuerpo en rebeldía: el asesino que sostiene que sus miembros tienen vida propia para no aceptar la responsabilidad de sus actos; el violador que se mutila porque cree que la causa de todo es su miembro descarriado, y no la mente que está tras el miembro.

Pues bien, él no fingiría. Estaba loco, ésa era la pura y sencilla verdad. Que le hicieran lo que tenían que hacerle con sus drogas y medicamentos, con las cuchillas y los electrodos; consentiría a todo antes que volver a pasar por otra noche de horrores como la anterior.

Una enfermera había hecho acto de presencia; lo espiaba como sorprendida de que hubiera sobrevivido. Un rostro encantador, pensó; una mano amorosa y fresca posada sobre su frente.

—¿Está en condiciones de ser interrogado? —inquirió tímidamente Rafferty.

—Tendré que consultar con el doctor Manson y el doctor Jeudwine —replicó el rostro encantador, al tiempo que sonreía a Charlie para infundirle ánimos.

La sonrisa salió un tanto torcida, como forzada. Sin duda sabía que estaba loco, sería por eso. Probablemente le tenía miedo, ¿quien podía culparla? Se separó de su lado para ir a buscar al médico de turno y dejó a Charlie bajo la nerviosa mirada de Rafferty.

—¿...Ellen? inquirió Charlie al cabo de un rato.

—¿Su esposa? —preguntó a su vez el joven.

—Sí. Me pregunto si...

Rafferty se inquietó; jugueteó con los dedos sobre el regazo y repuso:

—Ha muerto.

Charlie asintió. Lo sabía, por supuesto, pero necesitaba asegurarse. Entonces inquirió:

—¿Y ahora qué va a pasar conmigo?

—Está bajo vigilancia.

—¿Qué significa eso?

—Significa que yo lo vigilo —repuso Rafferty.

El muchacho hacía lo que estaba a su alcance para ayudar, pero todas aquellas preguntas lo confundían. Charlie lo volvió a intentar:

—Quiero decir, ¿qué pasará después de la vigilancia? ¿Cuándo van a juzgarme?

—¿Por qué iban a juzgarlo?

—¿Cómo que por qué? —insistió Charlie. ¿Habría oído bien?

—Es usted una víctima... —dijo Rafferty, con una expresión confundida en el rostro—. ¿O no? Usted no ha sido... Lo obligaron. Alguien le cortó la... mano.

—Sí —dijo Charlie—. Fui yo.

Rafferty tragó saliva antes de preguntar:

—¿Cómo ha dicho?

—Yo lo hice. Yo asesiné a mi esposa y luego me corté la mano.

El pobre muchacho no logró entenderlo. Pensó durante medio minuto antes de contestar.

—Pero ¿por qué?

Charlie se encogió de hombros.

—No tiene sentido —dijo Rafferty—. Suponiendo que hubiese sido usted, ¿adónde ha ido la otra mano?

Lillian detuvo el coche. En el camino, frente a ella, había algo, pero no lograba discernir qué era. Lillian era una vegetariana estricta (a excepción de las cenas masónicas con Theodore) y una conservacionista dedicada de los animales; pensó que tal vez se tratara de un animal herido, echado en la carretera, un poco más allá de la luz de sus faros. Quizá fuera un zorro; había leído que volvían a acercarse a las zonas urbanizadas de las afueras para buscar en la basura. Pero algo la inquietó; tal vez la débil luz del amanecer, tan esquiva. No estaba segura de si debía bajar o no del coche. Theodore le hubiera ordenado que continuara su camino, por supuesto, pero Theodore la había abandonado. ¿no? Tamborileó con lo dedos en el volante, irritada ante su propia indecisión. «Supón que fuera un zorro herido»; no había tantos en pleno Londres como para que se permitiera el lujo de seguir su camino. Tenía que actuar de samaritana, aunque se sintiera como un fariseo.

Cautelosamente salió del coche y, por supuesto, despues de tanto cavilar no logró ver nada. Se dirigió a la parte frontal del coche para asegurarse. Le sudaban las palmas de las manos y unos espasmos de excitación como descargas eléctricas las recorrían.

Y el ruido: el susurro de cientos de pies diminutos. Había oído historias —historias absurdas, en su opinión— de manadas de ratas migratorias que atravesaban la ciudad por las noches y devoraban hasta los huesos a todo ser viviente que se interpusiera en su camino. Al imaginarse a las ratas, se sintió más como un fariseo que nunca, y retrocedio en dirección al coche. Cuando su larga sombra, proyectada hacia adelante por las luces del coche, se movió, reveló a las primeras de la manada. No eran ratas.

Una mano, una mano de largos dedos, deambuló hacia la luz amarillenta y señaló hacia arriba, en su dirección. Su llegada fue seguida inmediatamente por otra de las imposibles criaturas, y luego una docena más, y otra docena más. Estaban apelotonadas como cangrejos en la pescadería, sus dorsos brillantes muy juntos, y las piernas golpeteaban al formar fila. La mera multiplicación de su número no las hizo más creíbles; pero mientras ella rechazaba la visión, comenzaron a avanzar hacia ella. Lillian retrocedió un paso.

Sintio el costado del coche a su espalda, se volvió y tendió la mano para alcanzar la puerta. Estaba entreabierta, gracias a Dios. Los espasmos de sus propias manos habían empeorado, pero seguía dominándolos. Cuando sus dedos tantearon el coche para encontrar la puerta, soltó un gritito. Un puño negro y regordete ocupaba el picaporte; su muñeca abierta era un trozo de carne seca.

Espontánea y atrozmente, sus propias manos comenzaron a aplaudir. De pronto no lograba controlar su comportamiento; aplaudían como enloquecidas para aprobar el golpe. Resultaba ridículo lo que estaba haciendo, pelo Lillian no podía evitarlo.

—¡Basta! —les ordenó a sus manos—. ¡Basta ya! ¡Basta!

Pararon abruptamente y se volvieron a mirarla. Lillian sabia que la miraban a su manera, sin ojos, y presintió que estaban hastiadas de la forma en que las trataba. Sin previo aviso se abalanzaron sobre su cara. Sus uñas, otrora su orgullo y su alegría, encontraron los ojos: de inmediato el milagro de la vista se convirtió en una húmeda inmundicia que le bajó por las mejillas. Ya ciega, perdió la orientación y cayó hacia atrás, pero había manos más que suficientes para agarrarla. Se sintió elevada por un mar de dedos.

Cuando arrojaron su cuerpo ultrajado a la cuneta, perdió la peluca, que tanto le había costado a Theodore en Viena. Después de un mínimo de persuasión, lo mismo les ocurrió a sus manos.

El doctor Jeudwine bajó la escalera de la casa de los George preguntándose (sólo preguntándose) si el abuelo de su sagrada profesión, Freud, no se habría equivocado. Las paradojas del comportamiento humano no encajaban en aquellos compartimientos pulcros y clásicos que les había asignado; tal vez el intentar ser racional con respecto a la mente humana era una contradicción en sí misma. Melancólico, se detuvo al pie de la escalera; no tenía ganas de volver ni al comedor ni a la cocina, pero se sentía obligado a contemplar una vez más las escenas de los crímenes. La casa deshabitada le daba grima; estaba solo, y el hecho de que en la puerta principal hubiera un policía montando guardia no contribuía a la paz de su espíritu. Se sentía culpable, sentía que había fallado a Charlie. Estaba claro que no había sondeado en la psiquis de éste con la profundidad suficiente como para desenterrar la verdadera trampa, el verdadero motivo que se ocultaba tras los asombrosos actos cometidos. Asesinar a su propia mujer, a la que había dicho amar tanto, en su lecho conyugal y luego cortarse la propia mano: era inconcebible. Jeudwine se miró las manos durante un momento: las marcas de los tendones y las venas azul—purpúreas de las muñecas. La policía sostenía la teoría del intruso, pero a él no le cabía duda de que Charlie había sido el autor de los hechos: el asesinato, la mutilación y demás. El único hecho que asombraba a Jeudwine era que no había logrado descubrir en su paciente la mas ligera tendencia a cometer tales actos.

Entró en el comedor. El equipo forense había terminado con su trabajo; sobre una serie de superficies había una ligera película de polvo para las huellas. Era un milagro la forma en que difería una mano humana de otra. Sus líneas eran tan únicas como las caras o el tono de la voz. Bostezó. La llamada de Charlie lo había despertado en mitad de la noche y desde ese momento no había vuelto a dormir. Se había quedado a ver cómo envolvían a Charlie y se lo llevaban, y cómo cumplían con sus obligaciones los investigadores; había visto el amanecer blanco como un bacalao elevar su cabeza hacia el río; había bebido café, se había abatido, había pensado mucho en renunciar a su puesto como consultor psiquiátrico antes de que toda aquella historia saltara a las páginas de la prensa; había bebido mas café y se había pensado mejor lo de renunciar, y ahora, perdida toda fe en Freud o en cualquier otro gurú, consideraba seriamente la posibilidad de publicar un libro sobre su relación con Charles George, el uxoricida. De esa forma, aunque perdiera su empleo, le quedaría algo por rescatar de todo aquel lamentable episodio. ¿Y Freud? Charlatán vienés. ¿Qué podía enseñarle el viejo comeopio?

Se dejó caer sobre una de las sillas del comedor; se puso a escuchar el silencio que había descendido sobre la casa, como si las paredes, aleladas por lo que habían presenciado, estuvieran conteniendo el aliento. Tal vez dormitara un poco. En sueños, oyó un chasquido, vio un perro y despertó encontrándose con un gato en la cocina: un gato gordo, blanco y negro. Charlie había mencionado de pasada a este animalito doméstico. ¿Como se llamaba? Celoso. eso era: lo llamahan así por las dos manchas negras que tenía sobre los ojos y que le daban una expresión perpetuamente irritada. El gato miraba la sangre derramada sobre el suelo de la cocina; quería encontrar la forma de evitar el charco y llegar hasta su plato sin tener que maneharse las patas con el desorden que su amo había dejado. Jeudwine observó al melindroso animal avanzar con tiento por la cocina para olisquear el plato vacío. No se le ocurrió darle de comer: odiaba a los animales.

Finalmente, decidió que no tenía sentido quedarse más rato en la casa. Ya había realizado todos los actos de contrición que tenía en mente y se había sentido tan culpable como era capaz. Echaría otra rapida mirada en el piso de arriba, por si había pasado por alto alguna pista, y luego se marcharía.

Al bajar otra vez, al pie de la escalera oyó chillar al gato. ¿Chillar? No, más bien aullar. Al oírlo, la espina dorsal le pareció una columna helada en mitad de la espalda: fría como el hielo e igual de frágil. A toda prisa, volvió sobre sus pasos por el vestíbulo y entró en el comedor. La cabeza del gato estaba sobre la alfombra, y... dos...,dos (dilo, Jeudwine) manos la hacían avanzar rodando.

Miró mas alía de la presa, hacia la cocina, allí, una docena mas de bestias se escabullían de un lado a otro por el suelo. Algunas estaban en la parte superior del armario, oteando en derredor; otras trepaban por la pared, imitación ladrillo, para alcanzar los cuchillos de la rejilla.

—Oh, Charlie... —dijo en voz baja. reprendiendo al maniaco ausente— ¿Qué has hecho?

Los ojos comenzaron a llenársele de lágrimas; no por Charlie, sino por las generaciones que vendrían cuando él, Jeudwine, fuera silenciado. Generaciones confiadas, de mentalidades sencillas, que depositarían su fe en la eficacia de Freud y la Sagrada Escritura de la Razón. Sintió que las rodillas empezaban a temblarle y se dejó caer sobre la alfombra del comedor, con los ojos demasiado anegados como para ver claramente a las rebeldes que se agolpaban a su alrededor. Cuando sintió que una cosa extraña se le sentaba en el regazo, bajó la vista y allí vio sus propias manos. Sus índices se tocaban apenas, con las uñas bien arregladas apoyadas una contra la otra. Lentamente, con una determinación horrenda en sus movimientos, los índices levantaron sus cabezas y comenzaron a trepar por su pecho, sujetándose en cada pliegue de su chaqueta italiana, en cada ojal. La escalada terminó abruptamente en el cuello, igual que Jeudwine.

La mano izquierda de Charlie tenía miedo. Necesitaba confianza, necesitaba aliento: en una palabra, necesitaba a Derecha. Al fin y al cabo, Derecha había sido el Mesías de esta nueva era, la unica con una visión de futuro sin el cuerpo. El ejército que había reunido Izquierda debía captar esa visión, o pronto degeneraría transformándose en una chusma asesina. Si eso ocurría, la derrota no tardaría en producirse: ésa era la sabiduría convencional de las revoluciones.

Por eso Izquierda las había conducido de vuelta a la casa, buscando a Charlie en el último sitio donde lo había visto. Vana esperanza suponer que volvería allí; pero se trataba de un acto de desesperación.

Sin embargo, las circunstancias no desfavorecieron a las insurgentes. Aunque Charlie no estaba allí, se habían encontrado con el doctor Jeudwine, y las manos de éste no sólo sabían adónde habían conducido a Charlie, sino el camino para llegar hasta allí; conocían incluso la cama en que yacía.

Boswell no sabía a ciencia cierta por qué había echado a correr, ni hacia dónde iba. Tenía las facultades críticas mermadas y el sentido de la orientación completamente confundido. Pero una parte de él parecía saber adónde se dirigía, aunque él mismo lo ignorara, porque comenzó a reunir impulso al llegar al puente, y el trote se convirtió en carrera acelerada que no tenía absolutamente en cuenta cómo le quemaban los pulmones ni cómo le latía la cabeza. Desposeído de toda intención excepto de la huida, notó que rodeaba la estación y que corría paralelo a las vías del tren; simplemente iba hacia donde lo llevaban las piernas, aquél era el comienzo y el fin de la cuestión.

El tren surgió de repente, en la oscuridad. No silbó, no avisó. Tal vez el conductor notara su presencia, tal vez no. Y aunque la hubiera notado, el hombre no podía ser considerado responsable de los hechos que acontecieron luego. No, la culpa fue enteramente de Boswell: la forma en que sus pies viraron repentinamente hacia las vías y cómo se le doblaron las rodillas para quedar tendido sobre los durmientes. El último pensamiento coherente de Boswell, cuando las ruedas pasaron por encima de él, fue que el tren no hacía más que pasar de A a B y que, al hacerlo, le cortaría limpiamente las piernas entre la ingle y la rodilla. Entonces se encontró debajo de las ruedas —los vagones pasaron pesadamente por encima de él— y el tren soltó un silbido (tan parecido a un grito) que lo arrastró en la oscuridad.

El muchacho negro fue conducido al hospital poco después de las seis; allí la jornada comenzaba temprano, los pacientes dormilones eran despertados de sus sueños para enfrentarse a otro largo y aburrido día. Se entregaban unas tazas de desvaído té gris a unas manos resentidas; se tomaban las temperaturas y se distribuía la medicacion. El muchacho y su terrible accidente apenas lograron conmocionar el ambiente.

Charlie volvía a soñar. Pero no con el Alto Nilo, cortesía de las Colinas de Hollywood, ni con la Roma Imperial, ni con los barcos de esclavos de Fenicia. Era un sueño en blanco y negro. Soñaba que yacía en su ataúd. Ellen estaba allí (su subconsciente no se había hecho a la idea de su muerte), y tambien sus padres. Toda su vida se encontraba allí presente. Se acercó alguien (¿sería Jeudwine?; su voz consoladora le sonaba familiar) para atornillar suavemente la tapa del ataúd, y Charlie intentaba avisar a los miembros de la comitiva fúnebre de que seguía con vida. Al ver que no lo oían, el pánico se apoderó de él, pero por más que gritara, sus palabras no producían reacción alguna; lo único que podía hacer era permanecer allí tendido y dejar que lo encerraran en aquel dormitorio definitivo.

El sueño avanzó unas cuantas escenas más. Desde arriba le llegó la voz de la persona que oficiaba el servicio: «El hombre tiene poco tiempo para vivir...»; oyó el roce de las cuerdas, y la sombra de la tumba pareció oscurecer la oscuridad. Lo bajaban a la fosa, y él seguía protestando cuanto podía. Pero en la fosa el aire se había vuelto pesado; le costaba cada vez más respirar, y más aún aullar sus protestas. Logro inspirar una ligera bocanada de aire viciado a través de los doloridos senos nasales, pero al parecer tenía la boca llena de algo, flores quizá, y no lograba mover la cabeza para escupirlas. Oía el ruido seco de los terrones de tierra sobre el ataúd, y por Cristo que también lograba oír el ruido de los gusanos que lamían sus costillas. El corazon le latía tanto que parecia a punto de estallarle; la cara, estaba seguro, tendría un tono negro azulado por el esfuerzo.

Entonces, milagrosamente, tuvo compañía en el ataúd, alguien que luchaba por quitarle lo que le obstruía la boca.

—¡Señor George! —le gritaba aquel angel piadoso.

Abrió los ojos en la oscuridad. Era la enfermera del hospital en el que había estado internado; ella también se hallaba en el ataúd.

—¡Señor George!

El pánico se estaba apoderando de la mujer, aquel modelo de calma y paciencia; al borde de las lágrimas, luchó por arrancarle la mano de la cara.

—¡Se está usted ahogando! —le gritó.

Otros brazos ayudaban en la lucha, y estaban ganando. Tuvieron que intervenir tres enfermeras para quitarle la mano de la cara; por fin lo lograron. Charlie volvió a respirar, ávido de aire.

—¿Se encuentra bien, señor George?

Abrió la boca para tranquilizar al ángel, pero se había quedado momentáneamente sin voz. Fue vagamente consciente de que su mano seguía luchando al extremo del brazo.

—¿Dónde está Jeudwine? —inquirió jadeando—. Por favor, que venga.

—El doctor no está en estos momentos, pero vendrá a verio más tarde.

—Quiero que venga ahora.

—No se preocupe, señor George —repuso la enfermera, tras recuperar su trato atento y gentil—, le daremos un sedante suave y así podrá dormir un rato.

—¡No!

—Sí, señor George —repuso ella con firmeza—. No se preocupe. Está usted en buenas manos.

—No quiero dormir más. ¿Es que no lo ve? Ellas me controlan cuando estoy dormido.

—Aquí está usted seguro.

No era tan tonto. Sabía que no estaba seguro en ninguna parte, ya no. No mientras tuviera una mano. Ya no estaba bajo su control, si alguna vez lo había estado; quizá fuera simplemente una ilusión de servidumbre que había creado durante esos cuarenta y pico de años, una actuación para acallarlo y hundirlo en un falso sentido de autocracia. Quería explicar todas estas cosas, pero no le salían las palabras. Se limitó a decir:

—No quiero dormir más.

Pero la enfermera tenía sus procedimientos. La sala estaba atestada de pacientes, y a cada hora llegaban más (acababa de enterarse de que en la Asociación de Jóvenes Cristianos se habían producido terribles escenas: docenas de heridos, un intento de suicidio colectivo); lo único que podía hacer era administrar un sedante a los nerviosos y continuar con las tareas del día.

—Sólo un sedante suave —repitió.

Y acto seguido enarboló en la mano una aguja que escupía sueños.

—Escúcheme un momento —le dijo Charlie, intentado razonar con ella.

Pero la mujer no estaba dispuesta a las argumentaciones.

—Deje de portarse como un niño —le riñó, con los ojos llenos de lágrimas.

—Es que no lo entiende —le explico él mientras la enfermera buscaba la vena en el brazo.

—Se lo contará todo al doctor Jeudwine cuando venga a verlo.

La aguja se había clavado en el brazo y el émbolo ya comenzaba a bajar.

—¡No! —gritó George, y retiró el brazo.

La enfermera no esperaba semejante violencia. El paciente se había levantado y había saltado de la cama antes de que ella terminara de colocarle la inyección, y le había quedado la jeringuilla colgada del brazo.

—Señor George —le dijo severamente—. ¡Vuelva inmediatamente a la cama!

Charlie la señaló con el muñón.

—No se me acerque.

—Los demás pacientes se portan bien —intentó avergonzarlo— ¿Es que no puede hacer lo mismo?

Charlie negó con la cabeza. La jeringuilla se le salió de la vena y cayó al suelo, llena en sus tres cuartas partes.

—No se lo volveré a repetir —dijo la enfermera.

—Claro que no, maldita sea —repuso Charlie.

Salió de la sala como disparado; a ambos lados, los pacientes alentaban su huida. «Vete, muchacho» gritó alguien. La enfermera se lanzó en su persecución, pero al llegar a la puerta un cómplice instantáneo intervino arrojándose literalmente delante de ella. Charlie se perdió de vista por los corredores antes de que la mujer lograra levantarse y continuar la persecución.

Era fácil perderse en aquel lugar. No tardó en advertirlo. El hospital había sido construido a finales del siglo XIX y posteriormente, a medida que las donaciones lo permitieron, había sufrido diversas ampliaciones: un ala en 1911, otra después de la primera guerra mundial, más salas en la década de los cincuenta, y el Ala Chaney Memorial en 1973. Aquel lugar era un laberinto. Tardarían siglos en encontrarlo.

El problema era que no se sentía tan bien. El muñón del brazo izquierdo comenzó a dolerle a medida que los calmantes fueron perdiendo su efecto, y tuvo la impresión de que sangraba debajo de las vendas. Además, el cuarto de jeringa de sedante que le habían inyectado lo estaba obnubilando. Se sentía ligeramente atontado, tenía la certeza de que se le notaba en la cara. Pero no permitiría que lo obligasen a volver a la cama, a dormir, hasta que se hubiera sentado en un sitio tranquilo a meditar sobre todo aquel asunto.

Encontró refugio en un cuarto diminuto, cerca de uno de los corredores; estaba tapizado de archivadores y de pilas de informes, y olía ligeramente a humedad. Había logrado llegar hasta el Ala Chaney Memorial, aunque no lo sabía. Se trataba de un monolito de siete pisos construido con un legado del millonario Frank Chaney; la empresa constructora del magnate se había encargado de erigirlo, tal como estipulaba el testamento del anciano. Había utilizado materiales de segunda y aprovechado el sistema de desagües anterior, razón por la cual Chaney había muerto millonario, y el Ala se estaba cayendo a pedazos del sótano para arriba. Se deslizó en un hueco apretado que había entre dos archivadores, bien apartado de la vista, por si entraba alguien, se agachó y comenzó a interrogar a su mano derecha.

—¿Y bien? —exigió en un tono razonable—. Explícate.

La mano se hizo la sorda.

—No te servirá de nada, te tengo calada —le dijo.

Continuó sentada al extremo de su brazo, inocente como un niño.

—Has intentado matarme... —la acusó.

La mano se abrió un poco, sin que él se lo ordenara, y le echó una ojeada.

—Podrías intentarlo otra vez, ¿verdad?

Comenzó a flexionar los dedos ominosamente, como un pianista que se prepara para un solo particularmente difícil.

—Sí, podría intentarlo en cualquier momento —afirmó.

—De hecho, poco puedo hacer para impedirlo, ¿no? –prosiguió Charlie—. Tarde o temprano me cogerás desprevenido. No puedo poner alguien para que me vigile el resto de mi vida. Me pregunto qué me queda entonces por hacer. Estar así y estar muerto es más o menos la misma cosa, ¿no te parece?

La mano se cerró un poco; la carne mullida de la palma se arrugó de placer.

Así es, estás acabado, pobre imbécil, y no podrás hacer nada –le dijo.

—Mataste a Ellen.

.

La mano sonrió.

—Y me cortaste la otra mano para que huyera. ¿Estoy en lo cierto?

—repuso.

—Me di cuenta —le comento Charlie—, presentí lo quc se avecinaba. Y ahora quieres hacer lo mismo, ¿me equivoco? Quieres separarte de mí e irte.

Exactamente.

—No me dejarás en paz, ¿verdad? No te quedaras tranquila hasta que hayas logrado tu libertad.

—Eso es.

—De acuerdo —asintió Charlie—. Creo que nos entendemos, y estoy dispuesto a hacer un trato contigo.

La mano se acercó a su rostro, subiendo por la chaqueta del pijama con aire conspirador.

—Te dejaré libre —le informó.

Ahora estaba apoyada sobre su cuello; no lo apretaba, pero se encontraba lo suficientemente cerca como para ponerlo nervioso.

—Encontraré la forma, te lo prometo. Una guillotina, un escalpelo, no sé qué.

Se restregó contra él como un gato y lo acarició.

—Pero has de hacerlo a mi manera, y cuando yo lo diga. Porque si me matas no podrás sobrevivir, ¿verdad? Te enterrarán conmigo, igual que enterraron las manos de papá.

La mano dejó de acariciarlo y se subió por el costado del archivador.

—¿Trato hecho? —inquirió Charlie.

La mano no le hacía el menor caso. De repente había perdido todo interés en la negociación. De haber tenido nariz, habría estado olisqueando el aire. En unos pocos instantes, las cosas habían cambiado: ya no había trato.

Charlie se incorporó torpemente y fue hasta la ventana. Por dentro, el cristal estaba sucio, y por fuera estaba cubierto de varias capas de excrementos de pájaros, pero a pesar de todo logró divisar el jardín que había abajo. Había sido diseñado de conformidad con los términos del legado del millonario: un jardín formal que serviría de glorioso monumento a su buen gusto, tal como el edificio lo era de su pragmatismo. Pero cuando el edificio había comenzado a deteriorarse, el jardín había sido abandonado a sus propios recursos. Sus escasos árboles estaban muertos o bien se doblaban bajo el peso de las ramas no podadas; los bordes estaban llenos de maleza; los bancos volcados sobre los respaldos, con las patas cuadrangulares al aire. Sólo el césped estaha cortado y constituía una pequeña concesión al cuidado. Alguien, un médico que había salido un momento a fumar, se paseaba por los estrechos senderos. No había nadie más allí.

Pero la mano de Charlie se había posado en el cristal y lo raspaba, hundiendo en él las uñas, en un vano intento por llegar al mundo exterior. Al parecer, allí fuera había algo más que el caos.

—Quieres salir —comentó Charlie.

La mano quedó aplanada contra la ventana y comenzó a golpear con la palma, rítmicamente, contra el cristal: era el tambor de un ejército invisible. La apartó de la ventana, sin saber qué hacer. Si se negaba a sus exigencias, podría herirlo. Si las consentía, e intentaba salir al jardín, ¿qué iba a encontrar? Por otra parte, ¿qué alternativa le quedaba?

—Está bien —dijo—, ya vamos.

Afuera, en el corredor, había una actividad febril; casi nadie se molestó en mirar en su dirección, a pesar de que era el único que vestía el pijama de paciente e iba descalzo. Sonaban timbres, los altavoces pedían por este o aquel médico, los ingresados eran llevados a la morgue o al lavabo; se hablaba de las terribles escenas en la sala de Urgencias: decenas de muchachos sin manos. Charlie se movio entre la multitud demasiado de prisa como para captar una frase coherente. Creyó más conveniente mostrarse concentrado, fingir que tenía un propósito y un destino. Tardó un rato en ubicar la salida al jardín; sabia que la mano se impacientaba. Al costado de su cuerpo, flexionaba y estiraba los dedos, urgiéndole a continuar. Entonces vio el cartel: A los jardines del Legado Chaney Memorial.

En una esquina giró hacia un corredor apartado, carente de tráfico urgente, en cuyo extremo opuesto había una puerta que conducía al aire libre.

Afuera todo estaba muy tranquilo. En el aire y en el cesped no se veía ni un pájaro; ni una abeja zumbaba entre las flores. Hasta el médico se había marchado, probablemente a reanudar sus tareas quirúrgicas.

La mano de Charlie estaba extasiada. Sudaba tanto que goteaba, y la sangre la había abandonado, por lo que la cubría una blanca palidez. Al parecer, ya no era suya. Era otro ser al que él, por alguna desafortunada argucia de la anatomía, se encontraba pegado. No veía la hora de deshacerse de ella.

El césped estaba húmedo de rocío, y en la sombra proyectada por el edificio de siete plantas hacía frío. Todavía eran las seis y media de la mañana. Quizá los pájaros siguieran dormidos y las abejas se hubieran demorado en sus colmenas. Tal vez en aquel jardín no había nada que temer: unas cuantas rosas de capullos podridos y gusanos tempraneros haciendo volteretas en el rocío. Tal vez su mano estuviera equivocada, y allí no hubiera más que la mañana.

Mientras vagaba, se fue adentrando en el jardín y notó las huellas del médico, más oscuras sobre el césped verde plateado. Al llegar al árbol y ver que la hierba se tornaba roja, advirtió que las pisadas iban, pero no volvían.

Boswell se encontraba en un coma voluntario; no sentía nada y se alegraba. Su mente reconoció apenas la posibilidad de despertar, pero el pensamiento era tan vago que no le costó trabajo negarse. De vez en cuando, una tajada del mundo real (del dolor, del poder) se deslizaba por entre sus párpados, se detenía un instante y se alejaba al vuelo. Boswell no quería saber nada de eso. No quería volver a recuperar la conciencia. Presentía ligeramente lo que encontraría al despertar, lo que le esperaba allí fuera, taconeando sin cesar.

Charlie levantó la vista y miró hacia las ramas. El arbol tenía dos extraordinarias clases de fruta.

Una era un ser humano: el cirujano que fumaba el cigarrillo. Había muerto con el cuello alojado en el ángulo que formaban dos ramas. Le faltaban las manos. Sus brazos acababan en dos heridas redondeadas de las que todavía manaban pesados coágulos de color brillante que caían al cesped. Por encima de su cabeza, el árbol se encontraba abarrotado de otros frutos, todavia menos naturales. Las manos estaban en todas partes: cientos de ellas charlaban como un parlamento manual mientras debatían las tácticas. Las había de todas las formas y colores; subían y bajaban por las ramas bamboleantes.

Al verlas así reunidas, las metáforas se volvian mutiles. Eran lo que eran: manos humanas. Y en eso residía el horror.

Charlie quiso huir, pero su mano derecha no quería saber nada. Aquéllas eran sus discípulas; se habían reunido allí en tanta abundancia para esperar sus parábolas y sus profecías. Charlie miro al médico muerto y luego a las manos asesinas y pensó en Ellen, su Ellen, que había muerto sin culpa alguna y que ya estaría fría en la tumba. Pagarían por el crimen, todas ellas. Siempre y cuando cl resto de su cuerpo le respondiera, las haría pagar. Había sido una cobardía intentar negociar con aquel cáncer que colgaba de su muñeca, ahora lo comprendía. Ella y las de su calaña eran una peste. No tenían derecho a vivir.

El ejército lo había avistado, y la nueva de su presencia se desparramó por las filas como un fuego incontrolado. Se agolparon en el tronco para bajar; algunas se tiraban como manzanas maduras de las ramas más bajas, ansiosas por abrazarse al Mesías. No tardarían en abalanzarse sobre él, y entonces habría perdido toda ventaja. Era ahora o nunca. Se alejó del árbol antes de que su mano derecha lograra asir una rama, y levantó la vista hacia el Ala Cbaney Memorial, buscando inspiración. La torre se elevaba por encima del jardín; las ventanas cegadas por el cielo, las puertas cerradas. Allí no habría solaz.

A sus espaldas, oyó el susurro de la hierba cuando incontables cantidades de dedos la pisotearon. Las tenía ya pegadas a los talones; entusiasmadas, seguían a su líder.

Charlie se dio cuenta de que lo seguirían adondequiera que se dirigiese. Tal vez esa ciega adoración por la mano que le quedaba era una debilidad que podría explotar. Exploró el edificio por segunda vez y su desesperada mirada descubrió la escalera de incendios; subía por el costado del edificio zigzagueando en dirección al tejado. A la carrera, se lanzó hacia ella, sorprendido de la velocidad de que era capaz. No había tiempo para volverse a mirar si lo seguían; debía confiar en la devoción de las manos. Después de unos cuantos pasos, su enfurecida mano se le abalanzó sobre el cuello, amenazando con arrancarle la garganta, pero él continuó la carrera, indiferente a los zarpazos. Llegó al pie de la escalera de incendios y, agilizado por la adrenalina, subió los peldaños metálicos de dos en dos, de tres en tres. No mantenía bien el equilibrio sin una mano para aferrarse de la barandilla de seguridad, pero ¿qué importaba si se lastimaba? No era más que su cuerpo.

En el tercer descansillo se arriesgó a echar un vistazo hacia abajo, a través del enrejado de los escalones. Al pie de la escalera de incendios, una cosecha de flores de carne alfombraba el suelo y se extendía en dirección a él. Subían a centenares, hambrientas, llenas de uñas y odio. «Déjalas que vengan —pensó—, deja que las malditas me sigan. Yo empecé esto y yo lo acabaré.»

Una infinidad de rostros se habían asomado a las ventanas del Ala Chaney Memorial. De los pisos inferiores le llegaban voces incrédulas y aterradas. Ya era demasiado tarde para contarles la historia de su vida: tendrían que reconstruir los retazos por sí mismas. ¡Y vaya rompecabezas sería! Tal vez, en su esfuerzo por comprender lo ocurrido esa mañana, encontrarían una solución creíble, la explicación del levantamiento que él no había logrado hallar; pero lo dudaba.

Estaba ya en el cuarto piso y se disponía a subir al quinto. La mano derecha se le hundía en el cuello. Tal vez sangrara, aunque tal vez fuera la lluvia, lluvia cálida que le chorreaba por el pecho y le bajaba por las piernas. Dos pisos más y llegaría al tejado. Debajo de él, en la estructura metálica, se produjo un zumbido: el ruido de la miríada de dedos que subían hacia él. El tejado se encontraba a una docena de peldaños, y se arriesgó a echar una segunda mirada hacia abajo, más allá de su cuerpo (no era lluvia lo que lo bañaba). Vio la escalera de incendios completamente cubierta de manos, como pulgones apiñados en el tallo de una flor. No, era otra metáfora. Las metáforas tenían que acabar.

El viento azotaba las alturas; hacia frío, pero Charlie no tenía tiempo de apreciarlo. Rebasó el parapeto de sesenta centímetros y saltó al tejado cubierto de grava. En los charcos yacían los cuerpos muertos de unas palomas; las grietas serpenteaban a través del cemento; un cubo con la inscripción «Vendajes sucios» estaba caído de lado y su contenido había adquirido una tonalidad verdosa. Atravesó aquella locura al tiempo que la primera del ejército indicaba al resto que subieran por el parapeto.

El dolor de la garganta se abrió paso hacia su cerebro desbocado cuando sus dedos traicioneros se le enterraron en la tráquea. Le quedaban pocas fuerzas después de la carrera ascendente por la escalera de incendios, y con dificultad cruzó al lado opuesto, que supondría una caída vertical hacia el cemento. Tropezó una vez, y otra. Ya no le quedaban fuerzas en las piernas, y en lugar de pensamientos coherentes la cabeza se le llenó de tonterías. Un koan, acertijo budista que había visto en una ocasión en la cubierta de un libro, le punzaba la memoria.

«¿Cuál es el sonido...?», comenzaba, pero no lograba completar la pregunta, por más esfuerzos que hiciera.

«¿Cuál es el sonido...?»

«Olvida los acertijos», se ordenó a si mismo, conminando a sus piernas a que dieran un paso mas, y luego otro. Estuvo a punto de caer contra el parapeto, en el lado opuesto del tejado, y se quedó mirando hacia abajo. Era una caída vertical. Abajo había un aparcamiento de coches, frente al edificio. Estaba vacío. Se asomó un poco más y de su cuello lacerado cayeron gotas de sangre que, rápidamente, se fueron haciendo más y más pequeñas hasta humedecer el suelo. «Allá voy», le dijo a la gravedad y a Ellen, y pensó qué bonito sería morir y no tener que preocuparse nunca más de si le sangraban las encías al cepillarse los dientes o si se le había ensanchado la cintura, o si alguna belleza pasaba junto a él, en la calle, y le asaltaba el deseo de besarle los labios sin poder hacerlo jamás.

De pronto, el ejercito se abalanzó sobre él, trepándole por las piernas, presa de una fiebre victoriosa.

—Podéis venir —les dijo, al tiempo que oscurecían su cuerpo de la cabeza a los pies, necias en su entusiasmo—, podéis venir adonde yo vaya.

«¿Cuál es el sonido...?» Tenía la frase en la punta de la lengua.

Ya, ya la recordaba. «¿Cuál es el sonido de una mano que aplaude?» Qué satisfacción recordar algo rescatado del subconsciente con tanto esfuerzo... Era como encontrar una pequeña alhaja que se tenía por perdida para siempre. La emoción que le produjo el recordarlo endulzó sus últimos instantes. Se lanzó al espacio vacío, cayó y cayó hasta que la higiene dental y la belleza de las jóvenes mujeres concluyeron de repente. Las manos fueron tras él como una lluvia, destrozándose sobre el cemento, alrededor de su cuerpo, en oleadas; se lanzaron a su propia muerte en busca del Mesías.

Para los pacientes y enfermeras apiñados en las ventanas fue una escena de un mundo fantástico; comparado con aquello, una lluvia de sapos habría sido un hecho cotidiano. Les inspiró mas admiración reverencial que terror: era fabuloso. Terminó demasiado pronto, y al cabo de un minuto unas cuantas manos valientes se aventuraron a deambular entre los desechos para ver lo más posible. Había bastante y, a pesar de ello, nada. Obviamente era un raro espectaculo: horrible, inolvidable. Pero en él no podía descubrirse significado alguno, simplemente la parafernalia de un apocalipsis menor. No restaba más que limpiarlo todo; las propias manos se mostraron dóciles a regañadientes, mientras los cadáveres eran catalogados y metidos en cajas para un futuro examen. Algunas de las personas que participaron en la operación encontraron un momento a solas para rezar pidiendo explicaciones o al menos el poder dormir sin soñar. Entre el personal, hasta los agnósticos de conocimientos fragmentarios se sorprendieron al descubrir cuán fácil resultaba juntar las manos.

En su cuarto privado, en Cuidados Intensivos, Boswell volvio en sí. Tendio la mano hasta alcanzar el timbre que había junto a su cama y lo pulsó, pero nadie acudió a su llamada. En el cuarto había alguien que se ocultaba en el rincon detrás del biombo. Había oído como el intruso arrastraba los pies.

Volvió a pulsar el timbre, pero en el edificio sonaban muchos otros timbres y, al parecer, nadie se molestaba en contestarlos. Apoyándose en la mesita de noche que había junto a la cama, se acerco al borde de la misma para ver mejor al bromista.

—Sal de ahí —murmuró con los labios secos. Pero el desgraciado se tomaba su tiempo—. Sal..., se que estás ahí.

Tiró un poco más y de repente notó que se había alterado radicalmente su centro de equilibrio, que no tenía piernas y que estaba a punto de caerse de la cama. Con los brazos se cubrió la cabeza para que no golpeara el suelo, y lo logró. Sin embargo, se quedó sin aliento. Mareado, permaneció tirado donde había caído, intentando orientarse. ¿Que había ocurrido? ¿Dónde estaban sus piernas, en nombre de Jah?

Sus ojos enrojecidos exploraron la habitación y se posaron sobre unos pies desnudos que se encontraban a un metro escaso de su nariz. Del tobillo les colgaba una etiqueta en la que se indicaba que iban destinados al incinerador. Levantó la vista y supo que eran sus piernas; estaban allí de pie, amputadas entre la ingle y la rodilla, pero seguían vivas y pateaban. Por un momento creyó que pretendían hacerle daño, pero no. Después de haberle revelado su presencia, lo dejaron allí tendido, contentas de estar libres.

¿Acaso sus ojos no envidiaron su libertad, y su lengua no se sintió ansiosa por abandonar la boca y salir? ¿Acaso cada parte de él, en su forma sutil, no se preparaba para abandonarlo? Era una alianza que se mantenía unida gracias a la más tenue de las treguas. Y ahora que ya se había sentado un precedente, ¿cuánto tardaría en producirse el siguiente levantamiento? ¿Minutos? ¿Años?

Con el corazón en la boca, Boswell esperó la caída del Imperio.

1 comentario:

Efra Páez dijo...

Maravilloso encontrarme con tu blog... adoro a Clive Barker, sobre todo a su novela "Sortilegio".

Saludos desde Ecuador.