Conocí a Clive Barker cuando tenía doce años. Mi papa tenía en su almacén una caja llena de libros cuya procedencia desconocía. Busqué entre ellos algo que me hiciera olvidar del mundo y encontré dos libros. En uno había dos textos de Stephen King “El cuerpo” y “Cuento de invierno”. Fue la primera lectura que hice de King, y sin dudas la mejor. Ese libro se perdió muy pronto de mi cuarto como todas las cosas buenas y malas de mi niñez, pero recuerdo esos títulos fotográficamente. Cuento de invierno me impactó demasiado por muchas noches y recuerdo tan bien su contenido que podría relatarlo en detalle, pese a que ya voy para los 30 y nunca más lo he leído. El otro libro se llamaba “Sangre” de Clive Barker. Un libro negro, pasta dura, del círculo de lectores. La fotografía de la carátula (convenientemente grotesca) no prefiguraba ni de cerca lo que había entre sus páginas. Mi cerebro se dedico a absorber lo que salía de ellas y al final del día tenía la mente tan azucarada de placer que creo no volví a leer más por un mes entero.

Dicho por él mismo, la literatura de Barker es de excesos y no hay nada más que decir al respecto. Salvo leerlo para comprender a qué se refiere.

Tal vez a los 17 años asistí a una reunión informal de jóvenes adictos a la lectura literaria y mencioné a C. Barker y a S. King. Hasta ese momento todos me habían ignorado, pero entonces, salvo una que otra sonrisa mal reprimida, recibí las miradas de asco y rechazo más contundentes que se me habían dirigido hasta ese momento. Sorprendentemente ahora todos tenían algo que decirme: eso no era literatura, como era posible que yo dedicara tiempo a leer “best sellers” superficiales, la literatura de terror es de segundo nivel, mierda consumista que no tenía nada que ver con el arte. Como podía mencionar esos nombres al lado de Cortazar y García Márquez.

Yo no hablaba de literatura sino de obsesiones. Nadie me comprendió, y así hasta hoy.

jueves, 19 de abril de 2012

La madonna


Jerry Coloqhoun esperó en la escalinata de las Piscinas de Leopold Road durante más de treinta y cinco minutos antes de que Garvey apareciera; poco a poco sus pies fueron perdiendo sensibilidad a medida que el frío se le colaba por la suela de los zapatos. Se juró a sí mismo que llegaría la hora en que sería él quien hiciera esperar a los demás. En realidad, tal prerrogativa no tardaría en verificarse, si lograba convencer a Ezra Garvey para que invirtiera en el Domo del Placer. Aquello requeriría una sed de riesgo y un capital sustancial, y sus contactos le habían asegurado que Garvey, a pesar de su reputación, poseía ambos elementos en abundancia. De dónde venía el dinero de Garvey no era un punto de los procedimientos, al menos así se había convencido Jerry. En los últimos seis meses, varios plutócratas mucho más agradables habían rechazado su proyecto; en semejantes cucunstancias, la delicadeza de sentimientos era un lujo que apenas podía permitirse. No estaba del todo sorprendido por la renuncia de los inversores. Eran tiempos difíciles, y no se podía aceptar riesgos a la ligera. Además, hacía falta cierta imaginación -facultad no muy abundante entre los adinerados que había conocido- para ver las Piscinas transformadas en el reluciente complejo de diversiones que él tenía pensado. Pero sus investigaciones le habían convencido de que en una zona como aquella –donde las casas al borde de la demolición eran compradas y restauradas por una generación de sibaritas de clase media- las instalaciones que el había planeado no podían dejar de dar dinero. Había otro aliciente más. El Ayuntamiento, propietario de las Piscinas, estaba ansioso por deshacerse de la finca del modo mas expeditivo posible, porque los acreedores acosaban. La persona a la que Jerry había sobornado en la Dirección de Servicios Comunitarios -el mismo hombre que había robado alegremente las llaves de la finca por dos botellas de ginebra- le había comentado que el edificio podía adquirirse por nada si la oferta se hacía rápidamente. Todo era cuestión de buena coordinación, y de llegar a tiempo. Cualidad de la que, al parecer, Garvey carecía. Cuando por fin se presentó, el entumecimiento se había desplazado al norte de las rodillas de Jerry, y ya no estaba de tan buen humor. Sin embargo, no dio señales de ello cuando Garvey se bajó de un Rover conducido por su chófer y se acercó a la escalinata. Jerry sólo había hablado con él por teléfono y se esperaba un hombre más corpulento, aunque a pesar de la falta de estatura, no había manera de dudar de la autoridad de Garvey. Aquella autoridad se le notaba en la abierta mirada de evaluación que le echó a Coloqhoun, en sus rasgos nada felices, en el traje inmaculado. Se estrecharon la mano. -Me alegra conocerle, señor Garvey. El hombre asintió con la cabeza, pero no le devolvió el cumplido. Jerry no veía la hora de guarecerse del frío, y por eso abrió la puerta principal y lo condujo hasta el interior. -Sólo dispongo de diez minutos -dijo Garvey. -Muy bien -repuso Jerry-. Sólo quería enseñarle la distribución. -¿Ha estudiado el edificio? -Por supuesto. Era mentira. Jerry sólo había estado en el edificio en el mes de agosto, por cortesía de un contacto del Departamento de Arquitectura, y desde entonces sólo había visto el lugar desde fuera. Habían pasado cinco meses desde que entrara en el edificio, y abrigó la esperanza de que el acelerado deterioro no se hubiera apoderado definitivamente del lugar. Entraron en el vestíbulo. Olía a humedad, pero el aroma era soportable. -No hay electricidad -explicó-. Tendremos que utilizar una linterna. Sacó la linterna del bolsillo y enfoco el haz luminoso hacia la puerta interior. Tenía un caudado. Se quedó mirándolo sin decir palabra. Si la última vez que había estado allí, esa puerta estaba cerrada, no lo recordaba. Probó con la única llave que le habían dado, sabiendo antes de meterla en la cerradura que no serviría. Maldijo por lo bajo, repasando mentalmente las opciones disponibles. O bien Garvey y él se daban media vuelta y dejaban las Piscinas con sus secretos -si el moho, la podredumbre y un techo a punto de venirse abajo podían clasificarse como secretos-, o bien intentaba entrar por la fuerza. Le echó un vistazo a Garvey, que había sacado un prodigioso cigarro del bolsillo y le daba ligeros toques con una llama; se formó una nube de humo aterciopelado. -Lamento el contratiempo -dijo. -Son cosas que pasan -repuso Garvey, claramente imperturbable. -Me parece que harán falta un par de brazos fuertes -dijo Jerry, sondeando a Garvey para ver qué le parecía lo de entrar por la fuerza. -Me parece bien. Jerry efectuó una rápida inspección del vestíbulo en busca de un implemento. En la taquilla encontró un taburete de patas metálicas. Lo sacó y fue hacia la puerta, consciente de que la mirada divertida y benigna de Garvey lo seguía a todas partes. Utilizó una de las patas a manera de palanca y rompió el candado, que cayó sobre los mosaicos del suelo con estrépito. -Ábrete, sésamo -murmuró con cierta satisfacción, y abrió la puerta de un empellón para que pasara Garvey. El eco producido por el ruido del candado se demoró en los pasillos desiertos por los que pasaron y fue disminuyendo hasta convertirse en un suspiro. El interior parecía más inhóspito de lo que Jerry recordaba. Las ráfagas de luz que se filtraban por los cristales enmohecidos de las claraboyas del pasillo eran de color gris azulado. La luz y las cosas iluminadas rivalizaban en melancolía. Sin duda, en otra época las Piscinas de Leopold Road habían sido un ejemplo de art déco, de azulejos relucientes y bonitos mosaicos en suelos y paredes. Pero no en la vida adulta de Jerry. Hacía tiempo que los mosaicos del suelo se habían levantado con la humedad, y que de las paredes los azulejos habían caído por centenares, dejando un dibujo de cerámica blanca y mortero ennegrecido como si se tratara de un enorme crucigrama carente de pistas. La atmósfera de indigencia era tan profunda que a Jerry le entraron ganas de abandonar su intento de venderle el proyecto a Garvey. Sin duda no habría esperanza de ventas por más ridículamente bajo que fuera el precio de compra. Pero Garvey parecía más interesado de lo que Jerry había creído. A grandes zancadas se internó en el pasillo, fumando el cigarro y gruñendo para sí mientras avanzaba. Jerry presintio que sólo una curiosidad morbosa podía empujar al magnate a adentrarse en aquel mausoleo de ecos. -Es atmosférico. Este lugar tiene posibilidades -dijo Garvey-. No tengo reputacion de filántropo, Coloqhoun, y usted ha de saberlo, pero tengo buen gusto por las cosas finas. Se había detenido delante de un mosaico que reflejaba una indefinida escena mitológica de peces, ninfas y dioses marinos juguetones. Gruñó apreciativamente siguiendo la curva sinuosa del diseño con la punta humedecida del cigarro. -Hoy en día no se ve mano de obra así -comentó. -Es soberbio -dijo Jerry, aunque no le pareciera gran cosa. -Enséñeme el resto. El complejo había albergado en otra época gran cantidad de servicios -salas de sauna, baños turcos, baños termales-, además de las dos piscinas. Estas distintas zonas estaban conectadas por una maraña de pasadizos que, a diferencia del pasillo principal, no tenían claraboyas; allí tendrían que conformarse con la luz de la linterna. A oscuras o no, Garvey quiso ver todas las zonas públicas. Los diez minutos de los que disponía al principio se convirtieron en veinte, y luego en treinta, pues a cada rato, cuando descubría algún nuevo elemento que provocaba sus comentarios, interrumpía el recorrido. Jerry escuchaba con fingida comprensión; el entusiasmo de aquel hombre por la decoración le resultaba detestable. -Me gustaría ver las piscinas -anunció Garvey tras haber realizado una prolija investigación de los servicios secundarios. Jerry lo condujo servicialmente por el laberinto hacia las dos piscinas. En un diminuto corredor, muy cerca de los baños turcos, Garvey dijo: -Silencio. -¿Cómo? -inquirió Jerry, parándose en seco. -He oído una voz. Jerry escuchó. El haz de la linterna iluminó los mosaicos del suelo, dejando una tenue luminiscencia a su alrededor que hizo palidecer el rostro de Garvey. -No oigo... -He dicho silencio -le ordenó Garvey. Movió lentamente la cabeza hacia un lado y hacia el otro. Jerry no oía nada. Y en ese momento, tampoco Garvey. Se encogió de hombros y le dio una chupada al cigarro. La voz se había apagado, ahogada por el aire húmedo. -Un truco de los corredores -comento Jerry-. Los ecos resultan engañosos. A veces se oye el ruido de los propios pasos que vuelven para recibirnos. Garvey volvió a gruñir. El gruñido parecía su más valioso elemento del lenguaje. -He oído algo -insistió, claramente insatisfecho por la explicación de Jerry. Volvió a escuchar. En los corredores reinaba un silencio tal que se podría haber oído el sonido de un alfiler al caer al suelo. Ni siquiera se oía el tráfico de Leopold Road. Por fin, Garvey pareció contento. -Adelante -dijo. Jerry lo guió hacia las piscinas, aunque no conocía muy bien el camino. En varias ocasiones giraron en sentido equivocado y fueron a parar a una maraña de corredores idénticos, pero finalmente llegaron a su destino. -Hace calor -dijo Garvey, mientras esperaba delante de la piscina más pequeña. Jerry asintió con un murmullo. En su ansia por llegar a las piscinas no había notado que la temperatura aumentaba. Pero en cuanto se detuvo, comprobó que tenía el cuerpo bañado en sudor. El aire era húmedo, y no olía a moho, como en los demás lugares del edificio, sino que despedía un aroma más malsano, casi oprimente. Esperó que Garvey, envuelto en el humo de su cigarro, no percibiera el olor, porque distaba mucho de ser agradable. -Está encendida la calefacción -dijo Garvey. -Eso parece -asintió Jerry, aunque no entendía por qué. Tal vez el Departamento de Ingeneria pusiera en marcha de vez en cuando el sistema de calefacción, para que no se estropeara con la inactividad. En ese caso, ¿estarían en el corazón del edificio? ¿Acaso Garvey habría oído voces de verdad? Mentalmente intentó encontrar una explicación por si se topaba con ellos. -Las piscinas -anunció, y abrió una de las puertas dobles. La claraboya de aquella sala estaba mucho más sucia que las del pasillo principal; por ella apenas se filtraba algo de luz. Sin embargo, Garvey no se amilanó. Traspuso el umbral y se acercó al borde de la piscina. Había poco que ver; allí, las superficies estaban cubiertas por una capa de moho de varios años. En el fondo de la piscina, apenas visible debajo de las algas, los mosaicos formaban un dibujo. Un brillante ojo de pez los miraba desde la profundidad, con un perfecto descuido. -Siempre me ha dado miedo el agua -comentó Garvey, pensativo, mientras miraba la piscina vacía-. No se de dónde me viene. -De la infancia -sugirió Jerry. -¿Le parece? -repuso Garvey-. Mi mujer dice que es del útero. -¿El útero? -Según ella no me gustaba nadar en el útero de mi madre -repuso con una sonrisa que podía haber sido a sus propias expensas, aunque más bien parecía a expensas de su mujer. Un sonido breve, como de algo que cae, les llegó a través de la piscina vacía. Garvey se quedo helado. -¿Ha oído eso? –inquirió-. Aquí hay alguien más. Su voz se había elevado de repente media octava. -Serán ratas -repuso Jerry. No deseaba encontrarse con los ingenieros, porque temía que le formularan preguntas incómodas. -Deme la linterna -le ordeno Carvey, quitándosela de la mano. Iluminó el lado opuesto de la piscina. Aparecieron una serie de vestuarios, y una puerta por la que se podía salir de la piscina. No se movió nada. -No me gustan las alimañas -dijo Garvey. -Es que este sitio está abandonado -comentó Jerry. -Sobre todo si son de la especie humana -concluyó Garvey. Lanzó la linterna a las manos de Jerry-. Tengo enemigos, señor Coloqhoun. Aunque ya estara usted al tanto de mis antecedentes, ¿no es así? No soy un lirio del valle. -La preocupación de Garvey por los ruidos que creía haber escuchado adquiría un desagradable sentido. No temía a las ratas, sino que le hicieran daño físico-. Sera mejor que nos vayamos dijo-. Enséñeme la otra piscina y habremos terminado. -De acuerdo -dijo Jerry, tan feliz como su invitado de poder marcharse. El incidente le había dado más calor. Sudaba copiosamente. y las gotas le caían por la nuca. Le dolía la nariz. Condujo a Garvey por el pasillo hasta la puerta de la piscina más grande y la empujó. La puerta no se abrió. -¿Algún problema? -Estará cerrada por dentro. -¿Hay otra forma de entrar? -Creo que sí. ¿Quiere que dé la vuelta por atrás? -Le concedo dos minutos -dijo Garvey, echando un vistazo a su reloj-. Tengo varias citas. Garvey vio desaparecer a Coloqhoun por el corredor oscuro, con la luz de la linterna marchando delante. El tipo no le caía bien. Iba demasiado bien afeitado; y calzaba zapatos italianos. No obstante, dejando de lado al padre de la idea, el proyecto tenía su mérito. A Garvey le gustaban las Piscinas y sus anexos, la uniformidad de su diseño, la banalidad de sus decoraciones. A diferencia de muchas personas, encontraba tranquilizadoras las instituciones: los hospitales, las escuelas, incluso las prisiones. Olían a orden social, aliviaban esa parte interior suya temerosa del caos. Era mejor un mundo excesivamente organizado que uno no organizado suficientemente. El cigarro había vuelto a apagársele. Se lo llevó a los labios y encendió una cerilla. Al apagarse la primera llama, en el corredor vislumbró a una muchacha desnuda que lo estaba observado. La visión fue momentánea, pero cuando la cerilla se le cayó de los dedos y la luz se apagó, apareció en su mente, perfectamente intacta. Era joven -a lo sumo tendría quince años-, y su cuerpo, pleno. El sudor que le perlaba la piel le daba una sensualidad tal que podría haber sido producto de sus sueños. Tiró el cigarro a medio fumar, buscó otra cerilla y la encendió, pero en los escasos segundos de oscuridad la bella niña había desaparecido, dejando simplemente el aroma de su dulce cuerpo en el aire. -Niña...-llamó. La visión de su desnudez, y la sorpresa reflejada en aquellos ojos, le provocaron ansias de volver a verla. -Niña... La llama de la segunda cerilla no logró penetrar más de uno o dos metros de corredor. -¿Estás ahí? No podía andar muy lejos, reflexionó. Encendió una tercera cerilla y fue en su busca. Había avanzado unos cuantos pasos, cuando oyó a alguien a sus espaldas. Se volvió. La luz de la linterna iluminó el susto que llevaba en la cara. Era el de los zapatos italianos. -No hay forma de entrar. -No es necesario que me encandile -dijo Garvey. El haz de luz bajó. -Disculpe. -Coloqhoun, aquí hay alguien. Es una chica. -¿Una chica? -Tal vez sepa usted algo. -No. -Estaba completamente desnuda. Apareció a tres o cuatro metros de mí. Perplejo, Jerry miró a Garvey. ¿Acaso padecería delirios sexuales? -Le digo que vi una chica -protestó Garvey, aunque nadie le había llevado la contraria-. Si no hubiera llegado usted, la habría agarrado. -Volvió a mirar hacia el corredor-. Ilumine por ahí, haga el favor. Jerry enfocó el haz luminoso hacia la maraña. No había señales de vida. -Maldita sea -dijo Garvey con genuina pena. Se volvió a mirar a Jerry-. Está bien. Salgamos de aquí. Cuando se despidieron en las escalinatas, dijo: -Me interesa. El proyecto no carece de potencial. ¿Tiene un plano del edificio? -No, pero puedo conseguir uno. -Hágalo. -Garvey encendió un nuevo cigarro-. Y envíeme su propuesta con más detalles. Entonces volveremos a hablar. Tuvo que entregar una considerable suma a su contacto del Departamento de Arquitectura para sacarle los planos de las Piscinas, pero a la larga, Jerry los consiguió. Sobre el papel, el complejo parecía un laberinto. Y como en el mejor de los laberintos, no había un orden aparente en la disposición de las duchas, los lavabos y lós vestuarios. Fue Carole la que le probó que esa tesis estaba equivocada. -¿Qué es eso? -le preguntó mientras Jerry estudiaba los planos esa noche. Habían pasado cuatro o cinco horas juntos en el apartamento de Jerry, sin los altercados y el mal ambiente que últimamente les estropeaban cada velada. -Son los planos de las Piscinas de Leopold Road. ¿Quieres otro brandy? -No, gracias. Observó los planos mientras él se levantaba para volver a llenarse la copa. -Creo que he convencido a Garvey para que se asocie conmigo –dijo Jerry. -¿Vas a hacer negocios con él? -No me hagas sentir como un negrero. El tío tiene dinero. -Dinero sucio. -¿Qué importa un poco de suciedad entre amigos? Lo miró friamente y Jerry deseó poseer la capacidad de repetir los últimos diez segundos y borrar el comentario. -Necesito este proyecto -le dijo. Llevó la copa hasta cl sofá y se sentó frente a ella; los planos estaban desplegados sobre la mesita que había entre ambos-. Necesito que aunque sea por una vez las cosas me salgan bien. Los ojos de Carole se negaron a concederle un respiro. -Creo que Garvey y los de su calaña no son buena gente. No me importa cuánto dinero tenga. Es un villano, Jerry. -Entonces tengo que olvidarme de todo el proyecto, ¿eh? ¿Es eso lo que insinuas? -Habían discutido en anteriores ocasiones sobre el particular-. ¿Pretendes que me olvide de todos los esfuerzos que he realizado y que agregue esta fracaso a los anteriores? -No hace falta que grites. -¡No estoy gritando! -Está bien -dijo en voz baja-, no estás gritando. -¡Dios Santo! Carole continuó estudiando los planos. Él la observaba por encima del borde de la copa de whisky; le miró el fino cabello rubio peinado con raya al medio. Tenía tan poco sentido que siguieran juntos... Los procesos que los habían conducido hasta aquel callejón sin salida eran obvios, pero nunca lograban encontrar el terreno común necesario para intercambiar opiniones de un modo fructífero No sólo sobre aquel tema, sino sobre medio centenar más. Los pensamientos que zumbaban bajo aquel tierno cráneo eran para él un misterio, y probablemente, a ella le ocurría lo mismo con respecto a él. -Es una espiral -dijo Carole. -¿El qué? -Las Piscinas. Están diseñadas en forma de espiral, fijate. Se levantó para ver los planos, mientras Carole trazaba una ruta por los pasillos con el dedo índice. Tenía razón. Aunque los imperativos de las instrucciones de los arquitectos habían oscurecido la claridad de la imagen, la maraña de corredores y cuartos formaba una somera espiral. Los círculos de sus dedos fueron dibujando giros cada vez más cerrados mientras describían la forma. Finalmente, se detuvo en la piscina más grande, la que permanecía cerrada. Jerry se quedó mirando los planos en silencio. Si ella no lo hubiera notado, sabía que podía haberse pasado una semana entera mirando los planos sin descubrir la estructura oculta. Carole decidió que no sc quedaría a dormir. En la puerta intentó explicarle que no significaba que todo había terminado, sino que valoraba demasiado su intimidad como para utilizarla de parche. Jcrry lo comprendió a medias. Carole se imaginaba a ambos como animales heridos. Al menos tenían una vida metafórica en común. Estaba acostumbrado a dormir solo. En cierto modo, prefería estar solo en su cama que compartirla con alguien, incluso con Carole. Pero esa noche la necesitaba a su lado; en realidad, necesitaba a alguien a su lado, aunque no fuera ella. Sc sentía inquieto sin motivos, como un niño. Cuando llego el sueño, volvió a huir, como si temiera soñar. Hacia el amanecer se levantó; prefería el insomnio a aquel horrible sueño agitado. Se envolvió cn la bata y fue a la cocina a prepararse un poco de té. Los planos seguían desplegados sobre la mesita de café, donde los habían dejado la noche anterior. Sorbiendo el dulce y cálido té de Assam, se quedó pensando en los planos. Desde que Carole se lo había indicado, no lograba hacer otra cosa que concentrarse en la espiral, a pesar de la variedad de detalles que le llamaban la atención; la espiral era una prueba irrefutable de que debajo del caos aparente había una mano oculta. Sus ojos quedaron atrapados, y fue seducido por aquellas curvas a seguir la ruta incesante, vueltas y vueltas, en círculos cada vez más cerrados. Pero ¿hacia qué? Una piscina cerrada. Ahíto de té, volvió a la cama; esta vez, la fatiga pudo más que sus nervios, y el sueño que le había sigo negado lo invadió. Carole lo despertó a las siete y cuarto; le telefoneaba antes de ir a trabajar para disculparse por lo de la noche anterior. -No quiero que todo salga mal entre nosotros, Jerry. Y tu lo sabes, ¿verdad? Sabes que significas mucho para mí. No soportaba hablar de amor por las mañanas. Lo que a medianoche le parecía romántico le sonaba ridículo al amanecer. Le contestó con declaraciones de compromiso y quedó en verla a la noche siguiente. Y se volvió a la cama. Desde que visitara las Piscinas, no pasó siquiera un cuarto de hora sin que Ezra Garvey pensara en la chica que había visto en el corredor. La cara de la niña había acudido a su mente mientras cenaba con su esposa y hacía el amor con su amante. Una cara tan ilimitada, tan brillante de posibilidades... Garvey se consideraba un hombre atractivo para las mujeres. A diferencia de gran parte de sus potentados colegas, cuyas consortes eran un aditamento que daba más beneficios cuando estaban ausentes siempre que no las necesitaran para una funcion específica, Garvey disfrutaba en compañía del sexo opuesto. Sus voces, sus perfumes, sus risas. La avidez que sentía por su proximidad no conocía limites; eran criaturas preciosas y estaba dispuesto a gastarse pequeñas fortunas para asegurarse su compañía. Por lo tanto, esa mañana, cuando regresó a Leopold Road, llevaba la chaqueta cargada de dinero y alhajas caras. Los transeúntes estaban demasiado preocupados en no mojarse las cabezas (desde el amanecer había caído una fría y constante llovizna) como para fijarse en el hombre que estaba de pie en las escalinatas bajo un paraguas negro, mientras otro se agachaba e intentaba abrir el candado. Chandaman era un experto en cerraduras. El candado se abrió con un chasquido al cabo de unos segundos. Garvey bajó el paraguas y se metió en el vestíbulo. -Espera aquí -le ordenó a Chandaman-. Y cierra la puerta. -Sí, señor. -Si te necesito te llamaré. ¿Llevas la linterna? Chandaman sacó la linterna de la chaqueta. Garvey la tomó, la encendió y desapareció corredor abajo. O bien en el exterior hacia mucho más frío que el día anterior, o bien en el interior el calor era excesivo. Se desabrochó la chaqueta y se aflojó el nudo de la corbata. Recibió con beneplácito el calor, porque le recordaba el brillo de la piel de la niña de sus ensueños, la lánguida mirada de sus ojos negros. Avanzó por el corredor; la luz de la linterna bañó los mosaicos. Siempre había tenido un buen sentido de la orientación; sólo tardó unos minutos en dar con el camino hacia el exterior de la piscina más grande, donde había encontrado a la chica. Al llegar se quedó quieto y aguzó el oído. Garvey era un hombre acostumbrado a mirar por encima del hombro. Toda su vida profesional, dentro o fuera de la cárcel, había tenido que cuidarse de los asesinos. Aquella vigilancia incesante le había vuelto sensible a la menor señal de presencia humana. Los sonidos que otros hubieran pasado por alto le imprimían un tatuaje de advertencia en los tímpanos. Pero allí, nada. Silencio en los corredores; silencio en las antesalas de los baños turcos; silencio en todos los enclaves azulejados de un extremo al otro del edificio. Y sin embargo sabía que no estaba solo. Cuando le fallaban los cinco sentidos, un sexto perteneciente quizá más a la bestia que llevaba dentro que al hombre sofisticado reflejado en el traje caro que vestía- captaba las presencias. En más de una ocasion aquella facultad le había salvado el pellejo. Y esperaba que en aquellas circunstancias lo guiara hasta los brazos de la belleza. Fiándose del instinto, apagó la linterna y avanzo por el corredor del que había surgido la muchacha, tanteando las paredes. La presencia de la presa lo incitaba. Sospechaba que se encontraba al otro lado de alguna pared, siguiendo sus pasos por algún pasadizo secreto al que él no tenía acceso. La idea de aquel acecho lo satisfizo. Ella y él, solos en aquella sudorosa maraña, jugando un juego que ambos sabían que acabaría en captura. Se movió furtivamente; su pulso fue marcándole los segundos de la persecución en el cuello, en las muñecas y en la entrepierna. El sudor le pegó el crucifijo al pecho. Finalmente, el corredor se bifurcó. Se detuvo. La luz era muy escasa, y la poca que había perfilaba los túneles de un modo engañoso. Resultaba imposible juzgar la distancia. Pero fiándose de sus instintos, giró hacia la izquierda y se guió por el olfato. Inmediatamente halló una puerta. Estaba abierta; la traspuso y se encontró en un espacio más amplio, al menos eso supuso a juzgar por el sonido apagado de sus pasos. Volvió a permanecer quieto. Esta vez sus oídos se vieron recompensados con un sonido. Provenía del otro lado de la habitación; era el suave murmullo de unos pies desnudos sobre los mosaicos. ¿Sería su imaginación, o llegó a atisbar a la niña, su cuerpo esculpido en la oscuridad, más pálido que la negrura que la rodeaba y más suave aún? ¡Sí! Era ella. A punto estuvo de gritarle, pero luego se lo pensó mejor. La persiguió en silencio, feliz de seguirle el juego hasta que se hartara. Atravesó la habitación, traspuso otra puerta que daba a otro túnel. El aire era mucho más cálido que en otras partes del edificio; pegajoso y congraciador, se le apretó al cuerpo. Un instante de ansiedad le cerró la garganta; estaba olvidando todos los artículos de fe del autócrata al introducir tan de buena gana la cabeza en el lazo cálido. Aquello podía muy bien ser una trampa: la muchacha, la persecución. Al doblar la siguiente esquina los pechos y la belleza podían haber desaparecido, y un cuchillo podría clavársele en el corazón. Sin embargo, sabía que no era así; sabía que los pasos que oía eran los de una mujer, ligeros y esbeltos; que el bochorno que le producía nuevas olas de sudor sólo podía nutrir suavidad y pasividad. En semejante calor los cuchillos no podían sobrevivir; su filo se estropearía, su ambición caería en el abandono. Estaba seguro. Más adelante, las pisadas se interrumpieron. Él también se detuvo. De alguna parte provenía un poco de luz, aunque su fuente no resultaba visible. Se mojó los labios; sabían a sal. Avanzó. Sus dedos palparon los azulejos, que rezumaban agua; los pies le resbalaban en los mosaicos. A cada paso, su expectación iba en aumento. La luz se tomó más brillante. No era del día. La luz del sol no lograba penetrar en aquel santuario; se parecía más a la luz de la luna, suave,evasiva; aunque tampoco tendría acceso a aquel lugar, pensó Garvey. Fueran cuales fuesen sus orígenes, gracias a ella logró ver a la muchacha, mejor dicho, a una muchacha, porque no era la misma que viera dos días antes. Estaba desnuda, era joven, pero por lo demás, era distinta. Logró verla brevemente antes de que huyera de el por el corredor y girara en una esquina. La,perplejidad otorgó un sabor excitante a la persecución; no era una, sino dos las niñas que ocupaban aquel lugar secreto. ¿Por qué? Volvió la vista atrás para asegurarse de que su vía de escape quedaba libre, en caso de que tuviera que retirarse, pero su memoria, confundida por el aire perfumado, no lograba formarse una clara idea de la ruta que lo había conducido hasta allí. La preocupación mantuvo a raya su entusiasmo, pero no quiso sucumbir a ella, y continuó avanzando; fue tras la muchacha hasta el final del corredor y giró a la izquierda. El pasillo recorría una pequeña distancia antes de volver a girar a la izquierda; la muchacha acababa de desaparecer por allí. Apenas consciente de que los giros se hacían cada vez más cerrados con cada vuelta, fue tras la muchacha, respirando entrecortadamente por la agobiante atmósfera y la persecución. De repente, cuando giró una última esquina, el calor se hizo más aplastante y el pasillo lo condujo a una pequeña cámara apenas iluminada. Se desabrochó el cuello de la camisa. Las venas del dorso de las manos sobresalían como cordeles; notó cómo le trabajaban el corazón y los pulmones. Pero sintió alivio al comprobar que la persecución concluía allí. El objeto de su cacería estaba allí de pie, dándole la espalda, y al ver aquella espalda suave y aquellas nalgas exquisitas, su claustrotobia se evaporó. -Niña... -jadeó-, sí que me has hecho correr. La chica pareció no oírlo, o mejor dicho, pareció llevar el juego hasta los límites de la desobediencia. Avanzó por los mosaicos resbaladizos. -Te estoy hablando. Cuando estuvo a una media docena de pasos de ella, la chica se volvió. No era la muchacha que acababa de perseguir por el corredor, ni tampoco la que había visto hacía dos días. Aquella criatura era otra distinta. Su mirada reposó sobre aquel rostro desconocido durante unos segundos, antes de bajar vertiginosamente al niño que llevaba en brazos. Era un lactante, como cualquier niño recién nacido, que chupaba hambriento de uno de los jóvenes pechos. Pero en sus cincuenta y tantos años de vida, los ojos de Garvey jamás habían visto una criatura como aquélla. Le invadieron las náuseas. Ver a la muchacha amamantando fue ya una gran sorpresa, pero verla amamantar semejante cosa, semejante paria de vaya a saber qué tribu, humana o animal, fue algo que su estómago apenas pudo resistir. El infierno mismo daba retoños más dignos del abrazo. -En nombre de Dios, ¿qué...? La muchacha observo fijamente la sorpresa de Garvey, y una ola de risotadas le surcó el rostro. Garvey mencó la cabeza. La criatura que llevaba en los brazos desenroscó un miembro y lo estampó sobre el pecho de su madre para sacar más alimento. Aquel gesto convirtió el asco de Garvey en ira. Haciendo caso omiso de las protestas de la muchacha, le arrancó la abominación de los brazos; la sostuvo lo suficiente como para sentir el saco reluciente de aquel cuerpo retorcerse entre sus manos, y luego lo arrojó con todas sus fuerzas contra la pared opuesta de la cámara. Al golpear contra los azulejos, gritó; su quejido acabó tan de prisa como había empezado, pero fue repetido rápidamente por la madre. La muchacha corrió hacia el sitio donde yacía la criatura; al parecer, el impacto había abierto el cuerpo sin huesos. Uno de sus miembros, de los que tenía al menos media docena, intentó elevarse para tocarle la cara bañada en lágrimas. La muchacha cobijó en sus brazos a aquella cosa; unos hilillos de fluido reluciente le corrieron por el vientre y las ingles. Más allá de la cámara se oyó un grito. Garvey sabía de qué se trataba: contestaba al grito de muerte de la criatura, y al lamento creciente de su madre, pero aquel sonido era más perturbador que los otros dos. La imaginación de Garvey se tornó una facultad empobrecida. Mas alla de sus sueños de mujeres y riquezas había un erial. Pero al oír el sonido de aquella voz, el erial floreció y dio paso a unos horrores que se creía incapaz de concebir. No eran retratos de monstruos, que en el mejor de los casos no podían ser más que la conjunción de los fenomenos experimentados. Lo que su mente creó fueron mas sensaciones que visiones; provenían de su esencia y no de su mente. Todas las certezas se echaron a temblar –la masculinidad, el poder, los dobles imperativos del temor y la razón-, todas se subieron el cuello del abrigo y se negaron a reconocerlo. Comenzó a temblar, con un temor que sólo sentía en sueños, mientras el grito continuaba. Le dio la espalda a la cámara y echó a correr: la luz proyectó su sombra delante de él por el oscuro corredor. Su sentido de la orientación lo había abandonado. En la primera intersección, y luego en la segunda, cometió un error. Unos metros más adelante reconoció su error e intentó volver sobre sus pasos, pero de ese modo no hizo sino aumentar la confusión. Los corredores se parecían: los mismos azulejos, la misma luz mortecina. Cada vez que doblaba una esquina llegaba a una cámara por la que no había pasado antes, o bien terminaba en callejones sin salida. Su pánico aumentó. El lamento había concluido; estaba solo con su respiracion entrecortada y las maldiciones a media voz. Coloqhoun era responsable de aquel tormento, y Garvey juró que le arrancaría la verdad a palos, aunque tuviera que romperle personalmente hasta el último hueso. Mientras continuaba corriendo, se aferró a la idea de aquella paliza; era su único consuelo. Tan preocupado estaba pensando en las agonías que haría padecer a Coloqhoun, que no notó que daba vueltas en círculo y que regresaba hacia la luz, hasta que resbalando llegó a una cámara familiar. La criatura yacía en el suelo, muerta y desechada. Su madre había desaparecido. Garvey se detuvo a hacer inventario de su situación. Si volvía por donde había llegado, la ruta no haría mas que confundirlo; si seguía adelante, atravesando la cámara, hacia la luz, quizá lograra cortar el nudo gordiano y regresar al punto de partida. El veloz ingenio de la solución le satisfizo. Cautelosamente, atravesó la cámara hasta la puerta abierta ubicada al otro lado y se asomó. Ante él se extendía un nuevo corredor, y al final de éste otra puerta que daba a un espacio abierto. ¡La piscina! ¡Seguramente sería la piscina! Olvidó toda precaución, cruzó la cámara y recorrió el pasillo. A cada paso, el calor iba en aumento. La cabeza le zumbaba. Llegó al final del pasillo y salió al ruedo que había más allá. A diferencia de la pequeña, la piscina grande no estaba vacía. Estaba llena a rebosar, no de agua clara, sino de un caldo espumoso que humeaba a pesar del calor reinante. Aquella era la fuente de la luz. El agua de la piscina despedía una fosforescencia que todo lo teñía -los mosaicos, el trampolín, los vestuarios, sin duda a él mismo- con el mismo tono leonado. Escudriñó la escena que tenía ante sí. No había señales de las mujeres. Su camino hacia la salida no se veía amenazado; tampoco veía señales de cadenas ni de candados en las puertas dobles. Comenzó a avanzar hacia ellas. Resbaló en los mosaicos; echó un breve vistazo hacia abajo y vio que había atravesado un rastro de fluído -en la luz embrujada le resultó difícil distinguir su color- que acababa en el borde del agua o bien comenzaba allí. Dominado por la curiosidad, se volvió a mirar al agua. El vapor se arremolinaba; una corriente jugaba con la espuma. Y allí... sus ojos captaron una silueta oscura, anónima, que se deslizaba debajo de la piel del agua. Pensó en la criatura que había matado, en su cuerpo informe y en los lazos colgantes de sus miembros. ¿Sería otra de la misma especie? El brillo del líquido lamió el borde de la piscina; los continentes de espuma se deshicieron en archipiélagos. No vio señales del nadador. Irritado, apartó la vista del agua. Ya no estaba solo. Tres muchachas habían aparecido de la nada, y avanzaban hacia él por el borde de la piscina. Una de ellas era la que había visto la primera vez. A diferencia de sus hermanas, llevaba un vestido. Tenía un pecho desnudo. Lo miró muy seria y se fue acercando; a su lado arrastraba una cuerda adornada con cintas manchadas, atadas en lazos flojos pero extravagantes. Al llegar estas tres gracias las aguas fermentadas de la piscina se agitaron locamente cuando sus ocupantes salieron a recibir a las mujeres. Garvey logró ver tres o cuatro siluetas inquietas sacudir la superficie sin romperla. Quedó atrapado entre su instinto, que le aconsejaba huir (la cuerda, aunque embellecida, seguía siendo una cuerda), y el deseo de quedarse a ver lo que contenía la piscina. Echó un vistazo hacia la puerta. Se encontraba a menos de diez metros de ella. Una rápida carrera y saldría a la fresca atmósfera del pasillo. Desde allí podría gritarle a Chandaman. Las muchachas se detuvieron muy cerca de él y lo observaron. Les devolvió las miradas. Todos los deseos que lo habían conducido hasta allí se habían evaporado. Ya no quería sostener en sus manos los pechos de aquellas criaturas, ni acariciar la intersección de sus muslos relucientes. Aquellas mujeres no eran lo que parecían. Su silencio no era docilidad, sino el trance inducido por alguna droga; su desnudez no era sensualidad, sino una horrible indiferencia que lo ofendía. Incluso su juventud, y todo lo que traía aparejado -la suavidad de la piel, el brillo del pelo-, hasta eso parecía de algún modo corrupto. Cuando la muchacha del vestido tendió una mano y le tocó la cara sudorosa, Garvey lanzó un gritito de asco, como si lo hubiera lamido una serpiente. No se mostró molesta por su reacción, sino que se le acercó más, sin apartar los ojos de los suyos; no olía a perfume como su amante, sino a frescura. A pesar de sentirse agraviado no podía apartarse de ella. Se quedó quieto, sin apartar la vista de los ojos de aquella furcia, mientras ella le besaba la mejilla y con la cuerda engalanada de lazos le envolvía el cuello. Jerry telefoneó al despacho de Garvey a intervalos de media hora durante todo el día. Al principio le dijeron que no estaba en la oficina, y que regresaría esa misma tarde. Pero a medida que avanzaba el día, el mensaje cambió. Garvey no iba a estar en el despacho en todo el día. El señor Garvey, le dijo la secretaria, no se encontraba bien y se había marchado a su casa a descansar. Le pidió que telefoneara al día siguiente. Jerry solicitó a la secretaria que tomara nota de un recado: había conseguido los planos de las Piscinas y estaría encantado de hablar del proyecto cuando al señor Garvey le pareciera oportuno. A últimas horas de la tarde le telefoncó Carole. -¿Salimos esta noche? ¿Que te parece si vamos al cine? -Pues no se me había ocurrido ir tan lejos -repuso él-. Hablaremos esta noche, ¿vale? Finalmente fueron a ver una película francesa que, aparentemente, por lo que Jerry logró captar, carecía de argumento; consistía en una serie de diálogos entre los personajes, en los que discutían sus traumas y aspiraciones, siendo los primeros directamente proporcionales al fracaso de las últimas. La película le dejó una sensación de apatía. -No te ha gustado... -No demasiado. Todos esos diálogos intimidadores... -Y nada de tiros. -Nada de tiros. Carole sonrió para sí. -¿Qué tiene de gracioso? -quiso saber él. -Nada... -No digas que nada. -No he hecho más que sonreír, eso es todo -dijo ella, encogiéndose de hombros-. ¿No puedo sonreír? -Cielos. Lo unico que le falta a esta conversación son subtítulos. Caminaron un rato por la calle Oxford. -¿Quieres comer algo? -le preguntó Jerry cuando llegaron a la esquina de la calle Poland-. Podríamos ir al Red Fort. -No, gracias, no me gusta cenar tan tarde. -Por el amor del cielo, no discutamos por una maldita película. -¿Quién discute? -Eres exasperante. -Pues es algo que tenemos en común -le espetó. Se le sonrojó el cuello. -Esta mañana dijiste... -empezo él. -¿Qué dije? -Hablaste de que no debíamos perder lo que hay entre nosotros... -Eso fue esta mañana -replicó Carole con ojos acerados. Y de repente, agregó-: Me importa un bledo, Jerry. De mí, de nadie. Se quedó mirándolo como desafiándolo a que no contestara. Cuando no lo hizo, se mostró curiosamente satisfecha. -Buenas noches... -dijo, y se apartó de él. Jerry observó cómo daba cinco, seis, siete pasos y se alejaba de él. En lo más hondo deseaba llamarla, pero una docena de irrelevancias -el orgullo, la fatiga, la inconveniencia- se lo impidieron. Finalmente, lo que lo hizo reaccionar y le puso su nombre en los labios fue la idea de pasar otra noche en la cama vacía, pensar en las sábanas cálidas sólo en donde él yaciera, y frías como mil demonios a su derecha o a su izquierda. -Carole. No se volvió, ni siquiera aminoró la marcha. Tuvo que correr para alcanzarla, consciente de que la escena llamaría la atención de los transeúntes. -Carole -repitió, y la sujetó del brazo. Se detuvo. Cuando se puso frente a ella para verle la cara, se sorprendió al comprobar que estaba llorando. Aquello lo desarmó; detestaba las lágrimas de Carole una pizca menos de lo que detestaba las suyas propias. -Me rindo -le dijo, intentando sonreír-. La película era una obra de arte. ¿Qué te parece? Se negó a permitir que sus payasadas la calmaran; tenía la cara hinchada de desdichas. -No llores -le dijo-, por favor, no llores. No me... («No me salen bien las disculpas», quiso decir, pero en realidad se le daban tan mal que ni siquiera logro expresarlo.) -Es igual -dijo ella en voz baja. Jerry notó que no estaba enfadada, simplemente se sentía triste. -Anda, volvamos a mi piso. -No quiero. -Pues yo quiero que vengas -le dijo él. Al menos lo decía con sinceridad-. No me gusta hablar en la calle. Llamó un taxi y regresaron a Kentish Town, sin decirse palabra. En mitad de la escalera, antes de llegar a la puerta del apartamento, Carole dijo: -Qué perfume más asqueroso. En la escalera flotaba un olor fuerte y ácido. -Alguien ha estado aquí arriba -dijo Jerry. De pronto le entró una ansiedad inexplicable y subió rápidamente el tramo restante hasta plantarse ante la puerta del apartamento. Estaba abierta; habían forzado la cerradura sin reparos y astillado 1a madera de la jamba. Lanzó una maldición. -¿Qué ocurre? -inquirió Carole, yendo tras él. -Han entrado en mi piso. Entró en su casa y encendió la luz. El interior era un caos. Lo habían destrozado todo a conciencia. Por todas partes sc observaban pequeños actos de vandalismo: cuadros rotos, almohadas despanzurradas, muebles reducidos a astillas. Jerry se quedó de pie, en medio del desastre, meneando la cabeza, mientras Carole iba de cuarto en cuarto, descubriendo en cada uno la misma prolija destrucción. -Es algo personal, Jerry. Él asintió. -Llamaré a la policía -se ofreció Carole-. Fíjate en qué se han llevado. Hizo lo que le ordenó con el rostro completamente pálido. El golpe de aquella invasión lo había aturdido. Mientras caminaba sin rumbo por el apartamento para comprobar el pandemónium - dándoles la vuelta alos objetos rotos, colocando los cajones en su sitio-, se imaginó a los intrusos en plena tarea, riéndose mientras revisaban sus ropas y sus recuerdos. En un rincón del dormitorio encontró todas las fotos amontonadas. Habían orinado encima de ellas. -La policía está en camino -le informó Carole -. Han dicho que no tocásemos nada. -Demasiado tarde -murmuró. -¿Qué se han llevado? -Nada -replicó. Los objetos de valor -el estéreo y el vídeo, las tarjetas de crédito, las pocas joyas estaban allí. Sólo entonces recordó los planos. Regreso a la sala y empezó a buscar entre el desastre, aunque sabía con certeza que no iba a encontrarlos. -Garvey - dijo. -¿Qué pasa con Garvey? -Vino a buscar los planos de las Piscinas. O envió a alguien. -¿Por qué? -inquirió Carole, contemplando el caos-. De todos modos ibas a dárselos. -Fuiste tú la que me advirtió que no me relacionara con él... –dijo Jerry, meneando la cabeza. -Nunca imaginé una cosa así. -Ya somos dos. La policía llegó y se marchó, ofreciéndole unas magras disculpas cuando le comentaron que no creían probable que arrestaran al culpable. -Últimamente, hay muchos actos de vandalismo -le explicó el oficial-. Su vecino de abajo no estaba... -No, están fuera. -Era la última esperanza. Recibimos muchas llamadas como ésta. ¿Tiene el piso asegurado? -Sí. -Bueno, al menos es algo. En la entrevista, Jerry no comentó nada de sus sospechas, aunque en repetidas ocasiones sintió la tentación de lanzar sus acusaciones. En aquellas circunstancias no tenía demasiado sentido acusar a Garvey. Por una parte, éste tendría sus coartadas preparadas; por otra, ¿qué lograrían unas acusaciones sin fundamento sino alimentar aún mas la locura de aquel hombre? -¿Qué vas a hacer? le preguntó Carole cuando los policías terminaron de encogerse de hombros con indiferencia y se marcharon. -No lo sé. Ni siquiera estoy seguro de que fuera Garvey. Por un momento es todo dulzura y luz, y al siguiente, esto. ¿Cómo hacer frente a una mente así? -No se le hace frente. Se la deja correr -repuso Carole-. ¿Quieres quedarte aquí o venirte a casa? -Quiero quedarme. Realizaron un superficial intento por restablecer la situación anterior; devolvieron los muebles no demasiado rotos a su sitio, y quitaron los cristales rotos. Le dieron la vuelta al colchón destrozado, buscaron dos cojines intactos y se fueron a la cama. Carole quiso hacer el amor, pero esa seguridad, igual que gran parte de la vida dr Jerry, estaba destinada a fracasar. Bajo las sábanas no lograron componer lo que se había echado a perder fuera de ellas. La rabia de Jerry lo tornó brusco, y su brusquedad enfureció a Carole. Debajo de él, Carole frunció el ceño y sus besos se tornaron reacios y poco espontáneos. La renuencia de Carole hizo que Jerry la desdeñase con mayor tosquedad. -Dejémoslo -dijo Carole, cuando Jerry se disponía a penetrarla-. No quiero esto. Él sí, y cómo. Empujó antes de que ella volviera a protestar. -He dicho que lo dejemos, Jerry. Jerry procuró no oírla. Y se mostró más pesado que ella. -Déjalo ya. Jerry cerró los ojos. Carole volvió a pedirle que lo dejara, pero él empujó con más fuerza, con una furia verdadera, en la forma que a veces le había pedido ella cuando estaban muy excitados, rogándoselo casi. Pero en ese momento lo maldecía, lo amenazaba, y con cada palabra proferida Jerry se convencía de que no se dejaría engañar esta vez, aunque en la entrepierna no sentía más que plenitud e incomodidad, y la urgencia de acabar. Carole empezó a luchar; le arañó la espalda y le tiró del pelo para apartar la cara de Jerry de su cuello. Mientras continuaba moviéndose a Jerry se le ocurrió pensar que lo odiaría por aquello, y en eso, al menos, estarían de acuerdo, pero la idea no tardó en dar paso a las sensaciones. Concluido el veneno, se apartó de ella. -Bastardo... A Jerry le ardía la espalda. Cuando se levantó de la cama, dejó manchas de sangre en las sábanas. Buscando en el caos de la sala logró encontrar una botella de whisky intacta. Pero las copas estaban todas rotas, y de repente le invadió el absurdo melindre de que no quería beber a morro. Se agachó contra la pared, con la espalda helada, y no se sintió ni desdichado ni orgulloso. La puerta principal se abrió y se cerró con estrépito. Esperó un rato y oyó los pasos de Carole al bajar la escalera. Entonces surgieron las lágrimas, aunque también se sintió completamente alejado de ellas. Finalmente, concluido el ataque, fue a la cocina, lo revisó todo hasta encontrar una taza y bebió de ella hasta perder el sentido. El estudio de Garvey era un cuarto impresionante. Lo había hecho decorar imitando el de un abogado experto en asuntos fiscales que había conocido; las paredes estaban tapizadas de libros comprados por metros, el color de la alfombra y la pintura se había apagado, por la acumulación del humo de cigarro y de sabiduría. Cuando le costaba dormirse, como ahora, se retiraba al estudio, se sentaba en la silla de respaldo de cuero detrás del enorme escritorio, y soñaba con la legitimidad. Sin embargo, esa noche no fue así; esa noche, sus pensamientos estaban invadidos por otras preocupaciones. Por más que se esforzara en conducirlos por otro camino, ellos regresaban a Leopold Road. No se acordaba demasiado de lo ocurrido en las Piscinas. Eso ya era de por sí angustiante; siempre se había enorgullecido de poseer una aguzada memoria. De hecho, su memoria para las caras vistas y los favores realizados le había ayudado en gran medida a conseguir su actual poder. Se jactaba de que no había un solo portero, ni una sola mujer de la limpieza, entre los cientos de empleados que tenía al que no pudiera dirigirse por su nombre de pila. Pero de los hechos acaecidos en Leopold Road hacía escasamente treinta y seis horas, de cómo se le habían acercado las mujeres, de cómo la cuerda le había apretado el cuello, de cómo lo habían conducido por el borde de la piscina hasta una cámara cuya abyección le había despojado prácticamente de sus sentidos, conservaba apenas un vago recuerdo. Lo ocurrido allí después se movía en su memoria como lo hacían las siluetas en la mugre de la piscina: de un modo oscura y terriblemente inquietante. Había experimentado humillaciones y horrores. Pero aparte de eso, no recordaba nada. No era hombre que se inclinara ante tales ambigüedades sin plantarles cara. Si había misterios que desvelar, él los desvelaría, y aceptaría las consecuencias de la revelación. Su primera ofensiva había consistido en enviar a Chandaman y a Fryer a destrozar el piso de Coloqhoun. Si, tal como sospechaba, toda aquella empresa era una elaborada trampa pergeñada por sus enemigos, entonces Coloqhoun estaba implicado. Sin duda no sería más que una tapadera, y con toda seguridad no era la mente maestra que ideara el plan. Pero Garvey se sintió satisfecho de que la destrucción de los bienes muebles de Coloqhoun advirtiera a sus jefes de que estaba dispuesto a pelear. También había dado otros frutos. Chandaman había regresado con los planos de las Piscinas; estaban desplegados sobre el escritorio de Garvey. Había trazado la ruta seguida a través del complejo una y otra vez con la esperanza de azuzar su memoria. Pero se sintió defraudado. Cansado, se puso de pie y se dirigió a la ventana del estudio. El jardín de la casa era inmenso, y severamente cuidado. Aunque en aquel momento apenas lograba distinguir los bordes inmaculados; la luz de las estrellas describía rudimentariamente el mundo exterior. Lo único que lograba ver era su propio reflejo en el cristal pulido. Cuando se concentró en su imagen, su silueta se onduló, y sintió una flojedad en el bajo vientre, como si se le huhiera desatado algo. Se llevó la mano al abdomen. Le picaba, temblaba, y por un instante se vio otra vez en las Piscinas, desnudo; algo abultado se movía ante sus ojos. A punto estuvo de gritar, pero se controló apartándose de la ventana y observando la habitación, las alfombras, los libros y los muebles, la realidad sólida y sobria. No obstante, las imágenes se negaban a abandonar su cabeza. Los pliegues de sus intestinos siguieron temblando. Tardó varios minutos en reunir el coraje suficiente como para volver a mirar su reflejo proyectado en la ventana. Finalmente, cuando lo hizo, había desaparecido todo rastro de vacilación. No volvería a soportar otras noches insomnes como aquélla, perseguido por los fantasmas. Con las primeras luces del amanecer le llegó la convicción de que aquél sería el día en que destrozaría al señor Coloqhoun. Esa mañana, Jerry intentó telefonear a Carole a la oficina. En repetidas ocasiones le dijeron que no podía ponerse. A la larga, dejó de intentarlo, y dedicó sus atenciones a la hercúlea tarea de devolver un poco de orden al piso. Pero le faltaron la concentración y las energías necesarias para hacer un buen trabajo. Tras una hora fútil durante la cual apenas logró hacer mella en el problema, se dio por vencido. El caos reflejaba perfeetamente la opinión que tenía de sí mismo. Lo mejor sería dejarlo estar. Poco antes de mediodía, recibió una llamada. -¿El señor Coloqhoun? ¿Gerard Coloqhoun? -Sí, soy yo. -Me llamo Fryer. Llamo de parte del señor Garvey... -¿Ah, sí? ¿Aquella llamada sería para regodearse o acaso amenazaba con ulteriores desgracias? -El señor Garvey esperaba que le hiciera ciertas proposiciones –le dijo Fryer. -¿Proposiciones? -Está muy entusiasmado con el proyecto de Leopold Road, señor Coloqhoun. Tiene la impresión de que se puede sacar buen dinero. Jerry no dijo nada; aquella palabrería lo confundía. -Al señor Garvey le gustaría mantener otra reunión lo antes posible. -¿De veras? -En las Piscinas. Hay unos cuantos detalles arquitectónicos que le gustaría enseñar a sus colegas. -Entiendo. -¿Estará usted disponible para este mismo día? -Sí, claro. -¿Qué le parece a las cuatro y media? La conversación terminó más o menos allí. Jerry quedo perplejo. En los modales de Fryer no notó rastros de enemistad; ni una pizca, por más sutil que fuera, de mala fe entre las partes. Tal vez, como había sugerido la policía. los acontecimientos de la noche anterior habían sido obra de unos vándalos anónimos y el robo de los planos un capricho de los responsables. Se animó un poco. No todo estaba perdido. Volvió a telefonear a Carole, animado por aquel giro de los acontecimientos. Esta vez no aceptó las excusas de sus colegas e insistió en hablar con ella. Finalmente, se puso. -No quiero hablar contigo, Jerry. Vete al diablo. -Escúchame... Le colgó antes de que lograra agregar nada más. Volvió a llamarla. Cuando contestó y oyó su voz. se mostró desconcertada de que estuviera tan ansioso por disculparse. -¿Por qué lo intentas? Dios santo, ¿de qué sirve? Jerry notó que a Carole se le agolpaban las lágrimas en la garganta. -Quiero que comprendas lo enfermo que me siento. Deja que lo arregle, por favor, déjame que lo arregle. -No -contestó a su súplica. -No me cuelgues. Por favor, no me cuelgues. Sé que fue imperdonable, Cristo, lo sé... Carole siguió en silencio. -Pero piénsatelo, ¿quieres? Dame una oportunidad de arreglar las cosas. ¿Lo harás? La oyó suspirar. -¿Me dejas? -Sí. Sí. Y colgó. Partió hacia la cita en Leopold Road tres cuartos de hora antes de lo previsto, pero a mitad de camino se puso a llover torrencialmente, tanto que el limpiaparabrisas no daba abasto. El tráfico marchaba lento; durante más de medio kilómetro avanzó despacio. Lo único que lograba distinguir eran las luces de freno del vehículo de delante. Los minutos pasaron y su ansiedad fue en aumento. Cuando por fin logró abandonar el atasco para tomar otro camino, ya se le había hecho tarde. Nadie lo esperaba en la escalinata de las Piscinas; pero el Rover verdeazulado de Garvey estaba aparcado en el camino. No había señales del chófer. Jerry encontró un sitio para aparcar en el lado opuesto del camino, y cruzó la calle bajo la lluvia. Desde el coche hasta las Piscinas no habría más de veinticinco metros, pero llegó empapado y sin aliento. La puerta estaba abierta. Era evidente que Garvey había manipulado la cerradura y se había guarecido de la lluvia torrencial. Jerry entró. Garvey no estaba en el vestíbulo, pero había otra persona. Un hombre de la altura de Jerry, pero mucho más fornido. Llevaba guantes de cuero. Su rostro, a no ser por la ausencia de costuras, podría haber sido del mismo material. -¿Coloqhoun? -Sí. -El señor Garvey lo espera dentro. -¿Quién es usted? -Chandaman -repuso el hombre-. Entre. Al final del pasillo había una luz. Jerry abrió las puertas de paneles acristalados del vestíbulo y fue hacia la luz. A sus espaldas oyó la puerta principal cerrarse con un chasquido, y luego el eco de los pasos del lugarteniente de Garvey. Garvey hablaba con otro hombre, más bajo que Chandaman, que llevaba una enorme linterna. Cuando los dos oyeron acercarse a Jerry miraron en su dirección; la conversación cesó de repente. Garvey no le tendió la mano ni le ofreció ningún comentario de bienvenida; simplemente se limitó a decirle: -Ya era hora. -Es que la lluvia... -se excusó Jerry. Luego se lo pensó mejor y no dio una explicación que resultaba evidente. -Ese remojón puede causarle la muerte -comentó el de la linterna. Jerry reconoció inmediatamente el tono dulzón. -Fryer. -El mismo -replicó el hombre. -Encantado de conocerlo. Se estrecharon la mano, y al hacerlo, Jerry vio que Garvey lo observaba como si le buscara una segunda cabeza. No dijo nada durante un buen rato, limitándose a examinar la creciente inquietud reflejada en el rostro de Jerry. -No soy un estúpido -dijo por fin Garvey. El comentario surgido así, de repente, exigía una respuesta. -Ni siquiera creo que sea usted el cabecilla de este asunto -prosiguió Garvey-. Estoy dispuesto a ser caritativo. -¿A qué viene todo esto? -Caritativo -repitió Garvey-. Porque creo que se ha metido usted en honduras. ¿Me equivoco? Jerry frunció el ceño. -Creo que tiene razón -repuso Fryer. -Me parece que ni siquiera en estos momentos comprende el lío en que está metido, ¿verdad? -inquirió Garvey. De repente, Jerry fue consciente de su vulnerabilidad y de que Chandaman se encontraba detrás de él. -Sin embargo, no creo que la ignorancia deba confundirse con el arrobamiento -continuó Garvey-. Quiero decir que aunque no entienda nada, eso no lo hace menos culpable, ¿no le parece? -No tengo ni idea de lo que me está hablando -protestó levemente Jerry. Bajo la luz de la linterna, la cara de Garvey aparecía crispada y pálida; tenía todo el aspecto de necesitar unas vacaciones. -De este lugar -replicó Garvey-. Le estoy hablando de este lugar. De las mujeres que ha puesto aquí... para mi beneficio. ¿A qué viene todo esto, Coloqhoun? Es todo lo que quiero saber. ¿A qué viene todo esto? Jerry se encogió ligeramente de hombros. Cada palabra pronunciada por Garvey lo dejaba más y más perplejo; pero ya le había advertido que la ignorancia no constituía una excusa legítima. Tal vez la mejor respuesta fuese una pregunta. -¿Ha visto usted mujeres? -Furcias, más bien -replicó Garvey. El aliento le olía a ceniza de cigarro viejo-. ¿Para quién trabaja usted, Coloqhoun? -Trabajo por mi cuenta. La propuesta que le hice... -Olvídese de su maldita propuesta. No estoy interesado en hacer tratos con usted. -Ya entiendo -repuso Jerry-. Entonces no le veo sentido a esta conversación. Dio un paso para alejarse de Garvey, pero éste tendió un brazo y lo sujetó por la americana empapada de lluvia. -No le he dicho que se fuera -le dijo. -Tengo asuntos que atender... -Tendrán que esperar -le contestó Garvey sin soltarlo. Jerry supo que si intentaba quitarse de encima a Garvey y correr hacia la puerta principal, Chandaman se lo impediría antes de que diera tres pasos; por otra parte, si no intentaba huir... -No me gustan los de su clase -prosiguió Garvey, soltándolo-. Sabelotodos con vista para las buenas oportunidades. Se creen ustedes muy listos, Sólo porque tienen un acento extravagante y corbatas de seda. Permítame que le diga una cosa... -Con el dedo le dio una estocada en la garganta-. Me importan ustedes una mierda. Sólo quiero saber para quién trabaja. ¿Entendido? -Ya se lo he dicho... -¿Para quién trabaja? -insistió Garvey, señalando cada palabra con una nueva estocada-. Hable o se va a sentir usted muy, pero que muy mal. -Por el amor de Dios..., no trabajo para nadie. Y no sé nada de esas mujeres. -No empeore usted las cosas -le aconsejó Fryer con fingida preocupación. -Estoy diciendo la verdad. -Me parece que quiere que lo lastimen -dijo Fryer-. ¿Es eso lo que quiere? Chandaman lanzó una risotada sin alegría. -Sólo dígame algunos nombres -le pidió Garvey-. O le romperemos las piernas. La amenaza, aunque inequívoca, no contribuyó a aclararle la mente a Jerry. No veía otra forma de salir del embrollo más que insistir en su inocencia. Si nombraba a algún jefe supremo ficticio, descubrirían la mentira en seguida, y el engaño no haría sino empeorar las consecuencias. -Compruebe mis credenciales -suplicó-. Usted cuenta con recursos. Averigüe por ahí. No soy hombre de formar sociedades, Garvey, nunca lo he sido. Garvey dejó de mirar a Jerry a la cara y se fijó en su hombro. Jerry captó el significado de la señal demasiado tarde como para prepararse a recibir el golpe en los riñones del hombre que tenía a sus espaldas. Cayó hacia adelante, pero antes de que chocara con Garvey, Chandaman lo sujetó por el cuello y lo arrojó contra la pared. Se dobló; el dolor no le dejó pensar en nada. Vagamente, oyó a Garvey preguntarle otra vez quién era su jefe. Jerry negó con la cabeza. Tenía el cráneo lleno de cojinetes, le matraqueaban entre las orejas. -Dios..., Dios... -dijo, esforzándose por encontrar alguna palabra en su defensa para que no le pegaran. Pero lo incorporaron violentamente antes de que se le ocurriera ninguna. Lo iluminaron con la linterna. Se avergonzó de las lágrimas que le bañaban las mejillas. -Quiero nombres -repitió Garvey. Los cojinetes continuaron matraqueando. -Dale más -dijo Garvey. Chandaman se le acercó para entrenar los puños. Garvey le ordenó que parara cuando Jerry estaba ya a punto de desmayarse. La cara de cuero se apartó. -Póngase de pie cuando le hablo -le ordenó Garvey. Jerry intentó obedecerle, pero su cuerpo no se mostró dispuesto. Temblaba, sentía ganas de morir. -Póngase de pie -reiteró Fryer, interponiéndose entre Jerry y su verdugo para asegurarse de que lo entendiera. Al tenerlo tan cerca, Jerry olió el aroma ácido que Carole había descubierto en la escalera: era la colonia de Fryer. -¡Póngase de pie! -gritó el hombre. Jerry levantó débilmente una mano para escudarse del haz cegador. No lograba verles las caras, pero fue levemente consciente de que Fryer impedía que Chandaman se le acercara. A la derecha de Jerry, Garvey encendió una cerilla y acercó la llama a un cigarro. Era su oportunidad: Garvey estaba ocupado, y el matón obstaculizado. Jerry la aprovechó. Se agachó por debajo del haz de la linterna y se lanzó contra la pared, al tiempo que le arrancaba a Fryer la linterna de la mano. La fuente luminosa rodó con estrepito por los mosaicos y se apagó. En la repentina oscuridad, Jerry hizo un esfuerzo por conseguir la libertad. A sus espaldas oyó maldecir a Garvey, y a Chandaman y Fryer chocar entre sí al abalanzarse sobre la linterna caída. Tanteó las paredes y llegó hasta el final del corredor. Evidentemente, no había manera segura de deshacerse de sus verdugos y llegar a la puerta principal; su única esperanza residía en perderse en la red de corredores que se extendía delante de él. Llegó a una esquina y giró a la derecha, recordando vagamente que se alejaba de las instalaciones principales y se dirigía a los corredores de servicio. La paliza que le habían propinado, aunque interrumpida antes de quedar incapacitado, lo había dejado magullado y sin aliento. A cada paso que daba sentía un dolor agudo en la espalda y la parte baja del abdomen. Cuando resbaló y cayó sobre los viscosos mosaicos a punto estuvo de lanzar un grito. A sus espaldas, Garvey volvía a rugir. Habían encontrado la linterna. Su luz se bamboleaba por el laberinto; iba en su busca. Jerry se apresuró, contento de la escasa luz, pero no de su fuente. Lo seguirían. Y si como Carole había dicho, el lugar era una simple espiral y los corredores describían un giro incesante sin salida, entonces estaba perdido, condenado. Mareado por el creciente calor, avanzó rogando encontrar una salida de incendios que le permitiera huir de aquella trampa. -Ha ido por aquí -dijo Fryer-. Seguro que ha ido por aquí. Garvey asintió; sin duda era el camino más probable, y Coloqhoun lo habría seguido. Se alejaba de la luz y se adentraba en el laberinto. -¿Vamos tras él? -preguntó Chandaman. Al hombre se le hacía la boca agua al pensar en terminar con la paliza que había empezado a propinarle a Jerry-. No puede haber ido muy lejos. -No -dijo Garvey. Nada, ni siquiera la promesa de convertirlo en caballero, lo hubiera inducido a seguirlo. Fryer ya había empezado a avanzar por el pasillo, iluminando con la linterna las paredes relucientes. -Hace calor -dijo. Garvey sabia muy bien cuánto calor hacía. No era un calor natural, no para Inglaterra. Inglaterra era una isla templada; por eso nunca la había abandonado. El calor sofocante de otros continentes alimentaba cosas grotescas de las que no quería enterarse. -¿Qué hacemos? -preguntó Chandaman-. ¿Esperamos a que salga? Garvey sopesó esa opcion. El olor del corredor empezaba a angustiarle. El vientre le ardía y tenía la piel de gallina. Instintivamente se llevó la mano a la entrepierna. Su virilidad se había encogido, azorada. -No -repuso repentinamente. -¿No? -No vamos a esperar. -No se quedará ahí dentro para siempre. -¡He dicho que no! No había imaginado cuán profundamente lo haría sutrir el sudor que le producía aquel lugar. Aunque le fastidiaba dejar que Coloqhoun se le escapara de aquel modo, sabía que si permanecía allí durante más tiempo, se arriesgaba a perder el autocontrol. -Podéis esperarle en su piso -le dijo a Chandaman-. Tarde o temprano tendrá que volver a su casa. -Qué lástima -murmuró Fryer al salir del pasillo-, con lo que me gustan las persecuciones. Tal vez no lo estuvieran siguiendo. Habían pasado varios minutos desde que Jerry oyera las voces a sus espaldas. Su corazón había dejado de latir con furia. La adrenalina ya no le incitaba a correr; sus músculos cargados de magulladuras lo obligaron a arrastrarse. Su cuerpo se rebeló incluso ante ese leve movimiento. Cuando dar un paso más se convirtió en una agonía insoportable, se dejó caer por la pared y quedó acurrucado en el pasillo. La ropa empapada se le pegó al cuerpo y a la garganta; sintió frío y calor al mismo tiempo. Se aflojó el nudo de la corbata y se desabrochó el chaleco y la camisa. La calidez del aire del laberinto le acarició la piel. El contacto le resultó agradable. Cerró los ojos e intentó la autohipnosis para no sentir el dolor. ¿Qué eran las sensaciones sino un truco de las terminaciones nerviosas? Existían técnicas que permitían separar la mente del cuerpo, y dejar atrás las agonías. En cuanto cerró los ojos oyó unos sonidos apagados que provenían de muy cerca. Pasos, murmullo de voces. No eran Garvey y sus secuaces; eran voces femeninas. Jerry levantó la agobiada cabeza y abrió los ojos. O se había acostumbrado a la oscuridad en aquellos escasos momentos de meditación o en el pasillo había aparecido una luz; sin duda sería eso último. Se puso de pie. La chaqueta le pesaba como un muerto; se la quitó con esfuerzo y la dejó caer donde había estado acostado. Entonces fue en dirección a la luz. El calor había aumentado considerablemente en los últimos minutos; le producía ligeras alucinaciones. Las paredes daban la impresión de haber abandonado la verticalidad; en el aire, la transparencia se había convertido en una rielante aurora. Giró en una esquina. La luz se tornó más brillante. Otra esquina más y llegó a una diminuta cámara azulejada, donde el calor lo dejó sin aliento. Boqueó como un pez varado en la playa y miró con esfuerzo hacia la puerta que había en el otro extremo; el aire se iba tornando cada vez más denso. La luz amarillenta que se colaba por la puerta era aún más brillante, pero no logró reunir fuerzas suficientes para avanzar; el calor lo derrotó. Presintió que se encontraba al borde del desmayo y tendió una mano para sostenerse, pero la palma resbaló por los azulejos mojados y Jerry cayó al suelo, aterrizando sobre un costado. Lanzó un grito de dolor. Gimiendo sus desdichas, encogió las piernas contra el cuerpo y permaneció donde había caído. Si Garvey había oído su grito, y había enviado a sus lugartenientes en su persecución, le daba igual. Ya no le importaba nada. Desde el otro lado de la cámara le llegó el sonido de un movimiento. Levantó la cabeza del suelo y abrió un poco los ojos. En el vano de la puerta había una muchacha desnuda, o al menos eso era lo que sus aturdidos sentidos le indicaban. Le brillaba la piel como si la tuviera aceitada; en los pechos y los muslos tenía unas manchas de lo que podía haber sido sangre añeja. Aunque no parecía suya. No había herida alguna que le desfigurara el cuerpo reluciente. La muchacha había comenzado a reírse de el con una risa suave y fácil que lo hizo sentir muy tonto. Su musicalidad lo embriagó, y se esforzó por mirarla mejor. Había empezado a cruzar la cámara en dirección a él, sin dejar de reírse; entonces advirtió que detrás de ella había otras. Aquéllas eran las mujeres de las que Garvey le había hablado; aquélla era la trampa de la que le había acusado. -¿Quién eres? -murmuró cuando la muchacha se le acercó. A ésta la falló la risa cuando vio sus facciones crispadas por el dolor. Jerry intentó sentarse derecho, pero tenía los brazos entumecidos y volvió a resbalar por los mosaicos. La mujer no respondió a su pregunta ni tampoco intentó ayudarlo. Se limitó a mirarlo fijamente como haría un peatón a un borracho tendido en la cuneta; su rostro era inescrutable. Jerry le devolvió la mirada y sintió que iba perdiendo el tenue asidero a la conciencia. El calor, el dolor y aquella repentina erupción de belleza eran demasiado. Las mujeres más alejadas se dispersaron en la oscuridad; toda la cámara se plegó como la caja de un mago hasta que la criatura sublime que tenía delante exigió toda su atención. Ante su muda insistencia, Jerry sintió que la imaginación abandonaba su cabeza y que se deslizaba sobre la piel de la muchacha, que aquella carne era un paisaje y que cada poro era una fosa y cada cabello un pilón. Jerry fue suyo por completo. La mujer lo ahogó en sus ojos y lo desolló con sus pestañas; lo revolcó por su abdomen y lo hizo descender por el suave canal de su espalda. Lo recogió entre las nalgas y lo introdujo en su calor para volverlo a sacar mientras Jerry creía que se quemaría vivo. La velocidad lo regocijaba. Notó que su cuerpo, metido en alguna parte muy abajo, se hiperventilaba en el terror; pero su imaginación, a la que no le importaba respirar, se dirigía deseosa adonde la muchacha la condujera, y hacía rizos como un pájaro, hasta que, mareado y maltrecho, fue arrojado de nuevo al cáliz de su cráneo. Antes de que lograse aplicar la frágil herramienta de la razón a los fenómenos que acababa de experimentar, sus ojos se cerraron y se desmayó. El cuerpo no necesita de la mente. Cuenta con infinidad de procesos -llenar y vaciar los pulmones, bombear la sangre y asimilar los alimentos- que no requieren la autoridad del pensamiento. Sólo cuando uno o más de esos procesos fallan, la mente adquiere conciencia de lo intrincado de los mecanismos que habita. El desmayo de Coloqhoun sólo duró unos minutos, pero cuando volvió en sí tuvo conciencia de su cuerpo como jamás la había tenido: como una trampa. Y no logro salir de ella; estaba atado con grilletes a esa miseria, o mejor dicho, en esa miseria. Estos pensamientos iban y venían. Y en medio se producían breves visiones a través de las cuales caía, y momentos más breves aún, durante los cuales atisbaba el mundo exterior. Las mujeres lo habían recogido. La cabeza le colgaba, el pelo le arrastraba por el suelo. «Soy un trofeo», pensó en un instante más coherente. Luego otra vez la oscuridad. Nuevamente luchó por alcanzar la superficie y vio cómo lo transportaban por el borde de la piscina grande. La nariz se le llenó de aromas contradictorios, a la vez deliciosos y fétidos. Por el rabillo del ojo logró ver el agua, más brillante que nunca, lamer las orillas de la piscina; y algo más, unas sombras que se movían dentro del brillo. «Quieren ahogarme -pensó. Y luego-: Me estoy ahogando ya.» Imaginó que el agua le llenaba la boca; imaginó las formas que había entrevisto en la piscina invadirle la garganta y deslizarse hasta su vientre. Se esforzó por vomitarlas en medio de convulsiones. Le pusieron una mano sobre la cara. La palma era divinamente fresca. -Calla -le murmuró alguien. Y al oír esa palabra, sus delirios desaparecieron. Consiguieron apartarlo de sus miedos y devolverle la conciencia. La mano había desaparecido de su frente. Miró a su alrededor, en la penumbra de la sala, para buscar a su salvadora, pero sus ojos no fueron muy lejos. Al otro lado de la cámara -que parecía haber sido una ducha comunitaria-, varios tubos colocados en lo alto de la pared despedían sólidos arcos acuosos sobre los mosaicos, y desaguaban por unos canales. Un fino rocio producido por las fuentes llenó el aire. Jerry se incorporó. Tras la cascada del velo líquido se produjo un movimiento; una silueta demasiado enorme para ser humana. Espió a través de la llovizna e intentó encontrar algún sentido a aquellos pliegues de carne. ¿Era un animal? Había allí un olor penetrante que tenía algo de zoológico. Jerry se movió con considerable cautela para no llamar la atención de la bestia e intentó ponerse de pie. Sin embargo, sus piernas no estuvieron a la altura de sus intenciones. Lo único que logró fue arrastrarse un trecho por la sala sabre las manos y las rodillas y espiar -una bestia a otra- a través del velo de agua. Presintió que lo presentían, que la oscura criatura reclinada había vuelto los ojos en su dirección. Cuando lo miró, sintió que se le erizaba la piel, pero no logró apartar la vista. Y cuando él se disponía a examinarla mejor, en la sustancia de la criatura se formó un chispazo fosforescente que se esparció en olas de luz amarillenta por toda su tremenda silueta, revelándola en su totalidad a Coloqhoun. Supo sin lugar a dudas que se trataba de una hembra, aunque no se parecía a ninguna especie o género que él conociera. Mientras las olas de luminosidad recorrían el físico de la criatura, descubrieron con cada nueva ráfaga una configuración también nueva y fenomenal. Al observarla, a Jerry se le ocurrió pensar en algo lento y fundido, vidrio tal vez, o piedra, como si su carne adquiriera formas complicadas para ser devuelta al horno y moldeada otra vez. Carecía de cabeza y piernas reconocibles como tales, pero sus contornos estaban plagados de racimos de burbujas brillantes que podían haber sido ojos, y aquí y allá despedía cintas iridiscentes -unas llamaradas lentas de color pastel- que parecían encender por momentos el aire. Aquel cuerpo emitió entonces una serie de suaves sonidos: suspiros y burbujeos. Se preguntó si se estaría dirigiendo a él, y si era así, cómo esperaba que respondiera. Al oír unas pisadas detras de él, se volvió hacia una de las mujeres en busca de apoyo. -No tengas miedo -le dijo. -No tengo miedo -repuso Jerry. Era verdad. El prodigio que tenía delante resultaba electrificante, pero no le producía ningún temor. -¿Qué es? -preguntó. La mujer se mantuvo cerca de él. Su piel, bañada por la luz que despedía la criatura, era dorada. A pesar de las circunstancias, o tal vez precisamente a causa de ellas, sintió un temblor de deseo. -Es la Madonna. La Virgen Madre. -¿Madre? -repitió Jerry, volviéndose otra vez para ver a la criatura. Las olas de fosforescencia habían dejado de recorrer el cuerpo. La luz latía ahora en una parte concreta de su anatomía, y en esa región, siguiendo el ritmo del pulso, la sustancia de la Madonna se hinchó y se partió. A sus espaldas Jerry oyó más pasos; el eco de unos susurros, de risas y aplausos llenó la cámara. La Madonna estaba pariendo. La carne hinchada se abría. Una luz líquida comenzó a manar; un olor a fuego y sangre llenó la sala de duchas. Una muchacha lanzó un grito, como en armonía con la Madonna. Los aplausos arreciaron, y de repente, del corte abierto en la Madonna salió una criatura -una mezcla de calamar y cordero esquilado-, que cayó sobre los mosaicos. El agua que salía de los tubos la despertó inmediatamente; la criatura echó la cabeza hacia atrás para mirar a su alrededor con su único ojo, enorme y perfectamente lúcido. Se retorció sobre los mosaicos durante unos instantes antes de que la chica que estaba al lado de Jerry avanzara entre el velo de agua y la recogiera. Su boca desdentada buscó rápidamente el pecho. La muchacha la acercó al pezón. -No es humana... -murmuró Jerry. No estaba preparado para ver una criatura tan extraña y, sin embargo, tan inequívocamente inteligente-. Los niños... ¿son todos iguales? Arrobada, la madre sustituta miró el saco de vida acurrucado entre sus brazos. -Nadie es igual a nadie -repuso-. Nosotras los alimentamos. Algunos mueren. Otros viven y se van en busca de sus destinos. -¿Adónde, por el amor de Dios? -Al agua. Al mar. A los sueños. La muchacha arrulló a la criatura. Un miembro aflautado, recorrido por la luz como había ocurrido con su madre, se agitó en el aire lleno de placer. -¿Y el padre? -No necesita marido -repuso-. Podría hacer hijos con un chubasco si quisiera. Jerry volvió a mirar a la Madonna. En ella apenas quedaban vestigios de luz. El enorme cuerpo lanzó un zarcillo llameante color azafrán, que se mojó bajo la cascada de agua y dibujó unas formas danzarinas sobre la pared. Después se quedó quieta. Cuando Jerry se volvió, la madre sustituta y la criatura se habían ido. Se habían marchado todas menos una. Era la muchacha que se le había aparecido la primera vez. Su rostro volvía a lucir la misma sonrisa; estaba sentada al otro extremo de la habitación, con las piernas separadas. Jerry entrecerró los ojos para verle la entrepierna y luego le miró otra vez a la cara. -¿De qué tienes miedo? -le preguntó la chica. -No tengo miedo. -¿Por qué no vienes a mí entonces? Jerry se puso de pie, atravesó la cámara y fue hasta donde ella estaba sentada. A sus espaldas, el agua seguía manando y corriendo por los mosaicos, y detrás de las fuentes, las carnes de la Madonna murmuraban. Su presencia no lo intimidaba. Los de su clase seguramente no merecían la atención de semejante criatura. Y si lo veía, seguramente lo consideraría un ser ridículo. ¡Cielos! Si hasta él mismo se consideraba ridículo. Ya no le quedaban ni dignidad ni esperanzas que perder. Mañana, todo aquello sería un sueño: el agua, las criaturas, la belleza que se incorporaba para abrazarlo. Mañana creería que había estado muerto durante un día y visitado unos baños para ángeles. Pero ahora, tenía que aprovechar la oportunidad. Después de hacer el amor con la muchacha sonriente, cuando intentó recordar los detalles del acto, no logró precisar con exactitud si había llegado a algo. Sólo le quedaron los más vagos recuerdos, y no se acordaba de los besos de la muchacha ni del acoplamiento, sino de la leche que le goteaba de los pechos y de la forma en que ella murmuraba: «Nunca..., nunca...» mientras se entrelazaban. Cuando terminaron, ella se mostró indiferente. Ya no hubo palabras ni sonrisas. La muchacha lo dejó solo en medio de la llovizna de la cámara. Jerry se abrochó los sucios pantalones y dejó a la Madonna con su fecundidad. Un corto pasillo conducía de la sala de duchas a la piscina grande. Tal como comprobara vagamente cuando las muchachas lo llevaron en presencia de la Madonna, estaba llena a rebosar. Los hijos de la Madonna jugaban en el agua radiante; sus formas eran innumerables. Las mujeres no estaban por ninguna parte, pero la puerta que daba al corredor exterior estaba abierta. La traspuso, y no había dado más de seis pasos cuando se cerro tras él. Ezra Garvey se dio cuenta demasiado tarde de que regresar a las Piscinas (aunque fuera para un acto de intimidación del que normalmente hubiera disfrutado) había sido un error. Habla vuelto a abrirle una herida que creía a punto de cicatrizar, y le había traído los recuerdos de su segunda visita, de las mujeres y de lo que le habían hecho ver (recuerdos que intentó aclarar hasta comprender su verdadera naturaleza) cerca de la superficie. Lo habían drogado, de un modo u otro lo habían drogado, y cuando estaba débil y había perdido todo sentido del decoro, lo habían explotado para divertirse. Lo habían amamantado como a un niño y lo habían convertido en su juguete. Esos recuerdos lo dejaban perplejo; pero había otros, demasiado profundos como para distinguirlos, que lo consternaban. Recuerdos de una cámara, de agua que caía en forma de cortina, de una oscuridad terrible y de una luminiscencia más terrible aún. Sabía que había llegado la hora de destrozar esos sueños bajo los pies y de poner fin a semejante desconcierto. Era un hombre que no olvidaba los favores recibidos ni realizados; poco antes de las once hizo dos llamadas telefónicas para hacer valer dos de esos favores. Fuera lo que fuese lo que vivía en las Piscinas de Leopold Road, no continuaría prosperando. Satisfecho con sus maniobras nocturnas, subió a acostarse. Desde el incidente con Coloqhoun se había bebido gran parte de una botella de aguardiente; tenía frío y se sentía inquieto. El alcohol comenzó a hacerle efecto. Le pesaban las piernas y la cabeza. Ni siquiera se molestó en desvestirse, y se acostó en la cama grande durante unos minutos para aclararse un poco. Cuando se despertó era la una y media de la madrugada. Se incorporó. El estómago volvía a hacerle cabriolas; en realidad, todo el cuerpo parecía traumatizado. En sus cincuenta y tantos años rara vez había estado enfermo; el éxito había mantenido a raya los achaques. Pero ahora se sentía fatal. Tenía un dolor de cabeza espantoso; tambaleándose, fue desde el dormitorio a la cocina tanteando las paredes. Se sirvió un vaso de leche, se sentó a la mesa y se lo llevó a los labios. Pero no bebió. Sus ojos se posaron en la mano que sostenía el vaso. La miró a través de la bruma del dolor. No se parecía a su mano; era demasiado delicada, demasiado suave. Dejó el vaso; temblaba de tal modo que derramó la leche sobre la mesa de teca y el charco formado empezó a caer al suelo. Se puso de pie. El sonido de la leche al caer sobre los mosaicos de la cocina despertó en él unos pensamientos muy curiosos. Se dirigió vacilante hacia su estudio. Necesitaba la compañía de alguien, de cualquiera. Tomó la agenda telefónica e intentó descifrar los garabatos de las páginas, pero los números no le resultaban claros. El pánico fue en aumento. ¿Sería aquello la locura? El delirio de la mano transformada, las sensaciones extrañas que le recorrían el cuerpo. Se desabrochó la camisa, y al hacerlo, su mano rozó otro delirio más absurdo que el anterior. Con dedos renuentes se abrió la camisa, repitiéndose una y otra vez que nada de aquello era posible. Pero las pruebas eran bien claras. Tocó un cuerpo que ya no era el suyo. Todavía había señales de que la carne y los huesos le pertenecían -una cicatriz de apendicitis en la parte baja del abdomen, la marca de nacimiento debajo del brazo-, pero la sustancia de su cuerpo había sido transformada (estaba siendo transformada mientras él observaba) en formas vergonzantes. Hundió las uñas en las formas que le desfiguraban el torso, como si fueran a disolverse ante el asalto, pero sólo logró que sangraran. En otras épocas, Ezra Garvey había sufrido mucho, y casi todos los sufrimientos habían sido autoinfligidos. Había estado en la cárcel; había estado a punto de recibir serias heridas; había soportado los engaños de mujeres hermosas. Pero esos tormentos no eran nada comparados con la angustia que sentía ahora. ¡No era él mismo! Le habían quitado el cuerpo mientras dormía y le habían dejado aquél a cambio. El horror de aquella realidad destrozó su autoestima, y su cordura peligró. Incapaz de frenar las lágrimas, empezó a tirar del cinturón. «Por favor, Dios mío -se dijo-, por favor, permite que siga entero.» Las lágrimas apenas le dejaban ver. Se las enjugó de un manotazo y se miró la entrepierna. Al ver las deformidades que allí se estaban produciendo, rugió hasta hacer temblar las ventanas. Garvey no era hombre para engaños. Sabía que la discusión no contribuiría en nada a mejorar los hechos. No sabia con seguridad cómo había sido escrito en su cuerpo aquel tratado de transformación, y no le importaba demasiado. Lo único que se le ocurría pensar era que se moriría de vergüenza si alguna vez aquella vil condición llegaba a ver la luz del día. Regresó a la cocina y sacó un enorme cuchillo del cajón; luego se arregló la ropa y abandonó la casa. Sus lágrimas se habían secado. Llorar ahora sería un desperdicio, y él no era un derrochón. Atravesó la ciudad vacía en su coche y fue hacia el río; cruzó el puente Blackfriars. Allí aparcó y fue andando hasta la orilla. Esa noche el Támesis estaba crecido y sus aguas bajaban rápidas; en la superficie había espuma blanca. Sólo entonces, después de llegar tan lejos sin analizar demasiado sus intenciones, el temor a morir lo detuvo. Era un hombre rico e influyente, ¿acaso no habría otras salidas a aquella pesadilla que la solución a la que se había lanzado de cabeza? ¿Traficantes de píldoras que pudieran invertir la locura que había invadido sus células? ¿Cirujanos que cercenaran las partes ofensivas y suturaran los retazos de su yo perdido? ¿Cuánto durarían esas soluciones? Tarde o temprano el proceso volvería a empezar, lo sabía. Nadie podía ayudarlo. Una ráfaga de viento levantó la espuma del agua. Fue a caerle sobre la cara y la sensación rompió el sello del olvido. Finalmente lo recordó todo: la sala de duchas, los chorros de los tubos rotos que golpeaban el suelo, el calor, las mujeres riéndose, los aplausos. Y por último, la cosa que vivía detrás de la pared de agua, una criatura que era peor que cualquier pesadilla de femineidad que su mente extraviada hubiera podido pergeñar. Allí se había acoplado en presencia de aquel monstruo, y en la furia del acto -cuando se había olvidado momentáneamente de sí mismo-, las muy furcias lo hablan sometido a aquel embeleso. De nada servían las lamentaciones. Estaba acabado, acabado. Al menos había tomado medidas para la destrucción de su guarida. Mediante la autocirugía desharía lo que ellas habían ideado con su magia, y así les negaría la posibilidad de ver el resultado de su obra. El viento era frío, pero él tenía la sangre caliente. Lo envolvió con sus ráfagas mientras él se acuchillaba el cuerpo. El Támesis recibió la libación con entusiasmo. A sus pies, lamía la orilla formando remolinos. No había concluido el trabajo, cuando la pérdida de sangre lo venció. «Da igual -pensó, mientras se le doblaban las rodillas y caía al agua-, ahora no me verán más que los peces.» Cuando el río se cerró sobre él, rogó por que la muerte no fuera mujer. Mucho antes de que Garvey hubiera despertado en mitad de la noche y descubierto la rebelión de su cuerpo, Jerry había abandonado las Piscinas, había subido a su coche e intentado regresar a su casa. Pero le había costado un gran esfuerzo llevar a cabo esa tarea tan simple. Tenía los ojos nublados, y el sentido de la dirección trastocado. En una intersección estuvo a punto de provocar un accidente, por lo que aparcó el coche y empezó a caminar hasta su casa. Los recuerdos de lo que acababa de ocurrirle no eran en absoluto claros, aunque los acontecimientos apenas tenían horas de vida. Tenía la cabeza plagada de extrañas asociaciones. Andaba en el mundo real como en sueños. Sin embargo, cuando vio a Chandaman y a Fryer esperándole en el dormitorio de su apartamento, volvió a la realidad como si le hubieran dado de bofetadas. No esperó a que lo saludasen; se volvió y echó a correr. Durante la espera le habían vaciado las reservas de bebidas alcohólicas y reaccionaron con lentitud. Jerry había bajado la escalera y abandonado la casa antes de que ellos salieran en su persecución. Fue andando hasta casa de Carole, pero no estaba. No le importó esperar. Se sentó en los escalones de la entrada y allí estuvo durante media hora: cuando llegó el inquilino del piso superior, logró convencerlo de que lo dejase entrar y esperó en la relativa calidez de la casa. Se sentó en la escalera y en la duermevela volvió sobre sus pasos y regresó a la intersección donde había abandonado el coche. Una multitud pasaba por allí. «¿Adónde van?», inquirió. «A ver los yates», le respondieron. «¿Qué yates?», quiso saber, pero la gente se alejaba charlando. Siguió andando durante un rato. El ciclo estaba oscuro, pero las calles se hallaban iluminadas por una luz azulada, carente de sombras. Cuando ya iba a ver las Piscinas, oyó como un chapaleo y, al doblar una esquina, descubrió que la marea iba subiendo por la calle Leopold. ¿Qué clase de mar era aquél?, preguntó a las gaviotas que volaban en el cielo, porque el olor a salitre del aire denotaba que aquellas aguas eran del océano y no del río. ¿Acaso importaba qué mar era?, replicaron las gaviotas. En definitiva, ¿no eran todos los mares un mismo mar? Se quedó mirando cómo las olas iban subiendo por el asfalto. Su avance, aunque delicado, derribó farolas y erosionó los cimientos de los edificios con tanta rapidez que éstos se derrumbaban en silencio, bajo la marea glacial. Las olas no tardaron en bañarle los pies. Los peces, pequeños dardos plateados, se movían en el agua. -¿Jerry? Carole estaba en la escalera, mirándolo fijamente. -¿Qué diablos te ha pasado? -Estuve a punto de ahogarme -repuso. Le habló de la trampa que Garvey le había tendido en Leopold Road, de la paliza recibida y de la presencia de los maleantes en su propia casa. Carole le ofreció su fría comprensión. Jerry no le contó nada sobre la persecución por la espiral, ni de las mujeres, ni de la cosa que había visto en las duchas. Le habría resultado imposible referirlo, aunque hubiera querido; cada hora que pasaba desde que abandonara las Piscinas estaba menos seguro de haber visto nada. -¿Quieres quedarte aquí? -ofreció Carole cuando Jcrry terminó su relato. -Creí que nunca me lo preguntarías. -Será mejor que tomes un baño. ¿Estas seguro de que no te han roto ningún hueso? -Creo que a estas alturas ya lo sentiría si lo hubieran hecho. Seguramente no tendría huesos rotos, pero no había salido incólume. El torso era una colección de morados, y le dolía todo, desde la cabeza a los pies. Tras permanecer media hora en remojo, salió de la bañera y se miró en el espejo; tenía el cuerpo hinchado por la paliza, y la piel del pecho se veía suave y tensa. No era un bonito panorama. -Mañana deberás ir a la policía -le dijo Carole más tarde, cuando estaban acostados-. Y harás que arresten al bastardo de Garvey... -Supongo... Carole se inclinó sobre él. Tenía la cara blanda por la fatiga. Lo besó suavemente. -Me gustaría quererte -le dijo. Jerry no la miró-. ¿Por qué me lo pones tan difícil? -¿Te lo pongo difícil? -inquirió; los ojos se le cerraban. Carole deseó deslizar la mano por debajo de la bata que llevaba puesta -nunca había logrado comprender la timidez de Jerry, pero le resultaba atractiva- y acariciarlo. Pero en la forma en que yacía Jerry había cierto aislamiento que dejaba entrever su deseo de no ser tocado, y ella lo respetó. -Apagaré la luz -le dijo. Pero él no la oyó, ya se había dormido. La marea no fue amable con Ezra Garvey. Recogió su cuerpo y jugueteó con él, lanzándolo a la orilla y volviendo a llevarlo hacia el interior durante un rato, picoteándolo como un comensal harto que escarba la comida. Llevó el cuerpo río abajo durante más de un kilómetro y luego se cansó de su peso. La corriente lo relegó al remanso de las orillas, y allí, a la altura de Battersea, quedó enganchado en una cuerda de amarre; su cuerpo exangüe se reveló en toda su extensión cuando lo abandonó la marea y vino la madrugada a espiar. A las ocho su audiencia se componía de alguien más que la mañana. Jerry se despertó con el ruido de la ducha proveniente del baño contiguo. Las cortinas del dormitorio todavía estaban echadas. Sólo un diminuto haz luminoso logró filtrarse hasta donde yacía. Sc dio la vuelta y sepultó la cabeza en la almohada, para que la luz no le molestase, pero su cabeza, una vez agitada, comenzó a darle vueltas. Le esperaba un día muy difícil; tendría que explicar los acontecimientos recientes a la policía. Le harían preguntas y algunas resultarían incómodas. Cuanto antes recapitulara su versión, más hermética sería. Volvió a darse la vuelta y apartó las sábanas. Lo primero que se le ocurrió pensar cuando se miró fue que no se había despertado del todo, sino que continuaba con la cara sepultada en la almohada y soñaba ese despertar. Que soñaba el cuerpo en el cual habitaba, con sus pechos florecientes y el vientre suave. Aquel cuerpo no le pertenecía; el suyo era del otro sexo. Sacudió la cabeza e intentó despertarse, pero no existía nada a lo cual despertar. Estaba allí. Aquella anatomía transformada era la suya -aquella raja, aquella suavidad, aquel extraño peso-, todo era suyo. En las horas transcurridas desde la medianoche lo habían destejido para volver a hacerle otra imagen. Desde el cuarto de baño, el sonido de la ducha le devolvió el recuerdo de la Madonna. Y de la mujer que lo había persuadido con halagos para que la poseyera y le había susurrado, mientras él fruncía el ceño y continuaba con las arremetidas, «Nunca..., nunca...», diciéndole, aunque entonces estaba lejos de sospecharlo, que aquél sería su último acoplamiento como hombre. Habían conspirado -la mujer y la Madonna- para someterlo a aquel hechizo. Y el no poder siquiera aferrarse a su propio sexo, el hecho de que la virilidad, al igual que la influencia y la riqueza, le fueran prometidas para serle arrebatadas después, ¿acaso todo aquello no representaba el fracaso más perfecto de su vida? Salió de la cama; hizo girar las manos para admirar su nueva delicadeza y se pasó las palmas por los pechos. No tenía miedo, pero tampoco sentía júbilo. Aceptó aquel fait accompli como un bebé acepta su condición, sin tener idea del bien o del mal que podía hacerle. Tal vez habría más hechizos de donde provenía éste. Si así era, volvería a las Piscinas y los buscaría él mismo; seguiría la espiral hasta su corazón caliente y discutiría acerca de los misterios con la Madonna. ¡En el mundo había milagros! Fuerzas que podían volver la carne del revés sin producir sangre, que podían destruir la tiranía de lo real y jugar con sus ruinas. En el cuarto de baño, el agua de la ducha continuaba cayendo. Se aproximó a la puerta del lavabo, ligeramente entreabierta, y espió. Aunque la ducha estaba abierta, Carole no se encontraba debajo de ella. Estaba sentada en el borde de la bañera y con las manos se cubría la cara. Lo oyó aproximarse a la puerta. Su cuerpo dio un respingo. No levantó la vista. -Te he visto... -le dijo. Su voz era gutural, llena de un horror que no lograba domeñar-. ¿Me estoy volviendo loca? -No. -¿Entonces qué ocurre? -No lo sé -repuso Jerry, sencillamente-. ¿Tan terrible es? -Es repugnante, odioso. No quiero mirarte. ¿Me oyes? No quiero verte. No intentó discutir. Carole no quería saber nada de él, y era su prerrogativa. Volvió al dormitorio, se vistió con sus ropas sucias y regresó a las Piscinas.


Nadie reparó en él, o mejor dicho, si por el camino alguien notó algo extraño en aquel peatón -una disparidad entre las ropas que vestía y el cuerpo que las llevaba-, se limitó a mirar hacia otra parte, sin deseos de enfrentarse a semejante problema a una hora tan temprana y sobrio. Cuando llegó a Leopold Road, en la escalinata había varios hombres. Hablaban, aunque él no lo supo, de la inminente demolición. Jerry se detuvo en el portal de una tienda, al otro lado de la calle, hasta que el trío se alejó; entonces, fue hasta la puerta principal de las Piscinas. Temía que hubieran cambiado la cerradura, pero no lo habían hecho. Entró fácilmente y cerró la puerta tras de sí. No llevaba linterna, pero cuando se internó en el laberinto se dejó guiar por el instinto y éste no le falló. Al cabo de unos minutos de exploración por los corredores sumidos en la oscuridad tropezó con la chaqueta que había dejado el día anterior; unos giros más adelante, llegó a la cámara donde la muchacha risueña lo había encontrado. Había una ligera luz proveniente de la piscina. Habían desaparecido casi todos los vestigios de luminiscencia que lo habían conducido hasta allí. Atravesó la cámara de prisa, lleno de aprensión. La piscina seguía llena a rebosar, pero la luz se había apagado casi por completo. Examinó el caldo: no había movimiento en sus profundidades. Se habían ido. Las madres, los hijos. También se habría ido su causa primera, la Madonna. Se dirigió a las duchas. Sí, se había marchado. Más aún, la cámara había sido destruida, como en un rapto de rabia. Habían arrancado los azulejos de las paredes y destrozado las tuberías. Aquí y allá vio manchas de sangre. Le dio la espalda a la destrucción y regresó a la piscina, preguntándose si habría sido su invasión lo que las había alejado de aquel templo provisional. Fuera cual fuese el motivo, las brujas se habían ido, y él, su criatura, se encontraba abandonado y privado de los misterios. Desesperado, vagó por el borde de la piscina. La superficie del agua no estaba del todo en calma: en ella había despertado un círculo de olas que aumentaba como un latido. Se quedó mirando cómo el oleaje iba ganando impulso y extendía sus brazos por la piscina. De repente, el nivel del agua comenzó a descender. El oleaje se convirtió rápidamente en un remolino de aguas espumosas. En el fondo de la piscina habían abierto alguna boca y el agua estaba drenando. ¿Habría huido por allí la Madonna? Corrió hasta el extremo opuesto de la piscina y examinó los azulejos. ¡Sí! Al abandonar su altar para lanzarse a la seguridad de la piscina, había dejado tras ella un rastro de fluido. Y si por ahí se había marchado la Madonna, ¿acaso las demás no la habrían seguido? No tenía manera de saber adónde iban a desembocar las aguas. Tal vez a las cloacas y de allí al río y, finalmente, al mar. Ahogándose hasta morir, hacia la extinción de la magia. O a través de algún canal secreto, hacia la tierra, a algún santuario seguro, apartado de los curiosos, donde el éxtasis no estaba prohibido. Las aguas enloquecían rápidamente a medida que la succión las reclamaba. El vórtice giraba, hervía, escupía. Estudió la forma que describía. Una espiral, por supuesto. Elegante, inevitable. Las aguas bajaban de prisa y el chapaleo pasó a ser rugido. Pronto no quedaría nada, y la puerta hacia otro mundo quedaría sellada y se perdería. No tenía alternativa: saltó. La corriente arremolinada tiró de él hacia abajo y dio vueltas y más vueltas, descendiendo más y más. Se sintió lanzado contra el suelo de la piscina y dio varias volteretas a medida que la corriente tiraba inexorablemente de él aproximándolo a la salida. Abrió los ojos. La corriente lo arrastró hasta el borde y más allá. El torrente lo acogió bajo su custodia y con su furia lo lanzó hacia atrás y hacia adelante. Más adelante había luz. No logró calcular a qué distancia se encontraba, pero ¿qué importancia tenía? Si se ahogaba antes de alcanzarla y moría antes de concluir el viaje, ¿qué? La muerte no era más segura que el sueño de masculinidad que había vivido durante todos esos años. Los términos de la descripción no servían para otra cosa que para ser trastocados, cambiados radicalmente. La tierra estaría brillante, ¿no?, y probablemente plagada de estrellas. Abrió la boca y gritó en el remolino, a medida que la luz crecía y crecía, cual himno en alabanza de la paradoja. 

martes, 8 de enero de 2008

LA ERA DEL DESEO













El hombre en llamas bajó precipitadamente la escalera de los Laboratorios Hume cuando el coche de la policía, que según él acudía atraído por la alarma que Welles o Dance habían hecho sonar en el piso de arriba, apareció en el portal y entró por el sendero. Mientras se alejaba a la carrera de la puerta, el coche chirrió junto a la escalera y escupió su carga humana. Esperó en las sombras, exhausto y demasiado aterrado como para continuar corriendo, seguro de que lo verían. Pero los hombres desaparecieron por las puertas giratorias sin siquiera echar una mirada hacia su tormento. Se preguntó si en realidad se estaría quemando. Si aquel horripilante espectáculo —su carne bautizada por una llama nítida que ardía pero no lograba consumirse— no sería una mera alucinación exclusiva para sus ojos. Si era así, todo lo que le había pasado en el laboratorio también había sido un delirio. Tal vez no había cometido los crímenes de los que había huido, con el calor en la carne lamiéndole de tal forma que le provocaba el éxtasis.

Se miró el cuerpo. Donde había quedado expuesta,la piel estaba moteada de puntos lívidos de fuego, pero uno por uno se fueron borrando. Notó que se apagaba como una hoguera olvidada. Las sensaciones que habían afluido a su cuerpo tan intensas y exigentes que le causaban dolor y a la vez placer abandonaron finalmente sus terminaciones nerviosas, dejandole un entumecimiento por el que se sintió agradecido. Su cuerpo surgía ahora de debajo del velo de fuego; estaba en un estado lamentable. Tenía la piel como un mapa de rasguños, las ropas hechas jirones, las manos pegajosas de sangre coagulada, sangre que él sabía que no le pertenecía. No había modo de evitar la amarga verdad. Había hecho todo lo que se había imaginado. En ese mismo momento los funcionarios estarían mirando perplejos su atroz obra.

Salió de su escondite, junto a la puerta, y bajó por el sendero, manteniéndose alerta por si regresaban los dos policías; pero no volvió a verlos. Detras del portal, la calle estaba desierta. Echó a correr. Había dado unas cuantas zancadas cuando repentinamente la alarma del ediflcio dejó de sonar. Durante unos segundos, los oídos le sonaron en simpatía con el timbre acallado. Luego, misteriosamente, empezo a oír el sonido del calor —el murmullo subrepticio de las ascuas—, lo bastante lejano como para no sentir miedo, aunque cercano como sus propios latidos.

Avanzó cojeando, para interponer entre él y sus crímenes una distancia adecuada, antes de que los descubrieran; pero aunque corriera de prisa, el calor lo acompañaba, resguardado en algún recoveco de sus entrañas, amenazando a cada paso desesperado con volver a quemarlo.

Cuando McBride desconectó la alarma, Dooley tardó varios segundos en identificar el alboroto proveniente del piso superior. Eran los chillidos agudos de los monos, y procedían de una de las muchas habitaciones que daban al corredor de su derecha.

—¡Virgil! —gritó por el hueco de la escalera—. Sube.

Sin esperar a que su compañero llegase, Dooley se dirigió hacia la fuente del ruido. En mitad del corredor, el olor de la alfombra nueva dio paso a una combinación más punzante: orina, desinfectante y frutas podridas. Dooley aminoró la marcha; no le gustaba el olor, ni la histeria que presentía en el griterío de los monos. McBride tardaba en acudir a su llamada, y tras dudar un momento, la curiosidad de Dooley pudo más que su inquietud. Con la mano en la porra, se acercó a la puerta abierta y entró. Su aparición desencadenó en los animales otra ola de frenesí. Una docena de aquellas bestias eran monos Rhesus. Se lanzaban contra los barrotes de las jaulas, saltaban y gritaban como posesos, sacudiendo la tela metálica. Su excitación era contagiosa. Dooley sintió que el sudor comenzaba a brotarle de los poros.

—¿Hay alguien aquí? —gritó.

La única respuesta provino de los prisioneros: más histeria, más sacudidas de las jaulas. Los miró desde la puerta. Ellos le devolvieron la mirada, mostrándole los dientes, y Dooley no supo precisar si era en señal de bienvenida o como muestra de temor; pero no quiso poner a prueba sus intenciones. Se mantuvo bien alejado del banco en el que se encontraban alineadas las jaulas y comenzó un registro somero del laboratorio.

—Me gustaría saber que carajo es ese olor —comentó McBride al aparecer en la puerta.

—Procede de los animales —repuso Dooley.

—¿No se lavan nunca? Malditos asquerosos.

—¿Hay algo abajo?

—No —respondió Meflride, acercándose a las jaulas. Los simios reaccionaron al avance con más acrobacias—. Sólo la alarma.

—Aquí arriba tampoco hay nada —dijo Dooley.

E iba a agregar: «No hagas eso», para evitar que su compañero pusiera el dedo en la tela metálica, pero antes de que pudiera hacerlo, uno de los animales le aferró el dedo y lo mordió. McBride luchó con el simio para recuperar el dedo y, como venganza, golpeó la tela metálica. Chillando su ira, el ocupante danzó con su menudo cuerpecito un lunático fandango que amenazó con lanzar al suelo al simio y su jaula.

—Tendrás que ponerte la antitetánica —le advirtió Dooley.

—¡Joder! —exclamó McBride—, ¿qué carajo le pasa al muy cabrón?

—A lo mejor no le gustan los extraños.

—Están completamente chalados —dijo McBride, meditabundo; se chupó el dedo y luego escupió—. Míralos.

Dooley no dijo nada.

—Te he dicho que los mires... —repitio McBride.

—Ven aquí —dijo Dooley en voz muy baja.

—¿Qué pasa?

—Ven aquí.

McBride apartó la vista de la fila de jaulas y miró hacia las mesas de trabajo, donde Dooley observaba el suelo con una expresion de fascinado asco. McBride dejó de chuparse el dedo y avanzó por entre los bancos y taburetes hasta donde se encontraba su cómpañero.

—Ahí abajo —murmuró Dooley.

En el suelo, a los pies de Dooley, había un zapato beige de mujer; debajo del banco estaba la dueña del zapato. A juzgar por su postura trabada, había sido escondida allí por su asesino o se había arrastrado para morir en su escondite.

—¿Está muerta? —preguntó McBride.

—Mírala, por el amor de Dios —repuso Dooley—; la han abierto por el medio.

—Tenemos que comprobar los signos vitales —le recordó McBride.

Dooley no se movió para hacerlo, de modo que McBride se agachó frente a la víctima y le tomo el pulso a nivel del cuello destrozado. No latía. Sin embargo, su piel seguía caliente. Los restos de saliva que le cubrían la mejilla no se habían secado aún.

Dooley paso el parte mientras miraba a la víctima. Las heridas más graves ocupaban la parte superior del torso, y quedaban ocultas a la vista por el cuerpo de McBride. Lo único que llegaba a ver era una masa de cabello castañorrojizo y las piernas, con un pie descalzo asomando por el escondite. Pensó que eran unas piernas hermosas y que en otros tiempos hasta podría haberle silbado a su dueña.

—Es una doctora o una técnica —dijo MeBride—; lleva una bata de laboratorio.

Lo había sido. Le habían abierto la bata de un tirón, igual que las ropas que llevaba debajo, y luego, como para completar la exhibición, le habían hecho lo mismo a la piel y la carne de debajo. McBride le echó un vistazo al pecho; tenía el esternón partido y el corazón fuera de sitio, como si el asesino hubiera querido llevárselo de recuerdo y lo hubieran sorprendido en plena faena. La estudió sin remilgos; siempre se había enorgullecido de tener un estómago a prueba de balas.

—¿Has comprobado ya que está muerta?

—Nunca he visto a nadie tan muerto.

—Carnegie está en camino —dijo Dooley, dirigiéndose a uno de los fregaderos.

Sin importarle las huellas digitales, abrió el grifo y se remojó la cara con agua fría. Cuando levantó la vista de sus abluciones, McBride había concluido su tête—â—tête con el cadáver y se dirigía hacia un banco de maquinaria.

—Por el amor de Dios, ¿qué rayos hacen aquí? —inquirió—. Fíjate en todos estos trastos.

—Parece un centro de investigacion —repuso Dooley.

—¿Y qué es lo que investigan?

—¿Cómo carajo voy a saberlo? —le espetó Dooley. La incesante cháchara de los monos y la proximidad de la mujer muerta le daban ganas de huir de allí—. Dejémoslo correr, ¿quieres?

McBride pasó por alto la petición de Dooley; la maquinaria le fascinaba. Embelesado, observó el encefalógrafo y el electrocardiografo, las unidades impresoras, de las que aún salían metros de papel en blanco que arrastraban por el suelo, la pantalla de vídeo y las consolas. La escena le recordó a Marie Celeste. Aquella nave abandonada por la ciencia que seguía canturreando para sí una canción desafinada, mientras navegaba sin capitán ni tripulación que la atendiera.

Tras el muro de equipos había una ventana que no tendría más de un metro cuadrado. McBride supuso que daría al exterior del edificio, pero al observar con mayor detenimiento notó que no era así. Detrás de la maquinaria y de la ventana había una sala de pruebas.

—¿Dooley...? —dijo, echando un vistazo a su alrededor.

Se había marchado; seguramente a recibir a Carnegie. Feliz de que lo hubiesen dejado solo para explorar, McBride centró su atencion en la ventana. En el interior no había luz. Lleno de curiosidad, rodeó el equipo acumulado hasta que encontro la puerta de la cámara. Estaba entreabierta. Entró sin titubear.

Gran parte de la luz que se filtraba por la ventana quedaba oculta por los instrumentos que había al otro lado: el interior estaba a oscuras. Pasaron unos segundos antes de que sus ojos captaran una verdadera imagen del caos reinante en la sala: la mesa vuelta patas arriba; la silla reducida a astillas; la maraña de cables y de equipo destrozado —¿serían cámaras utilizadas para filmar los procedimientos realizados allí?—, racimos de luces igualmente destrozadas. Ni siquiera un vándalo profesional habría sido capaz de un destrozo tan perfecto.

En el aire había un olor que McBride reconoció pero que no logró determinar. Se quedó quieto, exasperado por el aroma. Del corredor externo le llegó el sonido de las sirenas; Carnegie no tardaría en llegar. De repente, el aroma le sugirió una serie de asociaciones. Era el mismo olor que le punzaba la nariz cuando, después de hacerle el amor a Jessica y, como era su costumbre, después de lavarse, volvía del lavabo al dormitono. Era el olor del sexo. Sonrió.

Su cara continuaba reflejando placer, cuando un objeto pesado hendió el aire y fue a golpearle la nariz. Sintió ceder el cartílago y manar la sangre. Medio mareado, retrocedió dos o tres pasos para evitar el segundo golpe, pero con las prisas perdió el equilibrio. Cayó pesadamente sobre un montón de vidrios; levantó la vista para ver a su atacante, que blandía una barra metálica y avanzaba hacia él. La cara de aquel hombre se parecía a la de los monos: los mismos dientes amarillos, los mismos ojos rabiosos.

—¡No! —gritó el hombre, al tiempo que dejaba caer el improvisado garrote sobre McBride, quien logró aguantar el golpe con el brazo y arrebatarle el arma.

El ataque lo habla cogido desprevenido, pero el dolor de la nariz rota le provocó una furia que redobló su respuesta, y fue mucho más agresivo que su atacante. Le arrancó el garrote como quien quita un dulce a un niño y, rugiendo, se incorporó. Olvidó instantáneamente los preceptos que alguna vez le enseñaran sobre las técnicas de arresto. Dejó caer una lluvia de golpes sobre la cabeza y los hombros del atacante, obligándole a refugiarse en el interior de la sala. El hombre se acobardó ante el asalto y al cabo de unos minutos se acurrucó sollozando contra la pared. Cuando su antagonista se encontraba ya al borde de la inconsciencia, el furor de McBride se apaciguó. Permaneció de pie en el centro de la sala, respirando entrecortadamente, y observó al hombre apaleado deslizarse por la pared y caer al suelo. Había cometido un craso error. Se dio cuenta de que su atacante vestía una bata blanca y, como le gustaba decir a Dooley, estaba del lado de los ángeles.

—Mierda —dijo McBride—, mierda, mierda y mierda.

El hombre abrió los ojos y miró a McBride. Apenas le quedaba conciencia, pero una mirada de reconocimiento le cruzó la cara sombría y morena. O más bien de falta de reconocimiento.

—No es él —murmuró.

—¿Quién? —preguntó McBride, al notar que quizá estaba a tiempo de salvar su reputación de aquel fallo si lograba sacarle alguna información al testigo—. ¿Quién creyó que era?

El hombre abrió la boca, pero no dijo nada. Ansioso por oír su testimonio, McBride se agachó a su lado y le preguntó:

—¿A quién creyó que atacaba?

La boca volvio a abrirse, pero de ella no salió ningún sonido audible. McBride insistió:

—Es importante, dígame quién era.

El hombre se esforzo por responder. McBride acerco el oído a la boca temblorosa.

—Nunca —repuso el hombre. y se desmayó.

McBride se quedó allí maldiciendo a su padre, que le había legado un temperamento que probablemente viviría para lamentar. Pero al fin y al cabo, ¿para qué se vivía?

El inspector Carnegie estaba acostumbrado a aburrirse. Por cada momento de genuino descubrimiento que le había proporcionado su vida profesional, había tenido que soportar hora tras hora de espera. Esperar a que fotografiaran y examinaran los cadáveres, esperar hasta concluir un trato con los abogados e intimidar a los sospechosos. Hacía tiempo que había abandonado la lucha contra esa marea de tedio, y a su manera, había aprendido el arte de nadar con la corriente. No se podía acelerar los procesos de la investigación; había llegado a comprender que un hombre sensato dejaba que los patólogos, los abogados y todas sus tribus concluyeran sus lentos procedimientos. En la plenitud del tiempo, lo que importaba era que al scñalar con el dedo al culpable, éste se echara a temblar.

El reloj del laboratorio marcaba las doce cincuenta y tres de la noche; los simios ya se habían tranquilizado en sus jaulas, y Carnegie se sentó en uno de los bancos y esperó a que Hendrix acabara de hacer sus cálculos. El médico leyó el termómetro, luego se quitó los guantes como si fueran una segunda piel y los tiró sobre la sábana én la que yacía el cadáver.

—Siempre resulta difícil establecer la hora del fallecimiento —dijo—. Ha perdido menos de tres grados. Yo diría que lleva muerta menos de dos horas.

—Los funcionarios llegaron a las doce y cuarto —le informó Carnegie—, de modo que tal vez murió media hora antes.

—Más o menos.

—¿La pusieron allí? —preguntó, indicando el sitio debajo del banco.

—Claro. No había forma de que se ocultara ella misma, y menos con esas heridas. Son imponentes, ¿verdad?

Carnegie se quedó mirando fijamente a Hendrix. Probablemente habría visto cientos de cadáveres en todo tipo de estados. pero el entusiasmo reflejado en sus facciones crispadas era incalificable. Para Carnegie era un misterio más fascinante que el de la mujer muerta y su asesino. ¿Como era posible que alguien disfrutara tomándole la temperatura rectal a un cadáver? Era algo que lo dejaba perplejo. Pero el placer estaba allí, brillando en los ojos de aquel hombre.

—¿Y el móvil? —preguntó Carnegie.

—Es bastante explícito, ¿no le parece? Violación. Ha habido claros vejámenes, contusiones alrededor de la vagina y abundantes depositos de semen. Son muchos elementos con los que trabajar.

—¿Y las heridas del torso?

—Son irregulares, más que cortes parecen zarpazos.

—¿Y el arma?

—No lo sé. —Hendrix hizo una U invertida con la boca—. Han lacerado la carne. Si no fuera por la evidencia de violación, me inclinaría a sugerir que fue un animal.

—¿Quiere decir un perro?

—Pensaba más bien en un tigre.

—¿Un tigre? —repitió Carnegie, frunciendo el ceño.

—Era una broma —acotó Hendrix—. Vamos, Carnegie, ¿es que no tiene usted sentido de la ironía?

—No tiene nada de gracioso.

—Yo no me estoy riendo —repuso Hendrix con mirada agria.

—¿Y el hombre que encontró McBride en la cámara de pruebas?

—¿Qué pasa con él?

—¿Podría ser un sospechoso?

—Ni aunque pasaran mil años. Buscamos a un maniaco, Carnegie. Un tipo grande, fuerte, enloquecido.

—¿Las heridas fueron hechas antes o después?

—Yo qué sé —repuso Hendrix, ceñudo—. El análisis postmortem nos dará más detalles. De momento puedo decir que nuestro asesino tuvo un ataque de locura. Diría que las heridas y la violación fueron probablemente simultáneas.

Los rasgos normalmente flemáticos de Carnegie registraron algo cercano a la sorpresa.

—¿Simultáneas?

—La lujuria es algo cómico —repuso Hendrix, encogiéndose de hombros.

—Hilarante —fue la asombrada respuesta de Carnegie.

Como tenía por costumbre, Carnegie hizo que su chófer lo dejase a medio kilómetro de su casa para poder caminar y aclararse las ideas antes de llegar, tomarse el chocolate caliente y dormir. Observaba este ritual religiosamente, incluso cuando estaba molido. Se daba un paseo para desacelerarse antes de trasponer el umbral de su casa; una larga experiencia le había enseñado que llevar las preocupaciones profesionales a casa no ayudaba ni a la investigación ni a su vida doméstica. Había aprendido la lección demasiado tarde como para impedir que su mujer lo abandonara y sus hijos se alejaran de él, pero continuaba aplicando aquel principio.

Esa noche caminó lentamente, para permitir que las perturbadoras escenas de horas antes se difuminaran un poco. En su deambular, pasó delante de un pequeño cine que, segun había leído en la prensa local, iba a ser demolido. No le sorprendía. Aunque no era un cinéfilo, había podido notar que el programa que se ofrecía en aquella bolsa de pulgas había degenerado en los últimos años. El de esa semana era un claro ejemplo: dos películas de terror. Eran obras sucias, de poca calidad, a juzgar por los carteles de dibujos crudos y su desvergonzada hipérbole. ¡No podrá volver a dormir!, decía una de las frases anzuelo; debajo de ella había una mujer —muy despierta— acurrucada a la sombra de un hombre de dos cabezas. Qué imágenes tan triviales conjuraban los populistas para asustar un poco a sus audiencias. Los muertos en vida, la naturaleza desbordada y enloquecida en un mundo de miniaturas; chupadores de sangre, presagios, seres que caminaban por el fuego, tormentas, y todas las tonterías ante las que el respetable se asustaba. Todo era tan risueñamente trillado... Entre aquel catálogo de horrores baratos no había siquiera uno que igualara la banalidad del apetito humano, horror que, junto con sus consecuencias, veía cada semana de su vida laboral. Al pensar en ello, por su imaginación fueron pasando decenas de fotos: los muertos vistos a la luz de una linterna, boca abajo y relegados al olvido; y los vivos también, que en su imaginación aparecían con hambre en los ojos, hambre de sexo, de narcóticos, de dolor ajeno. ¿Por qué no ponían eso en los carteles?

Cuando se acercaba a su casa, un niño gritó en las sombras, junto al garaje; el grito lo detuvo en seco. Se repitió, pero esta vez lo reconoció. No era un niño, sino un gato, o varios gatos, que intercambiaban sus llamadas amorosas en el callejón oscuro. Se acercó y los ahuyentó. Sus secreciones venéreas dejaron un mal olor en el callejón. No tuvo necesidad de gritar: golpeó el suelo con el pie, y eso bastó para asustarlos. Se lanzaron en todas direcciones. No eran sólo dos, sino media docena; al parecer, se trataba de una orgía con todas las de la ley. Sin embargo, había llegado demasiado tarde; el hedor de sus seducciones era arrebatador.

Carnegie observó con la mirada en blanco el complicado despliegue de monitores y grabadores de vídeo que dominaba su despacho.

—¿Qué diablos es todo esto? —preguntó.

—Las cintas de vídeo —repuso Boyle, el número dos—. Son del laboratorio. Creo que debería echarles un vistazo.

Aunque hacía siete meses que trabajaban en equipo, Boyle no era uno de los funcionarios favoritos de Carnegie; se le olía la ambición en la piel tersa. En una persona que tuviera la mitad de sus años, semejante codicia habría sido reprochable, pero en un hombre de treinta, rayaba en lo obsceno. Esa exhibición —el equipo listo para recibir a Carnegie cuando llegara a las ocho de la mañana— era justo el estilo de Boyle: redundante y ostentoso.

—¿A qué viene tanta pantalla? —inquirió Carnegie en tono acre—. ¿También voy a oírlo en estéreo?

—Es que había tres cámaras filmando al mismo tiempo. Cubrían el experimento desde varios ángulos.

—¿Qué experimento?

Boyle hizo un ademán para indicarle a su superior que tomara asiento. «Obsequioso hasta el final —pensó Carnegie—. Para lo que te va a servir...»

—Adelante —le dijo Boyle al técnico que manejaba los grabadores—. Páselo.

Carnegie bebió a pequeños sorbos el chocolate caliente que había traído consigo. Era una debilidad rayana en la adicción. Cuando la máquina que lo suministraba se averió, llegó a ser un hombre muy, pero muy infeliz. Miró las tres pantallas. De repente, aparcció un título. Proyecto Niño Ciego, decía. Confidencial.

—¿Niño Ciego? repitió Carnegie—. ¿Qué o quién es?

—Está claro que se trata de algún código —repuso Boyle.

—Niño Ciego. Niño Ciego —repitió Carnegie como para dominarlo.

Pero antes de que lograse resolver el problema, en las tres pantallas surgieron las imágenes. Presentaban al mismo sujeto —un hombre de gafas, de menos de treinta años, sentado en una silla—, pero cada una lo mostraba desde un ángulo diferente. En una aparecía el sujeto de cuerpo entero y de perfil; en la segunda, la imagen mostraba tres cuartos del cuerpo, y estaba tomada desde un angulo superior. y la tercera. un primer plano de la cabeza y los hombros del sujeto, tomado a traves del cristal de la cámara de pruebas y de frente. Las tres imágenes eran en blanco y negro, y ninguna estaba centrada ni enfocada del todo. Mientras las cintas comenzaban a pasar, alguien siguió ajustando esos detalles técnicos. Se oyó un fondo de conversacion informal entre el sujeto y la mujer –a pesar de sus breves apariciones, se veía que era la víctima—, mientras ésta le aplicaba unos electrodos en la frente. Resultaba difícil entender lo que hablaban; la acústica de la cámara dejó con las ganas al micrófono y al espectador.

—La mujer es la doctora Dance —indicó Boyle—. La víctima.

—Ya —dijo Carnegie, observando atentamente las pantallas—. La he reconocido. ¿Cuánto dura esta preparación?

—Bastante, y en su mayor parte es poco constructiva.

—Pasemos a la parte constructiva, pues.

—Avance —dijo Boyle. El técnico obedeció, y los actores de las tres pantallas se convirtieron en comediantes gritones—. ¡Pare! —Ordenó Boyle—. Retroceda un poco. —El técnico hizo lo que le mandaban—. ¡Ahí! —ordenó Boyle—, pare ahí. Y ahora póngalo a velocidad normal. —La acción volvió a su ritmo natural—. Aquí es donde comienza todo.

Carnegie se había terminado el chocolate caliente; con el dedo, recogió la película suave depositada en el fondo de la taza y se lo lamió. En las pantallas, la doctora Dance se había acercado al sujeto con una jeringa en la mano; le pasó un algodón por el antebrazo y le inyectó. No era la primera vez desde que visitara los Laboratorios Hume que Carnegie se preguntaba qué hacían exactamente en ese establecimiento. ¿Era ese tipo de procedimiento de rigor en la investigación farmacéutica? El secreto del experimento —a altas horas de la noche en un edificio desierto— sugería que no. Estaba además el imperativo del tílulo: Confidencial. Lo que veían en aquel momento no había sido concebido para ser proyectado en público.

—¿Se encuentra cómodo? —preguntó un hombre que no aparecía en pantalla.

El sujeto asintió. Le habían quitado las gafas, y sin ellas parecía un tanto absorto. Una cara corriente, penso Carnegie; el sujeto —aún no nombrado— no era ni un Adonis ni un Quasimodo. Se contrajo ligeramente y el sucio cabello rubio le tocó los hombros.

—Me encuentro bien, doctor Welles —repuso al interrogador que no aparecía en pantalla.

—¿No siente calor? ¿No suda?

—No —repuso el conejillo de Indias, como disculpándose—. Siento lo corriente.

«Justo lo que tú eres». pensó Carnegie. Dirigiéndose a Boyle, preguntó:

—¿Ha visto las grabaciones hasta el final?

—No, no las he visto. Creí que querría verlas usted primero. Solo las pasé hasta la inyección.

—¿Hay novedades del hospital sobre el doctor Welles?

—En el último parte decían que continuaba en coma.

Carnegie gruñó y volvió a concentrarse en las pantallas. Después de la actividad provocada por la inyección, la película volvía ahora a carecer de acción: las tres cámaras estaban fijas en el sujeto miope, con sus ojos como abalorios: ocasionalmente, el tedio se veía interrumpido por el doctor Welles, que preguntaba al sujeto como se sentía. La respuesta era la misma. Al cabo de tres o cuatro minutos de inacción, hasta el mas mínimo parpadeo del sujeto comenzó a adquirir un significado dramático.

—El argumento no es muy bueno —comentó el técnico.

Carnegie se echo a reír; Boyle se mostró incómodo. Pasaron dos o tres minutos más sin cambios.

—No parece muy esperanzador —dijo Carnegie—. ¿Quiere pasarla a más velocidad?

El técnico se disponía a obedecer, cuando Boyle dijo:

—¡Espere!

Carnegie miró en su dirección, irritado por su intervención. y luego volvió a concentrarse en las pantallas. Algo ocurría: una sutil transformación se había iniciado en las insípidas facciones del sujeto. Había empezado a sonreír tontamente, y se hundía en la silla como si sumergiera el cuerpo delgado en un baño caliente. Sus ojos, que hasta ese momento habían expresado poco más que una indiferencia afable, comenzaron a cerrarse, y una vez cerrados, a abrirse de nuevo. Al hacerlo, se reflejaba en ellos una condición antes inexistente: un hambre que parecía salirse de la pantalla e inundar el despacho del inspector.

Carnegie dejó la taza de chocolate y se acercó a las pantallas. Al hacerlo el sujeto también se levantó de la silla y caminó hasta el cristal de la sala, con lo que dos de las camaras dejaron de filmarlo. La tercera, sin embargo, continuó captando su imagen cuando apretó la cara contra la ventana, y por un momento, los dos hombres se enfrentaron a través de las capas de cristal y tiempo, como si sus miradas se encontraran.

La mirada reflejada en aquella cara era crítica: el hambre superaba rápidamente el control de la cordura. Con los ojos ardientes, apoyó los labios contra la ventana de la sala y la besó con la lengua.

—¿Qué diablos está pasando? —preguntó Carnegie.

En la banda de sonido comenzaron a aparecer diversas voces: el doctor Welles le pedía en vano al sujeto que expresara sus sensaciones, mientras Dance iba recitando en voz alta las cifras de los diversos instrumentos de control. Resultaba difícil oír con claridad —el alboroto se vio aumentado por una erupción de chácharas de los simios enjaulados—, pero era evidente por la lectura que los valores procedentes del cuerpo del hombre subían. Tenía la cara enrojecida; la piel le brilló con un repentino sudor. Parecía un mártir a cuyos pies acabaran de encender la hoguera, enloquecido por un éxtasis fatal. Dejó de besar la ventana con la lengua y se arrancó los electrodos de las sienes y los sensores de los brazos y el pecho. Con voz alarmada, Dance le ordenó que se detuviera. Luego salió del campo de enfoque de la cámara y, según supuso Carnegie, entró en la sala de pruebas.

—Será mejor que no lo haga —dijo el policía, como si aquel drama siguiera sus órdenes y, al menor deseo, pudiera evitar la tragedia.

Obviamente, la mujer no hizo caso. Poco después aparecía de cuerpo entero, cuando entraba en la cámara. El hombre se adelantó para recibirla, derribando el equipo mientras lo hacía. La mujer gritó, tal vez su nombre. Si fue así, resultó inaudible, tal era el alboroto que montaron los monos.

—Mierda —dijo Carnegie, al tiempo que el sujeto agitaba los brazos ante la cámara que captaba el perfil y luego ante la otra que captaba tres cuartos del cuerpo.

Dos de los tres monitores quedaron sin imagen. Sólo siguió funcionando la cámara que estaba segura en el exterior de la sala, pero como filmaba muy de cerca sólo permitía ver ocasionalmente algún que otro movimiento de los cuerpos. El sobrio ojo de la cámara continuó mirando irónicamente la saliva embadurnada en el cristal de la ventana de la sala, ciega a las atrocidades que se cometían a escasos metros de su objetivo.

—¿Qué cuernos le dieron? —preguntó Carnegie cuando, fuera de cámara, los gritos de la mujer lograron superar los chillidos de los monos.

Jerome se despertó a primeras horas de la tarde; se sentía magullado y tenía hambre. Cuando apartó la sábana de su cuerpo se asombró al comprobar su estado: tenía el torso cubierto de arañazos y la zona de las ingles en carne viva. Dando un respingo, se acerco al borde de la cama y permaneció un rato sentado, intentando recomponer los acontecimientos de la noche anterior. Recordaba haber ido a los Laboratorios Hume, pero después de eso, muy poco más. Hacía meses que trabajaba como conejillo de Indias, vendiendo su sangre, su comodidad y su paciencia para complementar sus escasos ingresos como traductor. Aquel arreglo había comenzado gracias a un amigo que realizaba un trabajo similar, pero mientras Figley formaba parte del programa principal de los Laboratorios, al cabo de una semana los doctores Welles y Dance le habían propuesto a Jerome que trabajara exclusivamente para ellos, previa realización de una batería de pruebas psicológicas. Desde el comienzo había quedado claro que su proyecto (jamas le habían dicho la finalidad del mismo) era secreto, y que le exigían total dedicacion y discrecion. Le hacía falta el dinero, y la recompensa ofrecida era ligeramente mejor de lo que pagaban los Laboratorios, de modo que había aceptado, a pesar de que lo obligasen a trabajar durante horas solitarias. Hacía varias semanas que le habían pedido que acudiera al centro de investigación por las noches, y trabajaba hasta altas horas de la madrugada, soportando las interminables preguntas de Welles acerca de su vida privada, y la mirada helada de Dance.

Al pensar en aquella mirada helada, sintió un temblor. ¿Sería porque en cierta ocasión había abrigado la tonta idea de que lo contemplaba con más cariño del debido en una doctora? Aquel engaño era lamentable, se dijo en tono burlón. No era de los que hacían soñar a las mujeres, y cada día que salía a la calle se afirmaba más esta convicción. En su vida adulta no recordaba una sola ocasión en que una mujer se hubiera fijado en él sin apartar la vista, ni una sola vez en que le devolvieran una de sus miradas apreciativas. No estaba seguro de por qué se preocupaba por eso ahora; su vida sin amor era ya un tópico, y lo sabía. Por otra parte, la naturaleza había sido amable; sabedora de que le había sido negado el don de la atracción, había considerado oportuno disminuirle la libido. Pasaban semanas sin que sus pensamientos conscientes se vistieran de luto por la forzada castidad.

De vez en cuando, cuando oía rugir las tuberías, se preguntaba qué aspecto tendría la señora Morrisey, la casera, cuando se bañaba; incluso imaginaba la firmeza de sus pechos enjabonados, o la oscura raja de su trasero cuando se agachaba para ponerse talco entre los dedos de los pies. Pero, dichosamente, esos tormentos eran infrecuentes. Y cuando la copa estaba a punto de rebosar, se metía en el bolsillo el dinero ahorrado con las sesiones de los Laboratorios y pagaba una hora de compañía a una mujer llamada Angela (nunca había sabido su apellido), que vivía en la calle Greek.

Pensó que pasarían varias semanas antes de que volviera a hacerlo; fuera lo que fuese lo que se había hecho la noche anterior, o mejor dicho, lo que le habían hecho, las magulladuras, por sí solas, habían estado a punto de dejarlo baldado. La única explicación creíble —aunque no recordaba ningún detalle— era que le habían dado una paliza al regresar de los Laboratorios; eso o que se había metido en un bar y alguien le había provocado. Ya le había sucedido alguna que otra vez. Tenía una cara que despertaba al provocador que los borrachos llevaban dentro.

Se puso de pie y, tambaleante, se dirigió al pequeño cuarto de baño, ubicado junto a su habitación. Las gafas no estaban en el sitio acostumbrado, junto al espejo, y su reflejo apareció lamentablemente borroso; sin embargo, resultó claro que tenía la cara tan arañada como el resto de su anatomía. Y algo más: por encima de la oreja izquierda le habían arrancado un mechón de pelo, y por el cuello le bajaba un hilo de sangre coagulada. Con mucho dolor, se dedicó a limpiarse las heridas y a bañarlas con una punzante solución antiséptica. Concluida la tarea, regresó a la sala dormitorio a buscar las gafas. Por más que buscó y buscó, no logró encontrarlas. Maldiciendo su idiotez, rastreó entre sus pertenencias y desenterró las gafas viejas. La graduación ya no le iba bien porque su vista había empeorado mucho desde que las llevara por última vez, pero al menos logró que todo lo que le rodeaba estuviera más enfocado.

Le había asaltado una indudable melancolía, mezcla del dolor y de los indeseados pensamientos sobre la señora Morrisey. Para mantener a raya sus sentimientos íntimos, puso la radio. Surgio una voz suave cargada de los paliativos de costumbre. Jerome siempre había despreciado la música popular y a sus apólogos, pero en ese momento, mientras vagaba por su habitación, desnudo porque no quería ponerse la ropa para que no le provocara más dolores, las canciones comenzaron a inspirarle algo muy distinto de la sorna. Era como si oyera la letra y la música por primera vez, como si toda su vida hubiera sido sordo a esos sentimientos. Embelesado, se olvidó de su dolor y se puso a escuchar. Las canciones hablaban de la misma y obsesiva historia: del amor perdido y encontrado, para volver a perderlo otra vez. Las letras llenaron las ondas de metáforas, en su mayoría ridículas, pero no por ello menos potentes. Hablaban de paraísos, de corazones ardientes, de pájaros, de campañas, de viajes, de puestas de sol, de la pasión como locura, como vuelo, como tesoro inimaginado. Las canciones y sus fatuos sentimientos no lo calmaron; lo torturaron al evocar, a pesar de la débil rima y la melodía trillada, un mundo encantado por el deseo. Se puso a temblar. Sus ojos, fatigados (o al menos así reflexionó él) por las gafas viejas, comenzaron a engañarlo. Era como si viera rastros de luz en su piel: de la punta de los dedos le brotaban chispas.

Se miró las manos y los brazos; la ilusión, lejos de desaparecer bajo aquel escrutinio, no hizo más que aumentar. Unos puntos luminosos, como las llamas de fuego en las cenizas, comenzaron a subirle por las venas, multiplicándose bajo su mirada. Por curioso que pareciera, no sentía ninguna molestia. Aquel fuego creciente no hacía sino reflejar la pasión de que le hablaban las canciones: el amor, decían, estaba en el aire, a la vuelta de cada esquina, esperando. Volvió a pensar en la viuda Morrisey del apartamento de abajo, dedicada a sus tareas, suspirando, sin duda, igual que suspiraba él, esperando a su héroe. Cuanto más pensaba en ella, más se inflamaban sus animos. No lo rechazaría, las canciones lo convencieron de ello; y si lo hacía, debería insistir hasta que se le rindiera (tal como volvían a prometer las canciones). De repente, al pensar en la rendición de la señora Morrisey, lo envolvió el fuego. Dejo la radio puesta y bajó la escalera riendo.

Habían tardado parte de la mañana en reunir una lista de las personas utilizadas por los Laboratorios en las pruebas. Carnegie notó la renuencia de la empresa a abrir sus archivos a la investigación, a pesar de los horrores perpetrados en su edificio. Finalmente, poco despues de mediodía, completaron rápidamente una lista con los nombres y las direcciones de los sujetos: cincuenta y cuatro en total. Ninguno de ellos, le informaron los empleados de la oficina, coincidía con la descripción del sujeto de Welles. Le explicaron que estaba claro que los doctores habían utilizado las instalaciones para trabajar en proyectos privados. Aunque la política de la empresa no estimulaba estas actitudes, ambos profesionales eran investigadores avezados y por eso les dejaban cierta libertad de acción. Por lo tanto, era probable que el hombre que Carnegie buscaba no hubiera figurado nunca en la nómina de los Laboratorios. Impertérrito, Carnegie ordenó que hicieran una serie de fotos a partir del vídeo y las hizo distribuir —con la lista de nombres y direcciones— entre sus oficiales. A partir de ese momento todo era cuestión de trabajo de a pie y paciencia.

Leo Boyle pasó el dedo por la lista de nombres que le habían dado.

—Catorce más —dijo. Su chófer gruñó y Boyle le echó un vistazo—. Tú eras compañero de McBride, ¿no es cierto?

—Así es —repuso Dooley—. Lo han suspendido.

—¿Por qué?

—Por falta de delicadeza —repuso Dooley, frunciendo el ceño—. Virgil no logra captar la técnica de arresto.

Dooley paró el coche.

—¿Es aquí? —preguntó Boyle.

—Dijiste número ochenta. Aquí es el ochenta. Míralo: ocho cero.

—Tengo ojos.

Boyle bajó del coche y subió por el sendero. La casa era espaciosa y había sido dividida en apartamentos; había varios timbres. Pulso el de J. Tredgold —el nombre que figuraba en la lista— y esperó. De las cinco casas que había visitado hasta ese momento, dos estaban ocupadas, y los residentes de las tres restantes no se parecían en nada al sospechoso.

Boyle esperó unos segundos en la entrada y luego volvió a llamar, esta vez con un timbrazo más prolongado.

—No hay nadie —le dijo Dooley desde la acera.

—Eso parece.

Al decir esto, Boyle vio por el rabillo del ojo una figura que cruzaba el vestíbulo; su silueta quedo distorsionada por el cristal translúcido de la puerta.

—Espera un momento —dijo.

—¿Qué ocurre?

—Hay alguien ahí dentro y no quiere contestar.

Volvió a pulsar el primer timbre y luego los restantes. Dooley se acercó, espantando una avispa demaiado afectuoa.

—¿Estás seguro? —preguntó.

—He visto a alguien ahí dentro.

—Llama a los otros timbres —sugirió Dooley.

—Ya lo he hecho. Ahí dentro hay alguien y no quiere abrir. –Golpeó en el cristal—. Abran, policía —anunció.

«Qué listo —pensó Dooley—; ¿por qué no grita más fuerte, así se enteran tambien en el paraíso?» Cuando la puerta, como era previsible, continuó cerrada, Boyle se volvió hacia Dooley y le preguntó:

—¿Hay algún portón lateral?

—Sí.

—Entonces entra por ahí. Date prisa, antes de que se escape.

—¿No deberíamos pedir...?

—¡Obedece! Me quedaré aquí vigilando. Si puedes entrar por detrás, ven a abrir la puerta.

Dooley se marchó y dejó a Boyle solo en la puerta principal. Volvió a dar una serie de timbrazos y haciéndose sombra con las manos en la frente, aplicó la cara al cristal. En el vestíbulo no había señales de movimiento. ¿Era posible que el pájaro hubiera volado? Retrocedió por el sendero y observó las ventanas: éstas le devolvieron una mirada vacía. Había pasado el tiempo suficiente como para que Dooley llegara a la parte trasera de la casa, pero todavía no había llamado ni había vuelto a aparecer. Inmovilizado donde estaba, y nervioso porque su táctica le hubiera hecho perder la presa, Boyle decidió dirigirse a la parte trasera de la casa.

Dooley había dejado abierto el portón lateral. Boyle avanzó por el corredor; miró a través de una ventana y vio una sala vacía antes de proseguir hacia la puerta trasera. Estaba abierta. Sin embargo, no había señales de Dooley. Boyle se metió en el bolsillo la foto y la lista y entró; no quiso llamar a Dooley por temor a que su grito alertara al malhechor, y el silencio lo puso aún más nervioso. Cauteloso como un gato caminando sobre cristales rotos, atravesó el apartamento, pero todas las habitaciones estaban vacías. Ante la puerta del apartamento que daba al vestíbulo en el que había visto la silueta por primera vez, se detuvo. ¿Dónde se habría metido Dooley? Al parecer había desaparecido.

Entonces oyó un gruñido detras de la puerta.

—¿Dooley? —inquirió.

Otro gruñido. Entró en el vestíbulo. Vio tres puertas más. todas cerradas; posiblemente serían otros apartamentos, o salas dormitorio. Sobre el felpudo de fibra de coco, ubicado ante la puerta principal, estaba la porra de Dooley, abandonada como si su dueño hubiera emprendido la huida. Boyle se tragó sus miedos y se internó en el corredor. Volvió a oír la queja, más cerca esta vez. Miró a su alrededor y echó un vistazo a la escalera. Allí. en el descansillo, yacía Dooley. Estaba semiinconsciente. Habían intentado quitarle las ropas de un modo brutal; grandes porciones de su fofa anatomía inferior estaban al descubierto.

—¿Qué ocurre, Dooley? —inquirió Boyle, acercándose al pie de la escalera.

El oficial oyó su voz y se dio la vuelta rodando. Sus ojos nublados se abrieron aterrados al ver a Boyle.

—Tranquilo, hombre, soy yo —le dijo éste.

Boyle se dio cuenta demasiado tarde de que Dooley no lo miraba a él, sino a algo que había a sus espaldas. Cuando giró sobre sus talones para ver qué asustaba a Dooley, una silueta lo atropelló como un ariete. Maldiciendo y sin aliento, Boyle cayó al suelo. Se arrastró durante unos segundos antes de que su atacante lo agarrara por la chaqueta y el pelo y lo obligara a ponerse de pie. Reconoció de inmediato la cara salvaje pegada contra la suya —la línea del pelo en retirada, la boca débil, el hambre—, pero había muchas cosas que no había esperado. El hombre estaba desnudo como un crío al llegar al mundo, aunque no tan modestamente dotado. Además, tenía una erección notoria. Si el ojito brillante que llevaba en la entrepierna apuntando hacia Boyle no constituía prueba suficiente, cuando le arrancó las ropas con las manos, las intenciones del asaltante quedaron perfectamente claras.

—¡Dooley! —aulló Boyle al ser lanzado hacia el vestíbulo—. ¡En nombre de Dios! ¡Dooley!

Sus súplicas fueron acalladas cuando golpeó contra la pared opuesta. El hombre enloquecido se lanzó sobre él en un abrir y cerrar de ojos y le aplastó la cara contra el papel pintado; pájaros y flores entrelazados le llenaron los ojos. Desesperado, Boyle luchó, pero la pasión de aquel hombre le daba una fuerza ingobernable. Una mano insolente sujetaba la cabeza del policía, mientras la otra le arrancaba los pantalones y la ropa interior, dejando sus nalgas al aire.

—Dios... —suplicó Boyle al papel pintado de la pared—. Por favor, Dios mío, que alguien me ayude...

Pero las plegarias resultaron tan infructuosas como sus esfuerzos. Estaba clavado contra la pared como una mariposa extendida sobre un corcho, a punto de ser traspasado. Cerró los ojos; tenía las mejillas bañadas de lágrimas de frustración. El asaltante le soltó la cabeza y consumó la violación. Boyle se negó a gritar. El dolor que sintió no se equiparaba a la humillación. Quizá era mejor que Dooley estuviera en coma, así la humillación acabaría sin testigos.

—Basta —murmuró hacia la pared, dirigiéndose a su cuerpo y no a su atacante, para urgirlo a que no sintiera placer con aquel ultraje.

Pero sus terminaciones nerviosas fueron traicioneras y se contagiaron del incendiario ataque. Bajo la agonía punzante, una parte imperdonable de él se puso a la altura de las circunstancias.

En la escalera, Dooley se incorporó con dificultad. La region lumbar, debilitada desde un accidente automovilístico ocurrido las Navidades anteriores, había cedido en cuanto el salvaje lo lanzó contra la pared. El más mínimo movimiento le producía una agonía atroz. Baldado por el dolor, se tambaleó basta el pie de la escalera y miró, asombrado, hacia el vestíbulo. ¿Acaso era Boyle, el arrogante, el ascendente, al que estaban violando como a un muchacho necesitado de dinero para droga? La escena paralizó a Dooley durante varios segundos; luego apartó los ojos y los dirigió a la porra que yacía sobre el felpudo. Se movió cautelosamente, pero el salvaje estaba demasiado ocupado con la desfloración como para notarlo.

Jerome estaba escuchando el corazón de Boyle. Su latido era fuerte y seductor, y a cada arremetida suya parecía aumentar su volumen. Lo quería para él, quería su calor, su vida. Puso la mano sobre el pecho de Boyle y empezó a hundirla en la carne.

—Dame tu corazón —le dijo.

Era como las letras de las canciones.

Boyle gritó con la cara aplastada contra la pared cuando su atacante le hundió la mano en el pecho. Habia visto fotos de la mujer de los Laboratorios; en su imaginación, la herida abierta de aquel torso le resultó clara como el rayo. El maniaco pretendía repetir aquella atrocidad. Dame tu corazón. Aterrado, al borde de la locura, encontró nuevas fuerzas y reanudó la lucha, clavando las uñas en el torso de su atacante: nada; ni siquiera la sangrienta pérdida del pelo interrumpió el ritmo de sus arremetidas. Como último recurso, Boyle intentó meter una mano entre su cuerpo y la pared para llegar a la entrepierna del muy hijo de puta y arrancarle los testículos. Cuando se disponía a hacerlo, Dooley atacó, descargando una lluvia de golpes de porra sobre la cabeza del salvaje. Aquella distracción le dio a Boyle amplitud de movimientos. Se apretó con fuerza contra la pared; las manos del asaltante, resbaladizas por la sangre que manaba del pecho de Boyle, soltaron a su presa. Boyle volvió a empujar. Esta vez logró quitarse de encima al atacante. Los cuerpos se separaron. Boyle se volvió, sangrando pero a salvo, y vio a Dooley perseguir al hombre por el vestíbulo, dándole golpes en la grasienta cabeza rubia. El enloquecido no intentó protegerse; sus ojos ardientes (Boyle jamás había comprendido hasta ese momento la precisión física de la imagen) seguían prendidos del objeto de sus afectos.

—¡Mátalo! —exclamó Boyle por lo bajo, mientras el hombre sonreía, ¡sonreía!, a pesar de los golpes—. ¡Destrózale hasta el último hueso!

Aunque Dooley, maltrecho como se encontraba, hubiera estado en condiciones de obedecer aquella orden, no tuvo ocasión de hacerlo. Una voz proveniente del corredor interrumpió la paliza. Del apartamento por el que había entrado Boyle salió una mujer. A juzgar por su estado, también había sido víctima de aquel saqueador; pero estaba claro que al entrar Dooley en la casa había distraído al atacante antes de que le ocasionara un serio daño.

—¡Arréstenlo! —gritó, señalando al hombre sonriente—. ¡Ha intentado violarme!

Dooley se acercó para tomar posesión del prisionero, pero Jerome tenía otras intenciones. Le puso la mano en la cara y lo empujó contra la puerta principal. El felpudo de fibra de coco se deslizó debajo de sus pies y Dooley estuvo a punto de caer. Cuando recuperó el equilibrio, Jerome se había levantado y había huido. Boyle intentó detenerlo, pero el pantalón hecho jirones se le enredó en las piernas, y Jerome no tardó en plantarse rápidamente en mitad de la escalera.

—Pide ayuda —le ordenó Boyle a Dooley—. Date prisa.

Dooley asintió y abrió la puerta principal.

—¿Hay forma de salir por la parte de arriba? —preguntó Boyle a la señora Morrisey. Ella negó con la cabeza—. Entonces tenemos atrapado a ese bastardo, ¿no es así? —dijo—. ¡Vamos, Dooley, muévete! —Dooley bajo cojeando por el sendero—. Y usted —agregó Boyle, dirigiéndose a la mujer—, busque algo que sirva de arma. Cualquier cosa sólida.

La mujer asintió y volvió sobre sus pasos, dejando a Boyle acurrucado junto a la puerta abierta. Una suave brisa le enfrió el sudor que le bañaba la cara. Afuera, en el coche, Dooley pidió refuerzos.

Boyle pensó que los coches no tardarían en llegar y que se llevarían al hombre a rastras, a prestar declaración. No tendría ocasión de vengarse cuando estuviera bajo custodia; la ley seguiría su plácido curso y él, la víctima, no sería más que un espectador. Si quería salvar las ruinas de su virilidad, aquélla era la ocasion. Si no lo hacía, si languidecía allí, con las tripas ardiendo, jamás se desharía del horror provocado por la traición de su cuerpo. Debía actuar ya, debía borrarle la sonrisa de la cara a su violador de una vez y para siempre, o vivir despreciándose hasta que le fallase la memoria.

No le quedaba otra alternativa. Sin pensárselo más, se levantó y comenzó a subir la escalera. Al llegar al descansillo, se dio cuenta de que no llevaba armas, pero sabía que si volvía a bajar, perdería impulso. En ese momento, estaba preparado a morir si era necesario, por lo que continuó subiendo.

En el rellano superior sólo había una puerta abierta. Del interior del cuarto le llegó el sonido de una radio. Abajo, en la seguridad del vestíbulo, oyó a Dooley entrar de la calle para decirle que había pedido refuerzos e interrumpirse en mitad de la frase. Pasando por alto la distracción, Boyle entró en el apartamento.

No había nadie. Tardó unos minutos en revisar la cocina, el baño y la sala: todo vacío. Regresó al lavabo; la ventana estaba abierta y asomó la cabeza. La distancia que había hasta el césped del jardín era fácil de cubrir. En el suelo había unas huellas del cuerpo del hombre. Había saltado y se había ido.

Boyle se maldijo por haberse demorado, y agachó la cabeza. Un calorcillo le bajó por el interior del muslo. En la habitación contigua, seguían sonando las canciones de amor.

Para Jerome no existió el olvido, esa vez no. El encuentro con la señora Morrisey, interrumpido por Dooley, y el episodio con Boyle no habían hecho más que avivar el fuego que llevaba dentro. A la luz de aquellas llamas, comprendió claramente los crímenes cometidos. Recordó con espantosa claridad el laboratorio, la inyección, los monos, la sangre. Sin embargo, los actos que recordaba (y eran muchos) no despertaron en él una sensacion de pecado. Las consecuencias morales, la vergüenza y el remordimiento fueron arrasados por el fuego que continuaba lamiéndole la carne y provocándole nuevos entusiasmos.

Se refugió en un callejón tranquilo para ponerse presentable. Las ropas que había logrado reunir antes de la huida eran abigarradas, pero le servirían para no llamar la atención. Mientras se abrochaba —el cuerpo parecía rechazar las ropas, como si se negara a que lo cubrieran—, intentó controlar el holocausto que rugía en su interior. Pero las llamas no se apagaban. Ca4a fibra de su ser se sentía viva ante el fluir del mundo que le rodeaba. Los ordenados árboles que bordeaban el camino, la pared que había a sus espaldas, las piedras del suelo bajo sus pies desnudos se prendían y ardían con su mismo fuego. Al ver cómo se propagaba el incendio, sonrió. El mundo, con cada uno de sus ansiosos detalles, le devolvió la sonrisa.

Excitado más allá de todo control, se volvió hacia la pared en la que se había recostado. El sol le daba de lleno, y estaba tibia; los ladrillos olían divinamente. Llenó de besos sus caras agrietadas; sus manos exploraron cada recoveco, cada rugosidad. Murmurando naderías dulzonas, se bajó la cremallera de la bragueta, buscó un comodo agujero y lo llenó. La mente se le pobló de imágenes líquidas: anatomías mezcladas, hombres y mujeres en un ayuntamiento carnal indescifrable. Arriba, en el cielo, hasta las nubes ardían; subyugado por sus cabezas ardientes, sintió cómo se le erguía el pene. Le faltaba la respiracion. Pero ¿y el éxtasis? Seguramente no acabaría nunca.

Sin previo aviso, un espasmo doloroso le recorrió la columna vertebral desde la corteza cerebral hasta los testículos, y volvio a subir, sacudiéndolo. Las manos soltaron el ladrillo y acabó su agónico orgasmo en el aire, mientras caía al suelo. Durante varios segundos permaneció tendido, mientras los ecos del espasmo inicial le subían y bajaban por la columna, disminuyendo con cada regreso. En el fondo de la garganta sintió el sabor de la sangre; no estaba seguro de si se había mordido el labio o la lengua, pero creyó que no. Por encima de su cabeza, los pájaros volaban en círculos, elevándose lánguidamente en una espiral de aire cálido. Observó cómo se iba apagando el fuego de las nubes.

Se incorporó y bajó la vista para ver el montón de semen derramado sobre la acera. Durante un frágil instante revivió una bocanada de la visión que había tenido; imaginó la unión de su simiente con la piedra del suelo. Y pensó cuán sublimes serían las criaturas de las que el mundo podría vanagloriarse si pudiera copular con un ladrillo o un árbol; estaba dispuesto a soportar dichosamente los tormentos de la concepción si tales milagros fueran posibles. Pero los adoquines no se conmovieron ante las súplicas de su simiente; y la visión, igual que el fuego del cielo, se enfrió y ocultó sus glorias.

Guardó el miembro ensangrentado y se reclinó contra la pared, dando vueltas y más vueltas a los extraños acontecimientos de su vida. Algo fundamental estaba cambiando en él, de eso estaba seguro; el éxtasis que lo había poseído (y que sin duda volvería a poseerlo) era distinto de todo lo que había experimentado hasta entonces. Fuera lo que fuese lo que le habían inyectado, no daba señales de eliminarse naturalmente, todo lo contrario. Todavía sentía en su interior el calor, igual que le ocurriera al abandonar los Laboratorios, aunque esta vez el rugido de su presencia fue más fuerte que nunca.

Estaba viviendo una nueva clase de vida, y esa certeza, aunque aterradora, le producía alborozo. En ningún momento se le ocurrió a su aturdido y erotizado cerebro pensar que, con el tiempo, esa nueva clase de vida requeriría una nueva clase de muerte.

Sus superiores le habían advertido a Carnegie que esperaban resultados, y él pasó el rapapolvo verbal recibido a sus subalternos. Era una línea de humillaciones, en la que el de mas rango era estimulado a patear al de abajo, y éste, a su vez, al que tenía mas abajo aun. Carnegie se había preguntado a veces qué haría el último de la fila para desahogar sus iras; seguramente se desquitaría con su perro.

—Ese sinvergüenza sigue suelto, caballeros, a pesar de que su foto haya salido en muchos periódicos de esta mañana, y a pesar de un método de operaciones que resulta, por decir lo más leve, insolente. Lo atraparemos, claro está, pero hemos de hacerlo antes de que el muy bastardo asesine a alguien más...

Sonó el teléfono. El sustituto de Boyle, Migeon, lo cogió, mientras Carnegie concluía la estimulante perorata a los oficiales allí reunidos.

—Caballeros, lo quiero aquí dentro de veinticuatro horas. Es el tiempo que me han dado, no tenemos más. Veinticuatro horas.

Migeon lo interrumpió:

—Señor Carnegie, es Johannson. Dice que tiene algo para usted y que es urgente.

—Está bien. —El inspector cogió el auricular y dijo—. Aquí Carnegie.

La voz al otro extremo de la línea era tan queda que casi no se oía.

—Carnegie —dijo Johannson—, hemos repasado toda la información que encontramos en el laboratorio sobre las pruebas de Dance y Welles...

—¿Y?

—También hemos analizado los restos de la sustancia extraídos de la hipodérmica que usaron en el sospechoso. Creo que hemos encontrado al Niño, Carnegie.

—¿Qué niño? —inquirió éste; le irritaba la obcecación de Johannson.

—El Niño Ciego.

—¿Y?

Inexplicablemente, Carnegie tuvo la certeza de que al otro lado de la línea Johannson sonreía antes de contestar.

—Creo que será mejor que venga personalmente a verlo. ¿Qué le parece a eso de mediodía?

Johannson podía haber sido uno de los más grandes envenenadores de la historia: poseía todos los requisitos y las cualificaciones. Una mente ordenada (la experiencia de Carnegie le había enseñado que los envenenadores eran un dechado de perfección), una naturaleza paciente (el envenenamiento llevaba su tiempo) y, lo más importante, un conocimiento enciclopédico de toxicología. Al verlo en acción, cosa que ya había sucedido en dos ocasiones anteriores, Carnegie vio al hombre sutil dedicado a su sutil arte y el espectáculo le heló la sangre.

Johannson se había instalado en el laboratorio del piso superior, donde habían asesinado a la doctora Dance, en vez de utilizar para la investigación las instalaciones policiales, porque, según él mismo le explicara, gran parte del equipo del que se jactaba la organizacion Hume no existía en ninguna otra parte. Su dominio del lugar, junto con la ayuda de sus dos asistentes, había transformado el desorden dejado por los anteriores experimentadores en un sueño de orden y pulcritud. Sólo los monos continuaban siendo una constante. Por más que se empeñara, Jobannson no lograba controlar su comportamiento.

—No nos resultó difícil encontrar la droga utilizada en su sospechoso —dijo Johannson—; simplemente cotejamos los restos que quedaban de la hipodérmica con los materiales encontrados en la sala. Al parecer, han estado fabricando esta sustancia, o variaciones del mismo tema, durante un tiempo. Los del laboratorio dicen no estar enterados de nada, claro. Me inclino a creerles. Lo que los buenos doctores estaban haciendo aquí era un experimento de tipo personal.

—¿Qué clase de experimento?

Johannson se quitó las gafas y se dispuso a limpiarlas con la punta de la corbata roja.

—Al principio pensamos que querían desarrollar una especie de alucinógeno –dijo—. En ciertos aspectos, la sustancia utilizada en su sospechoso se parece a un narcótico. En realidad, dejando de lado los métodos, creo que han hecho unos descubrimientos interesantes, que nos llevan a un territorio completamente nuevo.

—¿Entonces no es una droga?

—Claro que es una droga —dijo Johanoson, poniéndose las gafas—, pero es una droga que sirve a un propósito muy especifico. Véalo con sus propios ojos.

Johannson lo condujo a través del laboratorio hasta la fila de jaulas donde estaban los monos. En lugar de estar encerrados por separado, al toxicólogo le había parecido conveniente abrir las puertas que conectaban las jaulas entre sí, dejando que los animales tuvieran libre acceso para reunirse. La consecuencia era abolutamente clara: los animales estaban entregados a una serie de complejos actos sexuales. Carnegie se preguntó por qué los monos se pasaban la vida realizando obscenidades. Era la misma manifestación tórrida que tenía lugar cuando, de pequeños, llevaba a sus hijos al jardín zoológico de Regent. la jaula de los simios provocaba una embarazosa pregunta tras otra. Al cabo de un tiempo dejó de llevar a sus hijos al zoológico. Le resultaba demasiado mortificante.

—¿Es que no tienen nada mejor que hacer? —le preguntó a Johannson, apartando la vista para volverla a posar en un menage à trois tan íntimo que el ojo no lograba descifrar qué miembro pertenecía a que mono.

—Créame —dijo Johannson, sonriendo presuntuosamente—, esto es suave comparado con el comportamiento que hemos observado en estos animales desde que les inyectamos la sustancia. A partir de ese momento, se olvidaron de las pautas normales de comportamiento, se saltaron los signos de excitación, los rituales de cortejo. Ya no les interesa la comida. No duermen. Se han convertido en unos obsesos sexuales. Olvidaron los demas estímulos. A menos que la sustancia se elimine, me temo que follen hasta reventar.

Carnegie echó un vistazo a las demás jaulas; en cada una de ellas se desarrollaban las mismas escenas pornograficas. Violaciones en masa, uniones homosexuales, fervorosas y exaltadas masturbaciones.

—Con razón los doctores mantuvieron en secreto su descubrimiento —prosiguió Johannson—; estaban a punto de descubrir algo que los haría ricos. Un afrodisiaco que funciona.

—¿Un afrodisiaco?

—La mayoría no sirven de nada. El cuerno de rinoceronte, las anguilas vivas en salsa de nata son elementos simbólicos. Están pensados para excitar por asociación.

Carnegie recordó el hambre reflejada en los ojos de Jerome. En los monos observó su eco. Hambre, y la desesperación que el hambre trae consigo.

—Y los ungüentos tampoco sirven de nada. La Cantharis vesicatoria...

—¿Qué es eso?

—Tal vez la conozca por los nombres de cantárida o mosca española. Es un insecto con el que se fabrica una pasta. Tampoco sirve de nada. En el mejor de los casos estas sustancias son inflamatorias. Pero esto... —Recogió una ampolla de líquido incoloro—. Esto es algo que raya en lo genial.

—A mí no me parece que los monos sean muy felices con eso en el cuerpo...

—Todavía está sin depurar —le explicó Johaunson—. Creo que los investigadores fueron muy codiciosos, y realizaron pruebas en humanos dos o tres años antes de lo aconsejable. Tal como se encuentra ahora, esta sustancia es casi letal, de eso no cabe duda. Pero con el tiempo podría funcionar. Verá usted, han logrado superar el problema mecánico; esta sustancia actua directamente sobre la imaginación erótica, sobre la libido. Si uno excita la mente, el cuerpo responde. Ahí está el truco.

El matraqueo de la malla de alambre obligó a Carnegie a apartar la vista de las pálidas facciones de Johannson. Una de las monas, al parecer insatisfecha con las atenciones de varios machos, se había despatarrado contra la jaula y con sus dedos diestros intentaba tocar a Carnegie; sus compañeros no iban a permitirle que los dejara sin amor, y se habían entregado a la sodomía.

—Es Cupido, ¿no? —comentó Johannson—. «El amor no ve con los ojos sino con la imaginación.

»Por eso al Cupido alado lo pintan ciego." Pertenece a El sueño de una noche de verano.

—El Bardo nunca fue mi fuerte —dijo Carnegie. Y volvió a concentrarse en la mona—. ¿Y Jerome? —inquirió.

—Tiene la sustancia en la sangre. Una buena dosis.

—¡Entonces es como estos animales!

—Supongo que al contar con unas capacidades intelectuales superiores, la sustancia no actuará de un modo tan deliberado. Aunque, ahora que lo pienso, el sexo puede convertir en simio hasta al más pintado, ¿no? —Johannson se permitió sonreír a medias ante el juego de palabras—. Nuestras llamadas preocupaciones superiores se vuelven secundarias. Por un instante, el sexo nos vuelve obsesivos; somos capaces de realizar, o al menos creemos que podemos realizar, hechos que, retrospectivamente, resultan extraordinarios.

—Considero que no hay nada de extraordinario en una violación —comentó Carnegie, intentando cortar en seco la rapsodia de Johannson.

Pero el hombre no se dio por vencido.

—El sexo sin final, sin compromisos, sin disculpas —prosiguió—. Imagíneselo. El sueño de Casanova.

El mundo había presenciado tantas eras... El Siglo de las Luces, la Reforma, la Era de la Razón. Y ahora, por fin, la Era del Deseo. Y después, el fin de las eras, el fin de todo. Porque los fuegos avivados ahora eran más feroces de lo que sospechaba el mundo inocente. Eran fuegos terribles, fuegos sin final que iluminarían el mundo con su luz única, feroz y definitiva.

Eso pensaba Welles mientras yacía en su cama. Había recuperado la conciencia hacía unas horas, pero prefirió no dar señales de ello. Cuando entraba una enfermera, cerraba los ojos con fuerza y respiraba con más lentitud. Sabía que no podría fingir durante mucho tiempo, pero las horas le permitieron reflexionar sobre cuál sería su itinerario a partir de ese momento. En primer lugar tendría que regresar a los Laboratorios, para destruir los papeles allí guardados y borrar las cintas grabadas. Había decidido que a partir de ese momento toda información sobre el Proyecto Niño Ciego existiría solamente en su cabeza. De ese modo ejercería un control completo sobre su obra maestra y nadie podría arrebatársela.

Nunca le había interesado demasiado ganar dinero con el descubrimiento, aunque era consciente de lo lucrativo que podría llegar a ser un afrodisiaco viable; nunca había dado un pimiento por los bienes materiales. El motivo inicial que le había llevado al desarrollo de la droga —descubierta accidentalmente mientras probaban un agente para ayudar a los esquizofrénicos— fue el afán de investigar. Pero sus motivaciones habían madurado a lo largo de los meses de trabajo secreto. Había llegado a pensar en sí mismo como el iniciador del milenio. No permitiría que nadie le arrebatara ese papel sagrado.

Así pensaba mientras yacía en la cama, esperando el momento de huir.

Mientras vagaba por las calles, Jerome habría aprobado alegremente la visión de Welles. De todos los hombres quizá él fuera el más ansioso por dar la bienvenida a la Era del Deseo. Veía sus portentos por todas partes. En las vallas publicitarias y en los carteles de cine, en los escaparates y en las pantallas de televisión: en todas partes el cuerpo como mercancía. Donde no se utilizaba la carne para comercializar artefactos de acero y piedra, esos mismos artefactos adoptaban sus propiedades. Los automóviles pasaban junto a él con todos los atributos voluptuosos menos la respiración: sus sinuosas estructuras brillaban, sus interiores eran invitantes y mullidos. Los edificios lo rodeaban con sus retruécanos sexuales. Capiteles, pasadizos, plazas sombreadas con fuentes de agua blanca. Bajo el embeleso de lo trivial —los miles de distracciones que encontraba en la calle y la plaza—, sentía la madura vida del cuerpo impregnando cada detalle.

El espectáculo mantenía bien avivado su fuego interno; su fuerza de voluntad a duras penas lograba impedirle dispensar sus atenciones a cada una de las criaturas sobre las que posaba los ojos. Unos pocos presentían ese calor y se alejaban de él. Los perros también lo sentían. Varios lo siguieron, excitados por su excitación. Las moscas orbitaban sobre su cabeza en escuadrones. A medida que se acostumbraba a su estado, logró ejercer sobre él un rudimentario control. Sabía que una demostración pública de sus ardores atraería a la ley, y eso obstaculizaría sus aventuras. El fuego que había iniciado no tardaría en propagarse; entonces saldría de su escondite y se bañaría libremente en el. Hasta entonces, lo mejor sería la discreción.

En cierta ocasión había comprado la compañía de una joven del Soho; fue en su busca. Esa tarde hacía un calor bochornoso, aunque no se sentía fatigado. No había comido desde la noche anterior, pero no tenía hambre. Al subir la estrecha escalera hacia la habitación del primer piso que Angela ocupaba, se sintió vigoroso como un atleta, pletórico de salud. El proxeneta de mirada penetrante y fiera, inmaculadamente vestido, que solía ocupar un lugar en lo alto de la escalera no etaba presente. Jerome se dirigió a la habitación de la muchacha y llamo. No recibió respuesta. Volvió a llamar con mayor urgencia. Sus golpes hicieron que una mujer de mediana edad se asomara a la puerta del final del rellano.

—¿Qué quieres?

—A la mujer —repuso sencillamente.

—Angela se ha ido. Y sera mejor que te vayas tú tambien. Fijate en que estado estás. Esto no es una posada de mala muerte.

—¿Cuándo volverá? —preguntó, intentando sujetar lo mejor que podía su apetito.

La mujer, que era tan alta como Jerome y mucho mas pesada, avanzó hacia él.

—La muchacha no volvera, de modo que lárgate de aquí antes de que llame a Isaiah.

Jerome la miró; ejercía el mismo oficio que Angela, no cabía duda, aunque no era tan joven ni tan bella. Le sonrió.

—Oigo tu corazón —le dijo.

—No te lo repetiré...

Antes de que pudiera acabar la frase, Jerome atravesó el rellano y fue hacia ella. La mujer no se asustó por su acercamiento, simplemente se mostró asqueada.

—Si llamo a Isaiah lo lamentarás —le informó.

El ritmo de sus latidos babia aumentado, y Jerome logró oírlo.

—Estoy ardiendo.

La mujer frunció el ceño; estaba claro que iba a perder aquella batalla de agudezas.

—No te me acerques, te lo advierto.

Los latidos eran todavía mas rápidos. El ritmo, sepultado en su sustancia, lo impulsó a avanzar. De aquella fuente provenía toda la vida, todo el calor.

—Dame tu corazón.

—¡Isaiah!

Nadie acudió a la llamada. Jerome no le dio oportunidad de gritar por segunda vez. La abrazó y con una mano le tapó la boca. La mujer le descargó una andanada de golpes, pero el dolor no hizo mas que avivar las llamas. Brilló más y más; cada uno de sus orificios daba al horno de su vientre, de su ijada, de su cabeza. La mayor corpulencia de la mujer no le sirvió de ventaja ante tanto fervor. La empujó contra la pared —el latido de su corazón le retumbaba en los oídos— y comenzó a besarle el cuello, al tiempo que le arrancaba el vestido para descubrirle los pechos.

—No grites —le dijo, procurando parecer persuasivo—. No quiero hacerte daño.

La mujer negó con la cabeza y a través de la mano con la que le tapaba la boca dijo:

—No gritaré.

Jerome quitó la mano y la mujer respiró desesperadamente, preguntándose dónde estaría Isaiah. No muy lejos, seguramente. Temió por su vida si se negaba al intruso —¡cómo le brillaban los ojos!—; abandonó todo intento de resistirse y lo dejó hacer. Por su larga experiencia sabía que el aprovisionamiento de pasión de los hombres se acababa fácilmente. Aunque amenazaran con mover el cielo y la tierra, media hora después sus jactancias acababan en sábaitas húmedas y resentimiento. Si las cosas llegaban a lo peor, podría soportar su tonta cháchara sobre el fuego y la quemazón; había oído conversaciones de alcoba mucho más obscenas. En cuanto al pitón que intentaba introducirle, él y sus cómicos colegas no guardaban sorpresa alguna para ella.

Jerome quería tocarle el corazón, quería ver cómo le salpicaba la cara, bañarse en él. Le puso la mano en el pecho y sintió los latidos bajo la palma.

—Te gusta, ¿eh? —dijo la prostituta cuando él le apretó el pecho—. No eres el primero.

Le arañó la piel.

—Despacio, cariño —le dijo burlona, y echó un vistazo por encima del hombro para comprobar si había señales de Isaiah—. No seas brusco. Es el único cuerpo que tengo.

No le hizo el menor caso. Los arañazos la hicieron sangrar.

—No hagas eso —le ordenó.

—Quiere salir —repuso, hundiendo más los dedos.

De repente, la mujer se dio cuenta de que aquello no era un juego amoroso.

—¡Basta! —le dijo cuando comenzó a lacerarla.

Esta vez la mujer gritó.

Abajo, no muy lejos, en la calle, Isaiah dejó caer la porción de tarte française que acababa de comprar y corrió a la puerta. No era la primera vez que la gula lo había tentado y había abandonado su puesto, pero —a menos que reparara el daño rápidamente— muy bien podría ser la última. Del rellano le llegaron unos ruidos tremendos. Subió la escalera a toda velocidad. La escena con la que se toparon sus ojos era peor que la conjurada por su imaginación. Simone se encontraba atrapada contra la pared, junto a su puerta, con un hombre pegado ávidamente a ella. De alguna parte, entre los dos, manaba sangre, pero no logró precisar de dónde.

Isaiah lanzó un grito. Con las manos ensangrentadas, Jerome interrumpió su labor y se volvió justo cuando un gigante muy bien vestido se abalanzaba sobre él. Jerome tardó unos segundos vitales en retirarse de la mujer, y en ese tiempo el hombre se le lanzó encima. Isaiah lo aferró y a rastras lo apartó de la mujer. Sollozando, ella se refugió en su cuarto.

—Maldito hijo de puta —dijo Isaiah, descargando sobre él una andanada de puñetazos.

Jerome se tambaleó. Pero estaba ardiendo, y por lo tanto no tenía miedo. En una pausa, saltó sobre el hombre como un mandril enfurecido. Isaiah, cogido por sorpresa, perdió el equilibrio y cayó contra una de las puertas, que se abrió hacia adentro bajo su peso. Se desplomó en el interior de un escuálido lavabo y su cabeza fue a golpear contra la taza del retrete. El impacto lo desorientó; quedó tendido sobre el manchado linóleo, gruñendo y con las piernas abiertas. Jerome oyó la sangre fluir ávidamente por las venas del hombre, y olió el azúcar de su aliento. Sintió la tentación de quedarse, pero su instinto de conservacion le aconsejo lo contrario; Isaiah intentaba incorporarse otra vez. Antes de que lograra ponerse en pie, Jerome se dio media vuelta y huyó escalera abajo.

En el escalón de la puerta se encontró con la canícula; le sonrió. La calle lo quería más que la mujer del rellano, y él ansiaba complacerla. Corrió por la acera; la erección continuaba empujando contra los pantalones. A sus espaldas, oyó al gigante bajar ruidosamente la escalera. Echó a correr, riéndose. El fuego continuaba ardiendo en él, y dio velocidad a sus pies; corrió calle abajo sin importarle si Aliento Azucarado lo seguía o no. Los peatones, en esta era desapasionada, no quisieron demostrar más que un interés casual en el sátiro salpicado de sangre y le cedieron el paso. Unos cuantos lo señalaron, suponiendo que seria un actor. La mayoría ni se percató de su presencia. Avanzó por una maraña de callejones; sin necesidad de mirar atrás era consciente de que Isaiah lo seguía.

Tal vez fue la casualidad la que lo condujo a la calle del mercado, o tal vez, lo más probable, era que el calor bochornoso llevó el aroma entremezclado de carne y fruta hasta su nariz, y quiso bañarse en él. El estrecho pasaje estaba atestado de compradores, visitantes y puestos colmados de mercancías. Se zambulló alegremente en la multitud, restregándose contra nalgas y muslos, encontrándose por todas partes con la mirada contagiosa de la carne. ¡Qué día! Ni él ni su pene podían creer en semejante fortuna.

A sus espaldas oyo gritar a Isaiah. Apuró el paso, dirigiéndose a las zonas más concurridas del mercado, en donde podría confundirse entre la cálida presión de la gente. Cada contacto le producía un doloroso éxtasis. Cada orgasmo —se sucedían uno tras otro mientras avanzaba entre la apretada multitud— le producía en el cuerpo un espasmo seco. Le dolían la espalda y los testículos, pero ¿qué era su cuerpo? Sólo una peana para el monumento singular de su pene. La cabeza no era nada, la mente no era nada. Sus brazos habían sido hechos simplemente para acercar el amor al cuerpo; las piernas para conducir la exigente espada a cualquier parte donde hallara satisfaccion. Se imaginó a sí mismo como una erección andante, en un mundo que le miraba embelesado por todas partes: carne, ladrillo, acero, le daba igual, los violaría a todos.

De repente, sin que él lo buscara, la multitud se apartó, y se encontró en una callejuela estrecha, alejado del pasaje principal. El sol caía entre los edificios con un ardor magnificado. Se disponía a reunirse otra vez con la multitud, cuando olió un aroma y vio una escena que lo obligaron a continuar. Un poco más adelante, en la calle bañada por el calor, tres muchachos con el torso desnudo estaban de pie entre una pila de cajas de fruta, llenas de canastillas de fresas. Ese año habia habido una excesiva producción de fresas, y con el calor despiadado habían comenzado a ablandarse y a pudrirse. El trío de trabajadores revisaba las canastillas, clasificando las buenas y las malas, y arrojando las fresas pasadas al borde de la calzada. El aroma que se elevaba de aquel estrecho espacio era sobrecogedor: una dulzura de una fuerza que habría asqueado a cualquier otro intruso que no fuera Jerome, cuyos sentidos habían perdido la capacidad de rechazo o asco. El mundo era el mundo, y el lo tomaría, como en el matrimonio, para bien y para mal. Embelesado, se quedó mirando el espectáculo; los sudorosos obreros brillaban bajo los rayos del sol, sus manos, sus brazos y sus torsos estaban salpicados de jugo escarlata; en el aire pululaban cientos de insectos en busca del néctar; la fruta desechada se apilaba en la calzada formando montículos que desprendían zumo. Entretenidos en su pegajosa labor, al principio los obreros no se percataron de su presencia. Pero luego, uno de los tres levantó la vista y vio la extraordinana criatura que los observaba. La sonrisa se le heló en el rostro al ver los ojos de Jerome.

—¿Qué diablos hace ése?

Los otros dos interrumpieron su trabajo y miraron en dirección a Jerome.

—Dulce —dijo Jerome; lograba oír el temblor de sus corazones.

—Fijaos en ése —dijo el más joven de los tres, señalando la entrepierna de Jerome—. Exhibiéndose en público en ese estado.

Quedaron inmóviles bajo el sol, él y ellos, mientras las avispas revoloteaban alrededor de la fruta y, por la estrecha tajada del veraniego cielo azul que se veía entre los tejados, pasaban unos pájaros. Jerome deseó que aquel momento se perpetuara para siempre; su mente desnuda saboreaba en aquel paraje el Edén.

Entonces el sueño se rompió. Sintió una sombra a sus espaldas. Uno de los obreros dejó caer la canastilla que estaba clasificando; la fruta podrida quedó estampada contra el asfalto. Jerome frunció el ceño, y se dio media vuelta. Isaiah había encontrado la calle; el arma era de acero y brillaba. Cruzó el espacio que lo separaba de Jerome en un segundo. Jerome sintió un dolor en el costado cuando el cuchillo lo atravesó.

—¡Jesús! —dijo el hombre joven, y echó a correr.

Sus hermanos no querían ser testigos de aquel ataque y dudaron un solo momento antes de seguirlo.

El dolor hizo gritar a Jerome, pero en el ruidoso mercado nadie oyó su grito. Isaiah retiró el cuchillo; estaba caliente. Hizo ademán de volver a atravesarlo, pero Jerome fue demasiado rápido para el aguafiestas; se apartó de su alcance y cruzó la calle tambaleándose. El pretendido asesino, temeroso de que los gritos de Jerome atrajesen demasiada atención, lo persiguió rápidamente para acabar su trabajo. Pero el pavimento estaba resbaladizo por la fruta podrida, y sus finos zapatos de gamuza no se agarraban tan bien como los pies desnudos de Jerome. La distancia que los separaba aumentó.

—No te irás —dijo Isaiah, decidido a no permitir que escapara su mortificador.

Empujó una torre de cajas de fruta; las canastillas cayeron al suelo, esparciendo su contenido en el camino de Jerome. Jerome se detuvo un instante a aspirar el aroma de la fruta machacada. Esa indulgencia casi acaba con él. Isaiah se acercó, dispuesto a rematarlo. Los estímulos del dolor llevaron su cuerpo al borde de la erupción, y observó cómo la hoja del cuchillo estaba a punto de abrirle el vientre. Con la mente conjuró la herida: el abdomen se partía, y el calor emanado se unía a la sangre de las fresas de la calzada. La idea fue tan tentadora... Casi la deseaba.

Isaiah había matado en dos ocasiones anteriores. Conocía el vocabulario inefable del acto, y vio la invitación reflejada en los ojos de su víctima. Contento de complacerlo, se acercó con el cuchillo preparado. En el último instante posible, Jerome se hizo a un lado y en vez de presentar el cuerpo al arma blanca, lanzó un golpe al gigante. Isaiah se agachó para esquivarlo y sus pies resbalaron en la papilla. El cuchillo salió disparado de su mano y cayo entre las canastillas y la fruta. Jerome se alejó mientras el cazador, perdida toda ventaja, se agachaba a buscar el cuchillo. Su presa se escabulló antes de que su mano regordeta encontrara el arma; Jerome se había perdido otra vez entre las calles atestadas de gente. No tuvo oportunidad de guardarse el cuchillo en el bolsillo antes de que de la multitud surgiera el uniforme y se acercara a él por el caluroso pasaje.

—¿Cómo me lo va a explicar? —le preguntó el policía mirando el cuchillo.

Isaiah siguió su mirada. La hoja ensangrentada estaba llena de moscas.

En su oficina, el inspector Carnegie bebía chocolate caliente a pequeños sorbos; era el tercero en la última hora, y mientras bebía, observaba los procesos del anochecer. Siempre había querido ser detective, desde sus más tempranos recuerdos; y en esos recuerdos, esa hora siempre había estado cargada de magia. La noche descendiendo sobre la ciudad, miríadas de demonios vistiendo sus mejores galas para salir a jugar. Era la hora de la vigilancia, la hora de un nuevo rigor moral.

Pero de niño no había logrado imaginar la fatiga que el crepúsculo traería invariablemente. Estaba cansadísimo, y si en las proximas horas lograba dormir un poco, sabia que sería allí, en la silla, con los pies apoyados en el escritorio, en medio del clamor de los vasos de plástico.

Sonó el teléfono. Era Johannson.

—¿Trabajando todavía? —inquirió, impresionado por la dedicación al trabajo de Johannson.

Pasaba de las nueve. Tal vez Johannson tampoco tuviera una casa a la que llamar, ni a la que valiera la pena volver.

—Me he enterado de que nuestro sospechoso ha tenido un día muy ocupado —comento Jobannson.

—Así es. Una prostituta del Soho, y luego lo acuchillaron.

—Supongo que logró saltarse el cordón policial.

—Suele ocurrir —repuso Carnegie, demasiado cansado como para irritarse—. ¿En qué puedo servirle?

—Creí que le gustaría saberlo. Los monos han empezado a morirse.

La noticia sacó a Carnegie del estupor en que lo tenía sumido la fatiga.

—¿Cuántos han muerto? —preguntó.

—Hasta ahora tres, de los catorce que son. Pero imagino que el resto habrá muerto al amanecer.

—¿Qué los está matando? ¿El cansancio?

Carnegie recordó las desesperadas saturnales de las jaulas. ¿Qué animal, humano o no, podía aguantar semejante juerga sin venirse abajo?

—No es algo físico —le informó Johannson—. Al menos no en la forma en que usted lo insinúa. Tendremos que esperar al resultado de las disecciones, antes de conseguir una explicación detallada...

—¿Qué supone usted?

—A mi juicio, se están volviendo majaras.

—¿Qué?

—Se produce una sobrecarga cerebral de algun tipo. Los cerebros de estos animales ceden. La sustancia no se elimina, sino que se alimenta a sí misma. Cuanto más ardor tienen, más droga se produce, y cuanta más droga hay, más ardor tienen. Es un círculo vicioso. Cada vez más y más ardor, cada vez más y más locura. Con el tiempo, el cuerpo no lo resiste, y de golpe, me encuentro con cadáveres de monos hasta los sobacos. —La sonrisa volvio a reflejarse en la voz fría y amarga—. Claro que los que siguen vivos no han dejado que eso les estropeara la diversion. Por aquí está de moda la necrofilia.

Carnegie espió la taza de chocolate, que se enfriaba. se le había formado una fina película, que se reventó cuando tocó el vaso.

—¿Entonces es sólo cuestion de tiempo?

—¿Antes de que su sospechoso reviente? Sí, creo que sí.

—Está bien. Gracias por mantenerme al corriente. Siga informándome.

—¿Quiere venir a ver los restos?

—Puedo pasar sin cadáveres de monos, gracias.

Johannson se echó a reír. Carnegie colgó. Cuando se volvió hacia la ventana, ya se había hecho de noche.

En el laboratorio, Johannson fue hasta el interruptor, junto a la puerta; mientras hablaba con Carnegie, se había ido el resto de luz. Vio venir el golpe que lo derribó un instante antes de que lo alcanzara; le dio en el costado del cuello. Se le quebró una vértebra y las piernas se le doblaron. Se desplomó sin tocar el interruptor de la luz. Cuando llegó al suelo, la distinción entre el día y la noche fue una mera cuestión académica.

Welles no se molestó en comprobar si el golpe había sido letal o no; el tiempo apremiaba. Saltó por encima del cuerpo y se dirigió al banco en el que Johannson había estado trabajando. Allí, tendido en el círculo de luz de la lámpara, como para un acto final de tragedia simiesca, había un mono muerto. Se veía claramente que había perecido presa del frenesí; tenía la cara crispada: la boca abierta, manchada de saliva, los ojos fijos en la última mirada de alarma. En los esfuerzos penosos de las cópulas, había perdido el pelo a mechones; su cuerpo, gastado por el cansancio, era una masa de contusiones. En un examen de medio minuto, Welles reconoció las sugerencias del cadáver y las de los otros dos cuerpos que vio en un banco cercano.

—El amor mata —murmuro filosóficamente.

Y comenzó su sistemática destruccion de Niño Ciego.

«Me estoy muriendo —pensó Jerome—, me estoy muriendo de dicha extrema.» La idea le divirtió. Era la única idea que tenía algún sentido. Desde su encuentro con Isaiah y su huida de la policía, apenas lograba recordar algo con coherencia. Las horas que pasó ocultandose y curando sus heridas, sintiendo crecer nuevamente el fuego para apagarse otra vez, se habían fundido en un sueño de verano; una placentera certeza le decía que solo la muerte lo despertaría de ese sueño. La hoguera lo devoraba por completo, desde las entrañas hacia afuera. Si lo destriparan en ese mismo instante, ¿qué encontrarían los testigos? Sólo cenizas y ascuas.

Aún así, el amigo de un solo ojo le exigía más; mientras sus repetidos virajes lo llevaban de vuelta a los Laboratorios —¿adónde iba a ir un hombre fabricado como él sino al lugar del primer calor?—, las rejas de los desagües se le abrían seductoras, y cada pared de ladrillos se le ofrecía con sus cientos de invitaciones arenosas.

La noche era fragante; una noche de canciones de amor y romances. En la cuestionable intimidad de un aparcamiento, a unas manzanas de su destino, vio a dos personas haciendo el amor en la parte trasera de un coche, con las puertas abiertas para acomodar mejor las piernas y permitir el paso del aire. Jerome se detuvo a observar el ritual, embelesado como nunca por la maraña de cuerpos y el sonido —retumbante como el trueno— de los corazones gemelos latiendo con el mismo ritmo ascendente. Al observarlos, la avidez invadió su verga.

La mujer lo vio primero, y avisó a su compañero de la presencia de aquel desecho humano que los observaba con deleite infantil. El hombre interrumpió sus toqueteos y lo miró fijamente. Jerome se preguntó si estaría ardiendo. Si tendría el pelo en llamas. Si la ilusión se materializaba. A juzgar por la mirada de la pareja, la respuesta era seguramente negativa. No les producía ningún miedo, simplemente rabia y asco.

—Me estoy quemando —les dijo.

El hombre se incorporó y le escupió. Jerome esperaba que la saliva se convirtiera en vapor al tocarlo, pero le cayó sobre la cara y el pecho como una ducha refrescante.

—Vete al infierno —le dijo la mujer—. Déjanos en paz.

Jerome meneó la cabeza. El hombre le advirtió que si daba un paso más le rompería la cabeza. Jerome no se inmutó; no habia palabras ni golpes capaces de acallar el imperativo de su falo.

Cuando se aproximó a ellos, notó que sus corazones ya no latían al unísono.

Carnegie consultó el mapa que llevaba cinco años colgado de la pared de su despacho, para localizar el lugar del ataque del que acababan de informarle. Al parecer, las victimas no habían sufrido serios daños; la llegada de un coche lleno de trasnochadores había decidido a Jerome (no había duda de que era él) a no demorarse. La zona estaba ahora inundada de policías, media docena de los cuales iban armados; en cuestión de minutos, cada calle del vecindario quedaría acordonada. A diferencia del Soho, donde la multitud le había permitido huir, en esta zona no encontraría el fugitivo muchos sitios donde ocultarse.

Carnegie señaló el lugar del ataque y cayo en la cuenta de que se encontraba a unas manzanas de los Laboratorios. Sin duda, no era casualidad. El hombre volvía al lugar del crimen. Herido, y seguramente al borde del colapso —los amantes lo habían descrito como un hombre que parecía más muerto que vivo—, Jerome sería atrapado antes de que llegara a casa. Pero existía siempre el riesgo de que burlara el cerco y llegara a los Laboratorios. Johannson estaba trabajando allí, solo; en esos tiempos de estrecheces, la guardia del edificio sería reducida.

Carnegie levantó el auricular y marcó el número de Johannson. Al otro lado de la línea, el teléfono sonó pero nadie contestó. Carnegie pensó que se habría ido a su casa, feliz de haberse quitado de encima una preocupación; eran las once menos diez de la noche, y se había ganado un descanso. Sin embargo, cuando se disponía a colgar, al otro lado levantaron el auricular.

—¿Johannson?

No hubo respuesta.

—¿Johannson? Soy Carnegie. —Ninguna respuesta—. Contésteme, maldita sea. ¿Quién es?

En los Laboratorios, el auricular cayó. No fue colocado otra vez en su receptáculo, sino que quedó sobre el banco. Al otro lado de la línea, Carnegie oyó claramente el agudo chillido de los monos.

—¿Johannson? —repitió—. ¿Está usted ahí? ¿Johannson?

Los monos siguieron chillando.

Con el material de Niño Ciego Welles había hecho dos montones en los fregaderos, y les había prendido fuego. Ardieron con entusiasmo. La espaciosa habitación se llenó de humo, calor y hollín; el aire se espesó. Cuando las fogatas ardían con fuerza, echó al fuego todas las cintas que logró encontrar y, para mayor seguridad, agregó también las notas de Johannson. Advirtió que en los archivos faltaban varias cintas. Lo único que mostrarían al ladrón eran unas cuantas escenas sugerentes de la transformación; el meollo del secreto seguía perteneciéndole. Destruidos los procedimientos y las fórmulas, sólo le quedaba echar al sumidero los restos de la sustancia y matar e incinerar a los animales.

Preparó una serie de hipodérmicas letales, realizando su tarea con un orden nada característico. Aquella destrucción sistemática le resultaba gratificante. No sentía remordimientos por la forma en que se habían desarrollado los acontecimientos. A partir de aquel primer momento de pánico, cuando había observado impotente los pavorosos efectos del suero Niño Ciego en Jerome, hasta llegar a esta eliminación final del material, todo había sido un proceso paulatino de limpieza. Con aquellos fuegos ponía fin a toda pretensión de investigacion científica; después de aquello sería el indiscutible Apóstol del Deseo, san Juan en el desierto. Esta idea excluyó cualquier otra. Sin importarle los arañazos de los monos, los arrancó uno por uno de las jaulas y les aplicó la dosis mortal. Había despachado a tres y se disponia a abrir la jaula del cuarto, cuando en el vano de la puerta del laboratorio apareció una silueta. Resultaba imposible ver quién era en medio de la humareda. Los monos supervivientes parecieron reconocerlo; interrumpieron sus acoplamientos y le dieron la bienvenida con una ensordecedora batahola.

Welles no se movió, y espero a que el recién llegado avanzara.

—Me estoy muriendo —dijo Jerome.

Welles no se había imaginado aquello. Jerome era la última persona que había esperado encontrarse allí.

—¿Me ha oído? —preguntó.

Welles asintió, y repuso:

—Todos nos estamos muriendo, Jerome. La vida es una lenta enfermedad, ni más ni menos. Pero mientras dura, cuánta luz, ¿verdad?

—Sabía que esto ocurriría —le dijo Jerome—. Usted sabía que el fuego me consumiría.

—No —fue la sobria respuesta—. La verdad es que no lo sabía.

Jerome se apartó del vano de la puerta y avanzó hacia la luz mortecina. Estaba destrozado; era un retazo de hombre, llevaba sangre en el cuerpo y fuego en los ojos. Pero Welles no era tonto y no se fió de la aparente vulnerabilidad de aquel espantajo. La sustancia que llevaba en el cuerpo lo hacía capaz de realizar actos sobrehumanos; lo había visto destrozar a Dance con un par de golpes imperturbables. Debía proceder con tacto. Aunque se encontraba claramente al borde de la muerte, Jerome seguía siendo formidable.

—No quería esto, Jerome —le dijo Welles, procurando dominar el temblor de su voz—. En cierto modo, me gustaría decir que sí lo deseaba. Pero no fui tan previsor. Me ha llevado tiempo y muchos dolores comprender claramente el futuro.

El hombre ardiente lo observó, clavándole la mirada.

—Cuántos fuegos, Jerome, esperan ser encendidos.

—Lo sé... —replicó Jerome—.Créame..., lo sé.

—Tú y yo somos el fin del mundo.

El monstruo desgraciado reflexionó durante un instante y luego asintió lentamente. Welles exhaló un suave suspiro de alivio; la diplomacia ante el lecho de muerte funcionaba. Pero no podía perder el tiempo en conversaciones. Si Jerome estaba allí, las autoridades no andarían lejos.

—Amigo mío, tengo una tarea urgente que cumplir —le dijo con calma—. ¿Te parecerá una descortesía si continúo con mi trabajo?

Sin esperar su respuesta, abrió otra jaula y sacó al mono condenado, girando diestramente su cuerpo para facilitar la aplicación de la inyección. El animal se agitó violentamente entre sus brazos y luego murió. Welles desenganchó los deditos del mono de su camisa y lanzó el cuerpo y la hipodérmica vacía sobre el banco, volviéndose con destreza de verdugo en busca de su siguiente víctima.

—¿Por qué? —preguntó Jerome, mirando los ojos abiertos del animal.

—Por piedad —repuso Welles, recogiendo otra hipodérmica—. Puedes ver cuánto sufre.

Tendió la mano para abrir la siguiente jaula.

—No lo haga —le dijo Jerome.

—No hay tiempo para sentimentalismos —repuso Welles—. Te ruego que no insistas.

«Sentimentalismos», pensó Jerome, recordando vagamente las canciones de la radio que habían reavivado en él el fuego la primera vez. ¿Acaso Welles no comprendía que los procesos del corazón, la mente y los genitales eran indivisibles? ¿Que el sentimentalismo, por trillado que fuera, podía llevar a regiones inexploradas? Quiso decírselo, explicarle todo lo que había visto y todo lo que había amado en esas horas desesperadas. Pero las explicaciones se perdieron en algún punto entre la mente y la lengua. Lo único que logró articular, para expresar la empatía que lo unía al mundo doliente, cuando Welles abrió la otra jaula fue:

—No lo haga.

El doctor no le hizo caso, y metió la mano en el interior de la celda con malla de alambre. Contenía tres animales. Agarró al que estaba más cerca y lo arrancó de los brazos de sus compañeros en medio de las protestas. Sin duda sabía el destino que le aguardaba; una ráfaga de chillidos señaló su espanto.

Jerome no podía soportar aquella eliminación casual. Avanzó para impedir la matanza; la herida del costado era un tormento. Distraído por el avance de Jerome, Welles no logró sujetar su agitada presa; el mono se puso a dar saltos por los bancos. Cuando fue en su persecución, los prisioneros de la jaula aprovecharon y huyeron.

—Maldito seas —le grito Welles a Jerome—. ¿No ves que no tenemos tiempo? ¿No lo comprendes?

Jerome lo entendía todo, y sin embargo no entendía nada. La fiebre que compartía con los animales era algo que entendía; tambien entendía que su propósito era transformar el mundo. Pero no lograba comprender por qué tenía que acabar así esa dicha, esa visión, por qué tenía que reducirse todo a una sórdida habitación llena de humo y dolor, por qué tenía que reducirse todo a la desesperación, a la flaqueza. Supo que Welles, que había sido arquitecto de esas contradicciones, tampoco lo entendía.

Cuando el doctor intentó atrapar a uno de los monos huidos, Jerome se dirigió rápidamente a las demás jaulas y las abrió; los animales saltaron a la libertad. Welles había logrado capturar a sus presas y tenia sujetos a los vociferantes monos, dispuesto a administrarles la panacea. Jerome fue hacia el.

—Déjelos en paz —le gritó.

Welles introdujo la hipodérmica en el cuerpo del mono, pero antes de que pudiera tocar el émbolo, Jerome le tiró de la muñeca. La hipodérmica escupió su veneno en el aire, y cayó al suelo: le siguió el mono, que se retorció hasta liberarse.

Jerome atrajo a Welles hacia sí y le dijo:

—Le he dicho que los deje en paz.

Por toda respuesta, Welles le dio un puñetazo en el flanco herido. A Jerome se le saltaron las lágrimas de dolor, pero continuó sujetando al doctor. El estímulo, aunque desagradable, no logró convencerlo para soltar el corazón que latía tan cerca de él. Abrazando a Welles como a un hijo pródigo, deseó que se prendiera fuego, que el sueño de la carne ardiente se convirtiera en realidad, consumiendo al creador y a su obra en una única llama purificadora. Pero la carne de Jerome no era más que carne, sus huesos no eran más que huesos. Los milagros que había presenciado habían sido una revelación exclusiva, y no había tiempo para transmitir sus glorias y sus horrores. Lo que había visto moriría con él, para ser redescubierto, quizá, por algún ente futuro, para ser olvidado y redescubierto otra vez. Como la historia de amor narrada por la radio; la misma dicha perdida y encontrada, encontrada y perdida otra vez. Miró a Welles con nuevos ojos; oyó el aterrado latido de su corazon. El doctor se equivocaba. Si dejaba que viviera, se enteraría de su error. No eran vaticinadores del milenio. Ambos habían estado soñando.

—No me mates —suplicó Welles—. No quiero morir.

«Sigue engañándote», pensó Jerome, y lo soltó.

Welles estaba asombrado, no podía creer que su súplica hubiera sido escuchada. Esperando recibir un golpe a cada paso que daba, se alejó de Jerome, quien se limitó a darie la espalda al doctor y alejarse a su vez.

Desde abajo llegó un grito, y luego muchos más. La policía, adivinó Welles. Seguramente habrían encontrado el cuerpo del oficial que montaba guardia en la puerta. No tardarían en subir. No quedaba tiempo para concluir el trabajo que había venido a realizar. Tenía que alejarse antes de que llegaran.

En el piso de abajo, Carnegie vio desaparecer escalera arriba a los oficiales armados. El aire olía a quemado; temió lo peor.

«Yo soy el hombre que llega después de los sucesos —pensó—; me paso la vida llegando al lugar del crimen cuando ya ha pasado lo mejor.» Acostumbrado como estaba a esperar, paciente como un perro leal, esta vez no logró controlar la ansiedad mientras los otros avanzaban. Haciendo caso omiso de las voces que le aconsejaban esperar, comenzó a subir la escalera.

El laboratorio del piso superior se hallaba vacío; sólo estaban los monos y el cadáver de Johannson. El toxicólogo había caído de bruces con el cuello roto. La salida de emergencia, que daba a una escalera de incendios, estaba abierta; el vano de la puerta se chupaba la humareda. Cuando Carnegie se alejó del cuerpo de Johannson, los oficiales ya estaban en la escalera de incendios, gritando a sus colegas de abajo que buscaran al fugitivo.

—¿Señor?

Carnegie miró al hombre que se le había acercado.

—¿Qué es eso?

El oficial señaló al otro extremo del laboratorio, a la sala de pruebas. En la ventana había alguien asomado. Carnegie reconoció las facciones, aunque habían cambiado mucho. Era Jerome. Al principio creyó que lo miraba, pero un breve examen le hizo desechar la idea. Jerome miraba su propia imagen reflejada en el vidrio manchado, con los ojos anegados en lágrimas. Mientras Carnegie lo observaba, la cara se alejó hacia las sombras de la sala.

Otros oficiales habían notado tambien la presencia del hombre. Se distribuyeron por el laboratorio, tomando posiciones detrás de los bancos, desde donde podían apuntar bien a la puerta, y prepararon las armas. En otras ocasiones Carnegie había estado presente en situaciones parecidas; eran situaciones con un impulso propio y terrible. A menos que interviniera, se derramaría sangre.

—Alto, no disparen —ordenó.

Apartó al oficial que protestaba y comenzó a cruzar el laboratorio, sin ocultar su avance. Dejó atrás los fregaderos en los que ardían los restos de Niño Ciego, y el banco debajo del cual, hacia mucho tiempo, había encontrado muerta a Dance. Un mono con la cabeza gacha se arrastró delante de él, aparentemente sordo a la proximidad de Carnegie. Dejó que la bestia encontrara un agujero donde morir, y luego avanzó hacia la puerta de la sala de pruebas. Estaba entornada. Puso la mano en el picaporte. A sus espaldas, el laboratorio se sumió en un completo silencio; todos los ojos estaban pendientes de él. Abrió la puerta de un empellón. Todos los índices tocaron los gatillos. No se produjo ningún ataque. Carnegie entró.

Jerome estaba de pie, apoyado contra la pared de enfrente. Si vio entrar a Carnegie, o si lo oyó, no dio señales de ello. A sus pies yacía un simio muerto; seguía sujetándole el dobladillo del pantalón con una manita. En un rincón había otro mono, lloriqueando con la cabeza entre las manos.

—¿Jerome?

¿Sería la imaginación de Carnegie, o había olor a fresas?

Jerome parpadeó.

—Queda usted arrestado —le informó Carnegie, y pensó que Hendrix apreciaría la ironía de la frase.

El hombre apartó la mano ensangrentada de la herida del costado, se la llevó a la bragueta y comenzó a acariciarse.

—Es demasiado tarde —repuso.

Sintió elevarse en él el último fuego. Si el intruso decidía atravesar la cámara y arrestarlo, los próximos segundos le impedirían la captura. La muerte estaba allí. Y ahora que la veía con claridad, ¿qué era? Otra seducción, otra dulce oscuridad que llenar, a la que dar placer y fertilizar.

Un espasmo le recorrió el perineo; un relámpago partió en dos direcciones desde ese lugar, subiéndole por el falo y por la columna vertebral. Una risotada salió de su garganta.

En el rincón de la sala, al oír la risa de Jerome, el mono comenzó a lloriquear otra vez. El sonido atrajo momentáneamente la atención de Carnegie, y cuando volvió a mirar a Jerome, los ojos miopes se habían cerrado, la mano había caído a un lado, y estaba muerto, de pie contra la pared. Durante un momento el cuerpo desafió la gravedad. Después, las piernas se doblaron con gracia y Jerome cayó hacia adelante. Carnegie notó que era un saco de huesos, o poco más. Era asombroso que hubiera vivido tanto.

Cautelosamente, se acercó al cuerpo y le puso el dedo en el cuello. No latía. Los restos de la última risotada de Jerome quedaron en su cara, negándose a desvanecerse.

—Dime una cosa... —susurró Carnegie al hombre, presintiendo que a pesar de haberse adelantado se había perdido lo mejor, que seguía siendo y que quizá seguiría siendo siempre un mero espectador de las consecuencias—. ¿Cuál era el chiste?

Pero el niño ciego, como tenían por costumbre los de su clan, no se lo dijo.