Conocí a Clive Barker cuando tenía doce años. Mi papa tenía en su almacén una caja llena de libros cuya procedencia desconocía. Busqué entre ellos algo que me hiciera olvidar del mundo y encontré dos libros. En uno había dos textos de Stephen King “El cuerpo” y “Cuento de invierno”. Fue la primera lectura que hice de King, y sin dudas la mejor. Ese libro se perdió muy pronto de mi cuarto como todas las cosas buenas y malas de mi niñez, pero recuerdo esos títulos fotográficamente. Cuento de invierno me impactó demasiado por muchas noches y recuerdo tan bien su contenido que podría relatarlo en detalle, pese a que ya voy para los 30 y nunca más lo he leído. El otro libro se llamaba “Sangre” de Clive Barker. Un libro negro, pasta dura, del círculo de lectores. La fotografía de la carátula (convenientemente grotesca) no prefiguraba ni de cerca lo que había entre sus páginas. Mi cerebro se dedico a absorber lo que salía de ellas y al final del día tenía la mente tan azucarada de placer que creo no volví a leer más por un mes entero.

Dicho por él mismo, la literatura de Barker es de excesos y no hay nada más que decir al respecto. Salvo leerlo para comprender a qué se refiere.

Tal vez a los 17 años asistí a una reunión informal de jóvenes adictos a la lectura literaria y mencioné a C. Barker y a S. King. Hasta ese momento todos me habían ignorado, pero entonces, salvo una que otra sonrisa mal reprimida, recibí las miradas de asco y rechazo más contundentes que se me habían dirigido hasta ese momento. Sorprendentemente ahora todos tenían algo que decirme: eso no era literatura, como era posible que yo dedicara tiempo a leer “best sellers” superficiales, la literatura de terror es de segundo nivel, mierda consumista que no tenía nada que ver con el arte. Como podía mencionar esos nombres al lado de Cortazar y García Márquez.

Yo no hablaba de literatura sino de obsesiones. Nadie me comprendió, y así hasta hoy.

martes, 8 de enero de 2008

LA ERA DEL DESEO













El hombre en llamas bajó precipitadamente la escalera de los Laboratorios Hume cuando el coche de la policía, que según él acudía atraído por la alarma que Welles o Dance habían hecho sonar en el piso de arriba, apareció en el portal y entró por el sendero. Mientras se alejaba a la carrera de la puerta, el coche chirrió junto a la escalera y escupió su carga humana. Esperó en las sombras, exhausto y demasiado aterrado como para continuar corriendo, seguro de que lo verían. Pero los hombres desaparecieron por las puertas giratorias sin siquiera echar una mirada hacia su tormento. Se preguntó si en realidad se estaría quemando. Si aquel horripilante espectáculo —su carne bautizada por una llama nítida que ardía pero no lograba consumirse— no sería una mera alucinación exclusiva para sus ojos. Si era así, todo lo que le había pasado en el laboratorio también había sido un delirio. Tal vez no había cometido los crímenes de los que había huido, con el calor en la carne lamiéndole de tal forma que le provocaba el éxtasis.

Se miró el cuerpo. Donde había quedado expuesta,la piel estaba moteada de puntos lívidos de fuego, pero uno por uno se fueron borrando. Notó que se apagaba como una hoguera olvidada. Las sensaciones que habían afluido a su cuerpo tan intensas y exigentes que le causaban dolor y a la vez placer abandonaron finalmente sus terminaciones nerviosas, dejandole un entumecimiento por el que se sintió agradecido. Su cuerpo surgía ahora de debajo del velo de fuego; estaba en un estado lamentable. Tenía la piel como un mapa de rasguños, las ropas hechas jirones, las manos pegajosas de sangre coagulada, sangre que él sabía que no le pertenecía. No había modo de evitar la amarga verdad. Había hecho todo lo que se había imaginado. En ese mismo momento los funcionarios estarían mirando perplejos su atroz obra.

Salió de su escondite, junto a la puerta, y bajó por el sendero, manteniéndose alerta por si regresaban los dos policías; pero no volvió a verlos. Detras del portal, la calle estaba desierta. Echó a correr. Había dado unas cuantas zancadas cuando repentinamente la alarma del ediflcio dejó de sonar. Durante unos segundos, los oídos le sonaron en simpatía con el timbre acallado. Luego, misteriosamente, empezo a oír el sonido del calor —el murmullo subrepticio de las ascuas—, lo bastante lejano como para no sentir miedo, aunque cercano como sus propios latidos.

Avanzó cojeando, para interponer entre él y sus crímenes una distancia adecuada, antes de que los descubrieran; pero aunque corriera de prisa, el calor lo acompañaba, resguardado en algún recoveco de sus entrañas, amenazando a cada paso desesperado con volver a quemarlo.

Cuando McBride desconectó la alarma, Dooley tardó varios segundos en identificar el alboroto proveniente del piso superior. Eran los chillidos agudos de los monos, y procedían de una de las muchas habitaciones que daban al corredor de su derecha.

—¡Virgil! —gritó por el hueco de la escalera—. Sube.

Sin esperar a que su compañero llegase, Dooley se dirigió hacia la fuente del ruido. En mitad del corredor, el olor de la alfombra nueva dio paso a una combinación más punzante: orina, desinfectante y frutas podridas. Dooley aminoró la marcha; no le gustaba el olor, ni la histeria que presentía en el griterío de los monos. McBride tardaba en acudir a su llamada, y tras dudar un momento, la curiosidad de Dooley pudo más que su inquietud. Con la mano en la porra, se acercó a la puerta abierta y entró. Su aparición desencadenó en los animales otra ola de frenesí. Una docena de aquellas bestias eran monos Rhesus. Se lanzaban contra los barrotes de las jaulas, saltaban y gritaban como posesos, sacudiendo la tela metálica. Su excitación era contagiosa. Dooley sintió que el sudor comenzaba a brotarle de los poros.

—¿Hay alguien aquí? —gritó.

La única respuesta provino de los prisioneros: más histeria, más sacudidas de las jaulas. Los miró desde la puerta. Ellos le devolvieron la mirada, mostrándole los dientes, y Dooley no supo precisar si era en señal de bienvenida o como muestra de temor; pero no quiso poner a prueba sus intenciones. Se mantuvo bien alejado del banco en el que se encontraban alineadas las jaulas y comenzó un registro somero del laboratorio.

—Me gustaría saber que carajo es ese olor —comentó McBride al aparecer en la puerta.

—Procede de los animales —repuso Dooley.

—¿No se lavan nunca? Malditos asquerosos.

—¿Hay algo abajo?

—No —respondió Meflride, acercándose a las jaulas. Los simios reaccionaron al avance con más acrobacias—. Sólo la alarma.

—Aquí arriba tampoco hay nada —dijo Dooley.

E iba a agregar: «No hagas eso», para evitar que su compañero pusiera el dedo en la tela metálica, pero antes de que pudiera hacerlo, uno de los animales le aferró el dedo y lo mordió. McBride luchó con el simio para recuperar el dedo y, como venganza, golpeó la tela metálica. Chillando su ira, el ocupante danzó con su menudo cuerpecito un lunático fandango que amenazó con lanzar al suelo al simio y su jaula.

—Tendrás que ponerte la antitetánica —le advirtió Dooley.

—¡Joder! —exclamó McBride—, ¿qué carajo le pasa al muy cabrón?

—A lo mejor no le gustan los extraños.

—Están completamente chalados —dijo McBride, meditabundo; se chupó el dedo y luego escupió—. Míralos.

Dooley no dijo nada.

—Te he dicho que los mires... —repitio McBride.

—Ven aquí —dijo Dooley en voz muy baja.

—¿Qué pasa?

—Ven aquí.

McBride apartó la vista de la fila de jaulas y miró hacia las mesas de trabajo, donde Dooley observaba el suelo con una expresion de fascinado asco. McBride dejó de chuparse el dedo y avanzó por entre los bancos y taburetes hasta donde se encontraba su cómpañero.

—Ahí abajo —murmuró Dooley.

En el suelo, a los pies de Dooley, había un zapato beige de mujer; debajo del banco estaba la dueña del zapato. A juzgar por su postura trabada, había sido escondida allí por su asesino o se había arrastrado para morir en su escondite.

—¿Está muerta? —preguntó McBride.

—Mírala, por el amor de Dios —repuso Dooley—; la han abierto por el medio.

—Tenemos que comprobar los signos vitales —le recordó McBride.

Dooley no se movió para hacerlo, de modo que McBride se agachó frente a la víctima y le tomo el pulso a nivel del cuello destrozado. No latía. Sin embargo, su piel seguía caliente. Los restos de saliva que le cubrían la mejilla no se habían secado aún.

Dooley paso el parte mientras miraba a la víctima. Las heridas más graves ocupaban la parte superior del torso, y quedaban ocultas a la vista por el cuerpo de McBride. Lo único que llegaba a ver era una masa de cabello castañorrojizo y las piernas, con un pie descalzo asomando por el escondite. Pensó que eran unas piernas hermosas y que en otros tiempos hasta podría haberle silbado a su dueña.

—Es una doctora o una técnica —dijo MeBride—; lleva una bata de laboratorio.

Lo había sido. Le habían abierto la bata de un tirón, igual que las ropas que llevaba debajo, y luego, como para completar la exhibición, le habían hecho lo mismo a la piel y la carne de debajo. McBride le echó un vistazo al pecho; tenía el esternón partido y el corazón fuera de sitio, como si el asesino hubiera querido llevárselo de recuerdo y lo hubieran sorprendido en plena faena. La estudió sin remilgos; siempre se había enorgullecido de tener un estómago a prueba de balas.

—¿Has comprobado ya que está muerta?

—Nunca he visto a nadie tan muerto.

—Carnegie está en camino —dijo Dooley, dirigiéndose a uno de los fregaderos.

Sin importarle las huellas digitales, abrió el grifo y se remojó la cara con agua fría. Cuando levantó la vista de sus abluciones, McBride había concluido su tête—â—tête con el cadáver y se dirigía hacia un banco de maquinaria.

—Por el amor de Dios, ¿qué rayos hacen aquí? —inquirió—. Fíjate en todos estos trastos.

—Parece un centro de investigacion —repuso Dooley.

—¿Y qué es lo que investigan?

—¿Cómo carajo voy a saberlo? —le espetó Dooley. La incesante cháchara de los monos y la proximidad de la mujer muerta le daban ganas de huir de allí—. Dejémoslo correr, ¿quieres?

McBride pasó por alto la petición de Dooley; la maquinaria le fascinaba. Embelesado, observó el encefalógrafo y el electrocardiografo, las unidades impresoras, de las que aún salían metros de papel en blanco que arrastraban por el suelo, la pantalla de vídeo y las consolas. La escena le recordó a Marie Celeste. Aquella nave abandonada por la ciencia que seguía canturreando para sí una canción desafinada, mientras navegaba sin capitán ni tripulación que la atendiera.

Tras el muro de equipos había una ventana que no tendría más de un metro cuadrado. McBride supuso que daría al exterior del edificio, pero al observar con mayor detenimiento notó que no era así. Detrás de la maquinaria y de la ventana había una sala de pruebas.

—¿Dooley...? —dijo, echando un vistazo a su alrededor.

Se había marchado; seguramente a recibir a Carnegie. Feliz de que lo hubiesen dejado solo para explorar, McBride centró su atencion en la ventana. En el interior no había luz. Lleno de curiosidad, rodeó el equipo acumulado hasta que encontro la puerta de la cámara. Estaba entreabierta. Entró sin titubear.

Gran parte de la luz que se filtraba por la ventana quedaba oculta por los instrumentos que había al otro lado: el interior estaba a oscuras. Pasaron unos segundos antes de que sus ojos captaran una verdadera imagen del caos reinante en la sala: la mesa vuelta patas arriba; la silla reducida a astillas; la maraña de cables y de equipo destrozado —¿serían cámaras utilizadas para filmar los procedimientos realizados allí?—, racimos de luces igualmente destrozadas. Ni siquiera un vándalo profesional habría sido capaz de un destrozo tan perfecto.

En el aire había un olor que McBride reconoció pero que no logró determinar. Se quedó quieto, exasperado por el aroma. Del corredor externo le llegó el sonido de las sirenas; Carnegie no tardaría en llegar. De repente, el aroma le sugirió una serie de asociaciones. Era el mismo olor que le punzaba la nariz cuando, después de hacerle el amor a Jessica y, como era su costumbre, después de lavarse, volvía del lavabo al dormitono. Era el olor del sexo. Sonrió.

Su cara continuaba reflejando placer, cuando un objeto pesado hendió el aire y fue a golpearle la nariz. Sintió ceder el cartílago y manar la sangre. Medio mareado, retrocedió dos o tres pasos para evitar el segundo golpe, pero con las prisas perdió el equilibrio. Cayó pesadamente sobre un montón de vidrios; levantó la vista para ver a su atacante, que blandía una barra metálica y avanzaba hacia él. La cara de aquel hombre se parecía a la de los monos: los mismos dientes amarillos, los mismos ojos rabiosos.

—¡No! —gritó el hombre, al tiempo que dejaba caer el improvisado garrote sobre McBride, quien logró aguantar el golpe con el brazo y arrebatarle el arma.

El ataque lo habla cogido desprevenido, pero el dolor de la nariz rota le provocó una furia que redobló su respuesta, y fue mucho más agresivo que su atacante. Le arrancó el garrote como quien quita un dulce a un niño y, rugiendo, se incorporó. Olvidó instantáneamente los preceptos que alguna vez le enseñaran sobre las técnicas de arresto. Dejó caer una lluvia de golpes sobre la cabeza y los hombros del atacante, obligándole a refugiarse en el interior de la sala. El hombre se acobardó ante el asalto y al cabo de unos minutos se acurrucó sollozando contra la pared. Cuando su antagonista se encontraba ya al borde de la inconsciencia, el furor de McBride se apaciguó. Permaneció de pie en el centro de la sala, respirando entrecortadamente, y observó al hombre apaleado deslizarse por la pared y caer al suelo. Había cometido un craso error. Se dio cuenta de que su atacante vestía una bata blanca y, como le gustaba decir a Dooley, estaba del lado de los ángeles.

—Mierda —dijo McBride—, mierda, mierda y mierda.

El hombre abrió los ojos y miró a McBride. Apenas le quedaba conciencia, pero una mirada de reconocimiento le cruzó la cara sombría y morena. O más bien de falta de reconocimiento.

—No es él —murmuró.

—¿Quién? —preguntó McBride, al notar que quizá estaba a tiempo de salvar su reputación de aquel fallo si lograba sacarle alguna información al testigo—. ¿Quién creyó que era?

El hombre abrió la boca, pero no dijo nada. Ansioso por oír su testimonio, McBride se agachó a su lado y le preguntó:

—¿A quién creyó que atacaba?

La boca volvio a abrirse, pero de ella no salió ningún sonido audible. McBride insistió:

—Es importante, dígame quién era.

El hombre se esforzo por responder. McBride acerco el oído a la boca temblorosa.

—Nunca —repuso el hombre. y se desmayó.

McBride se quedó allí maldiciendo a su padre, que le había legado un temperamento que probablemente viviría para lamentar. Pero al fin y al cabo, ¿para qué se vivía?

El inspector Carnegie estaba acostumbrado a aburrirse. Por cada momento de genuino descubrimiento que le había proporcionado su vida profesional, había tenido que soportar hora tras hora de espera. Esperar a que fotografiaran y examinaran los cadáveres, esperar hasta concluir un trato con los abogados e intimidar a los sospechosos. Hacía tiempo que había abandonado la lucha contra esa marea de tedio, y a su manera, había aprendido el arte de nadar con la corriente. No se podía acelerar los procesos de la investigación; había llegado a comprender que un hombre sensato dejaba que los patólogos, los abogados y todas sus tribus concluyeran sus lentos procedimientos. En la plenitud del tiempo, lo que importaba era que al scñalar con el dedo al culpable, éste se echara a temblar.

El reloj del laboratorio marcaba las doce cincuenta y tres de la noche; los simios ya se habían tranquilizado en sus jaulas, y Carnegie se sentó en uno de los bancos y esperó a que Hendrix acabara de hacer sus cálculos. El médico leyó el termómetro, luego se quitó los guantes como si fueran una segunda piel y los tiró sobre la sábana én la que yacía el cadáver.

—Siempre resulta difícil establecer la hora del fallecimiento —dijo—. Ha perdido menos de tres grados. Yo diría que lleva muerta menos de dos horas.

—Los funcionarios llegaron a las doce y cuarto —le informó Carnegie—, de modo que tal vez murió media hora antes.

—Más o menos.

—¿La pusieron allí? —preguntó, indicando el sitio debajo del banco.

—Claro. No había forma de que se ocultara ella misma, y menos con esas heridas. Son imponentes, ¿verdad?

Carnegie se quedó mirando fijamente a Hendrix. Probablemente habría visto cientos de cadáveres en todo tipo de estados. pero el entusiasmo reflejado en sus facciones crispadas era incalificable. Para Carnegie era un misterio más fascinante que el de la mujer muerta y su asesino. ¿Como era posible que alguien disfrutara tomándole la temperatura rectal a un cadáver? Era algo que lo dejaba perplejo. Pero el placer estaba allí, brillando en los ojos de aquel hombre.

—¿Y el móvil? —preguntó Carnegie.

—Es bastante explícito, ¿no le parece? Violación. Ha habido claros vejámenes, contusiones alrededor de la vagina y abundantes depositos de semen. Son muchos elementos con los que trabajar.

—¿Y las heridas del torso?

—Son irregulares, más que cortes parecen zarpazos.

—¿Y el arma?

—No lo sé. —Hendrix hizo una U invertida con la boca—. Han lacerado la carne. Si no fuera por la evidencia de violación, me inclinaría a sugerir que fue un animal.

—¿Quiere decir un perro?

—Pensaba más bien en un tigre.

—¿Un tigre? —repitió Carnegie, frunciendo el ceño.

—Era una broma —acotó Hendrix—. Vamos, Carnegie, ¿es que no tiene usted sentido de la ironía?

—No tiene nada de gracioso.

—Yo no me estoy riendo —repuso Hendrix con mirada agria.

—¿Y el hombre que encontró McBride en la cámara de pruebas?

—¿Qué pasa con él?

—¿Podría ser un sospechoso?

—Ni aunque pasaran mil años. Buscamos a un maniaco, Carnegie. Un tipo grande, fuerte, enloquecido.

—¿Las heridas fueron hechas antes o después?

—Yo qué sé —repuso Hendrix, ceñudo—. El análisis postmortem nos dará más detalles. De momento puedo decir que nuestro asesino tuvo un ataque de locura. Diría que las heridas y la violación fueron probablemente simultáneas.

Los rasgos normalmente flemáticos de Carnegie registraron algo cercano a la sorpresa.

—¿Simultáneas?

—La lujuria es algo cómico —repuso Hendrix, encogiéndose de hombros.

—Hilarante —fue la asombrada respuesta de Carnegie.

Como tenía por costumbre, Carnegie hizo que su chófer lo dejase a medio kilómetro de su casa para poder caminar y aclararse las ideas antes de llegar, tomarse el chocolate caliente y dormir. Observaba este ritual religiosamente, incluso cuando estaba molido. Se daba un paseo para desacelerarse antes de trasponer el umbral de su casa; una larga experiencia le había enseñado que llevar las preocupaciones profesionales a casa no ayudaba ni a la investigación ni a su vida doméstica. Había aprendido la lección demasiado tarde como para impedir que su mujer lo abandonara y sus hijos se alejaran de él, pero continuaba aplicando aquel principio.

Esa noche caminó lentamente, para permitir que las perturbadoras escenas de horas antes se difuminaran un poco. En su deambular, pasó delante de un pequeño cine que, segun había leído en la prensa local, iba a ser demolido. No le sorprendía. Aunque no era un cinéfilo, había podido notar que el programa que se ofrecía en aquella bolsa de pulgas había degenerado en los últimos años. El de esa semana era un claro ejemplo: dos películas de terror. Eran obras sucias, de poca calidad, a juzgar por los carteles de dibujos crudos y su desvergonzada hipérbole. ¡No podrá volver a dormir!, decía una de las frases anzuelo; debajo de ella había una mujer —muy despierta— acurrucada a la sombra de un hombre de dos cabezas. Qué imágenes tan triviales conjuraban los populistas para asustar un poco a sus audiencias. Los muertos en vida, la naturaleza desbordada y enloquecida en un mundo de miniaturas; chupadores de sangre, presagios, seres que caminaban por el fuego, tormentas, y todas las tonterías ante las que el respetable se asustaba. Todo era tan risueñamente trillado... Entre aquel catálogo de horrores baratos no había siquiera uno que igualara la banalidad del apetito humano, horror que, junto con sus consecuencias, veía cada semana de su vida laboral. Al pensar en ello, por su imaginación fueron pasando decenas de fotos: los muertos vistos a la luz de una linterna, boca abajo y relegados al olvido; y los vivos también, que en su imaginación aparecían con hambre en los ojos, hambre de sexo, de narcóticos, de dolor ajeno. ¿Por qué no ponían eso en los carteles?

Cuando se acercaba a su casa, un niño gritó en las sombras, junto al garaje; el grito lo detuvo en seco. Se repitió, pero esta vez lo reconoció. No era un niño, sino un gato, o varios gatos, que intercambiaban sus llamadas amorosas en el callejón oscuro. Se acercó y los ahuyentó. Sus secreciones venéreas dejaron un mal olor en el callejón. No tuvo necesidad de gritar: golpeó el suelo con el pie, y eso bastó para asustarlos. Se lanzaron en todas direcciones. No eran sólo dos, sino media docena; al parecer, se trataba de una orgía con todas las de la ley. Sin embargo, había llegado demasiado tarde; el hedor de sus seducciones era arrebatador.

Carnegie observó con la mirada en blanco el complicado despliegue de monitores y grabadores de vídeo que dominaba su despacho.

—¿Qué diablos es todo esto? —preguntó.

—Las cintas de vídeo —repuso Boyle, el número dos—. Son del laboratorio. Creo que debería echarles un vistazo.

Aunque hacía siete meses que trabajaban en equipo, Boyle no era uno de los funcionarios favoritos de Carnegie; se le olía la ambición en la piel tersa. En una persona que tuviera la mitad de sus años, semejante codicia habría sido reprochable, pero en un hombre de treinta, rayaba en lo obsceno. Esa exhibición —el equipo listo para recibir a Carnegie cuando llegara a las ocho de la mañana— era justo el estilo de Boyle: redundante y ostentoso.

—¿A qué viene tanta pantalla? —inquirió Carnegie en tono acre—. ¿También voy a oírlo en estéreo?

—Es que había tres cámaras filmando al mismo tiempo. Cubrían el experimento desde varios ángulos.

—¿Qué experimento?

Boyle hizo un ademán para indicarle a su superior que tomara asiento. «Obsequioso hasta el final —pensó Carnegie—. Para lo que te va a servir...»

—Adelante —le dijo Boyle al técnico que manejaba los grabadores—. Páselo.

Carnegie bebió a pequeños sorbos el chocolate caliente que había traído consigo. Era una debilidad rayana en la adicción. Cuando la máquina que lo suministraba se averió, llegó a ser un hombre muy, pero muy infeliz. Miró las tres pantallas. De repente, aparcció un título. Proyecto Niño Ciego, decía. Confidencial.

—¿Niño Ciego? repitió Carnegie—. ¿Qué o quién es?

—Está claro que se trata de algún código —repuso Boyle.

—Niño Ciego. Niño Ciego —repitió Carnegie como para dominarlo.

Pero antes de que lograse resolver el problema, en las tres pantallas surgieron las imágenes. Presentaban al mismo sujeto —un hombre de gafas, de menos de treinta años, sentado en una silla—, pero cada una lo mostraba desde un ángulo diferente. En una aparecía el sujeto de cuerpo entero y de perfil; en la segunda, la imagen mostraba tres cuartos del cuerpo, y estaba tomada desde un angulo superior. y la tercera. un primer plano de la cabeza y los hombros del sujeto, tomado a traves del cristal de la cámara de pruebas y de frente. Las tres imágenes eran en blanco y negro, y ninguna estaba centrada ni enfocada del todo. Mientras las cintas comenzaban a pasar, alguien siguió ajustando esos detalles técnicos. Se oyó un fondo de conversacion informal entre el sujeto y la mujer –a pesar de sus breves apariciones, se veía que era la víctima—, mientras ésta le aplicaba unos electrodos en la frente. Resultaba difícil entender lo que hablaban; la acústica de la cámara dejó con las ganas al micrófono y al espectador.

—La mujer es la doctora Dance —indicó Boyle—. La víctima.

—Ya —dijo Carnegie, observando atentamente las pantallas—. La he reconocido. ¿Cuánto dura esta preparación?

—Bastante, y en su mayor parte es poco constructiva.

—Pasemos a la parte constructiva, pues.

—Avance —dijo Boyle. El técnico obedeció, y los actores de las tres pantallas se convirtieron en comediantes gritones—. ¡Pare! —Ordenó Boyle—. Retroceda un poco. —El técnico hizo lo que le mandaban—. ¡Ahí! —ordenó Boyle—, pare ahí. Y ahora póngalo a velocidad normal. —La acción volvió a su ritmo natural—. Aquí es donde comienza todo.

Carnegie se había terminado el chocolate caliente; con el dedo, recogió la película suave depositada en el fondo de la taza y se lo lamió. En las pantallas, la doctora Dance se había acercado al sujeto con una jeringa en la mano; le pasó un algodón por el antebrazo y le inyectó. No era la primera vez desde que visitara los Laboratorios Hume que Carnegie se preguntaba qué hacían exactamente en ese establecimiento. ¿Era ese tipo de procedimiento de rigor en la investigación farmacéutica? El secreto del experimento —a altas horas de la noche en un edificio desierto— sugería que no. Estaba además el imperativo del tílulo: Confidencial. Lo que veían en aquel momento no había sido concebido para ser proyectado en público.

—¿Se encuentra cómodo? —preguntó un hombre que no aparecía en pantalla.

El sujeto asintió. Le habían quitado las gafas, y sin ellas parecía un tanto absorto. Una cara corriente, penso Carnegie; el sujeto —aún no nombrado— no era ni un Adonis ni un Quasimodo. Se contrajo ligeramente y el sucio cabello rubio le tocó los hombros.

—Me encuentro bien, doctor Welles —repuso al interrogador que no aparecía en pantalla.

—¿No siente calor? ¿No suda?

—No —repuso el conejillo de Indias, como disculpándose—. Siento lo corriente.

«Justo lo que tú eres». pensó Carnegie. Dirigiéndose a Boyle, preguntó:

—¿Ha visto las grabaciones hasta el final?

—No, no las he visto. Creí que querría verlas usted primero. Solo las pasé hasta la inyección.

—¿Hay novedades del hospital sobre el doctor Welles?

—En el último parte decían que continuaba en coma.

Carnegie gruñó y volvió a concentrarse en las pantallas. Después de la actividad provocada por la inyección, la película volvía ahora a carecer de acción: las tres cámaras estaban fijas en el sujeto miope, con sus ojos como abalorios: ocasionalmente, el tedio se veía interrumpido por el doctor Welles, que preguntaba al sujeto como se sentía. La respuesta era la misma. Al cabo de tres o cuatro minutos de inacción, hasta el mas mínimo parpadeo del sujeto comenzó a adquirir un significado dramático.

—El argumento no es muy bueno —comentó el técnico.

Carnegie se echo a reír; Boyle se mostró incómodo. Pasaron dos o tres minutos más sin cambios.

—No parece muy esperanzador —dijo Carnegie—. ¿Quiere pasarla a más velocidad?

El técnico se disponía a obedecer, cuando Boyle dijo:

—¡Espere!

Carnegie miró en su dirección, irritado por su intervención. y luego volvió a concentrarse en las pantallas. Algo ocurría: una sutil transformación se había iniciado en las insípidas facciones del sujeto. Había empezado a sonreír tontamente, y se hundía en la silla como si sumergiera el cuerpo delgado en un baño caliente. Sus ojos, que hasta ese momento habían expresado poco más que una indiferencia afable, comenzaron a cerrarse, y una vez cerrados, a abrirse de nuevo. Al hacerlo, se reflejaba en ellos una condición antes inexistente: un hambre que parecía salirse de la pantalla e inundar el despacho del inspector.

Carnegie dejó la taza de chocolate y se acercó a las pantallas. Al hacerlo el sujeto también se levantó de la silla y caminó hasta el cristal de la sala, con lo que dos de las camaras dejaron de filmarlo. La tercera, sin embargo, continuó captando su imagen cuando apretó la cara contra la ventana, y por un momento, los dos hombres se enfrentaron a través de las capas de cristal y tiempo, como si sus miradas se encontraran.

La mirada reflejada en aquella cara era crítica: el hambre superaba rápidamente el control de la cordura. Con los ojos ardientes, apoyó los labios contra la ventana de la sala y la besó con la lengua.

—¿Qué diablos está pasando? —preguntó Carnegie.

En la banda de sonido comenzaron a aparecer diversas voces: el doctor Welles le pedía en vano al sujeto que expresara sus sensaciones, mientras Dance iba recitando en voz alta las cifras de los diversos instrumentos de control. Resultaba difícil oír con claridad —el alboroto se vio aumentado por una erupción de chácharas de los simios enjaulados—, pero era evidente por la lectura que los valores procedentes del cuerpo del hombre subían. Tenía la cara enrojecida; la piel le brilló con un repentino sudor. Parecía un mártir a cuyos pies acabaran de encender la hoguera, enloquecido por un éxtasis fatal. Dejó de besar la ventana con la lengua y se arrancó los electrodos de las sienes y los sensores de los brazos y el pecho. Con voz alarmada, Dance le ordenó que se detuviera. Luego salió del campo de enfoque de la cámara y, según supuso Carnegie, entró en la sala de pruebas.

—Será mejor que no lo haga —dijo el policía, como si aquel drama siguiera sus órdenes y, al menor deseo, pudiera evitar la tragedia.

Obviamente, la mujer no hizo caso. Poco después aparecía de cuerpo entero, cuando entraba en la cámara. El hombre se adelantó para recibirla, derribando el equipo mientras lo hacía. La mujer gritó, tal vez su nombre. Si fue así, resultó inaudible, tal era el alboroto que montaron los monos.

—Mierda —dijo Carnegie, al tiempo que el sujeto agitaba los brazos ante la cámara que captaba el perfil y luego ante la otra que captaba tres cuartos del cuerpo.

Dos de los tres monitores quedaron sin imagen. Sólo siguió funcionando la cámara que estaba segura en el exterior de la sala, pero como filmaba muy de cerca sólo permitía ver ocasionalmente algún que otro movimiento de los cuerpos. El sobrio ojo de la cámara continuó mirando irónicamente la saliva embadurnada en el cristal de la ventana de la sala, ciega a las atrocidades que se cometían a escasos metros de su objetivo.

—¿Qué cuernos le dieron? —preguntó Carnegie cuando, fuera de cámara, los gritos de la mujer lograron superar los chillidos de los monos.

Jerome se despertó a primeras horas de la tarde; se sentía magullado y tenía hambre. Cuando apartó la sábana de su cuerpo se asombró al comprobar su estado: tenía el torso cubierto de arañazos y la zona de las ingles en carne viva. Dando un respingo, se acerco al borde de la cama y permaneció un rato sentado, intentando recomponer los acontecimientos de la noche anterior. Recordaba haber ido a los Laboratorios Hume, pero después de eso, muy poco más. Hacía meses que trabajaba como conejillo de Indias, vendiendo su sangre, su comodidad y su paciencia para complementar sus escasos ingresos como traductor. Aquel arreglo había comenzado gracias a un amigo que realizaba un trabajo similar, pero mientras Figley formaba parte del programa principal de los Laboratorios, al cabo de una semana los doctores Welles y Dance le habían propuesto a Jerome que trabajara exclusivamente para ellos, previa realización de una batería de pruebas psicológicas. Desde el comienzo había quedado claro que su proyecto (jamas le habían dicho la finalidad del mismo) era secreto, y que le exigían total dedicacion y discrecion. Le hacía falta el dinero, y la recompensa ofrecida era ligeramente mejor de lo que pagaban los Laboratorios, de modo que había aceptado, a pesar de que lo obligasen a trabajar durante horas solitarias. Hacía varias semanas que le habían pedido que acudiera al centro de investigación por las noches, y trabajaba hasta altas horas de la madrugada, soportando las interminables preguntas de Welles acerca de su vida privada, y la mirada helada de Dance.

Al pensar en aquella mirada helada, sintió un temblor. ¿Sería porque en cierta ocasión había abrigado la tonta idea de que lo contemplaba con más cariño del debido en una doctora? Aquel engaño era lamentable, se dijo en tono burlón. No era de los que hacían soñar a las mujeres, y cada día que salía a la calle se afirmaba más esta convicción. En su vida adulta no recordaba una sola ocasión en que una mujer se hubiera fijado en él sin apartar la vista, ni una sola vez en que le devolvieran una de sus miradas apreciativas. No estaba seguro de por qué se preocupaba por eso ahora; su vida sin amor era ya un tópico, y lo sabía. Por otra parte, la naturaleza había sido amable; sabedora de que le había sido negado el don de la atracción, había considerado oportuno disminuirle la libido. Pasaban semanas sin que sus pensamientos conscientes se vistieran de luto por la forzada castidad.

De vez en cuando, cuando oía rugir las tuberías, se preguntaba qué aspecto tendría la señora Morrisey, la casera, cuando se bañaba; incluso imaginaba la firmeza de sus pechos enjabonados, o la oscura raja de su trasero cuando se agachaba para ponerse talco entre los dedos de los pies. Pero, dichosamente, esos tormentos eran infrecuentes. Y cuando la copa estaba a punto de rebosar, se metía en el bolsillo el dinero ahorrado con las sesiones de los Laboratorios y pagaba una hora de compañía a una mujer llamada Angela (nunca había sabido su apellido), que vivía en la calle Greek.

Pensó que pasarían varias semanas antes de que volviera a hacerlo; fuera lo que fuese lo que se había hecho la noche anterior, o mejor dicho, lo que le habían hecho, las magulladuras, por sí solas, habían estado a punto de dejarlo baldado. La única explicación creíble —aunque no recordaba ningún detalle— era que le habían dado una paliza al regresar de los Laboratorios; eso o que se había metido en un bar y alguien le había provocado. Ya le había sucedido alguna que otra vez. Tenía una cara que despertaba al provocador que los borrachos llevaban dentro.

Se puso de pie y, tambaleante, se dirigió al pequeño cuarto de baño, ubicado junto a su habitación. Las gafas no estaban en el sitio acostumbrado, junto al espejo, y su reflejo apareció lamentablemente borroso; sin embargo, resultó claro que tenía la cara tan arañada como el resto de su anatomía. Y algo más: por encima de la oreja izquierda le habían arrancado un mechón de pelo, y por el cuello le bajaba un hilo de sangre coagulada. Con mucho dolor, se dedicó a limpiarse las heridas y a bañarlas con una punzante solución antiséptica. Concluida la tarea, regresó a la sala dormitorio a buscar las gafas. Por más que buscó y buscó, no logró encontrarlas. Maldiciendo su idiotez, rastreó entre sus pertenencias y desenterró las gafas viejas. La graduación ya no le iba bien porque su vista había empeorado mucho desde que las llevara por última vez, pero al menos logró que todo lo que le rodeaba estuviera más enfocado.

Le había asaltado una indudable melancolía, mezcla del dolor y de los indeseados pensamientos sobre la señora Morrisey. Para mantener a raya sus sentimientos íntimos, puso la radio. Surgio una voz suave cargada de los paliativos de costumbre. Jerome siempre había despreciado la música popular y a sus apólogos, pero en ese momento, mientras vagaba por su habitación, desnudo porque no quería ponerse la ropa para que no le provocara más dolores, las canciones comenzaron a inspirarle algo muy distinto de la sorna. Era como si oyera la letra y la música por primera vez, como si toda su vida hubiera sido sordo a esos sentimientos. Embelesado, se olvidó de su dolor y se puso a escuchar. Las canciones hablaban de la misma y obsesiva historia: del amor perdido y encontrado, para volver a perderlo otra vez. Las letras llenaron las ondas de metáforas, en su mayoría ridículas, pero no por ello menos potentes. Hablaban de paraísos, de corazones ardientes, de pájaros, de campañas, de viajes, de puestas de sol, de la pasión como locura, como vuelo, como tesoro inimaginado. Las canciones y sus fatuos sentimientos no lo calmaron; lo torturaron al evocar, a pesar de la débil rima y la melodía trillada, un mundo encantado por el deseo. Se puso a temblar. Sus ojos, fatigados (o al menos así reflexionó él) por las gafas viejas, comenzaron a engañarlo. Era como si viera rastros de luz en su piel: de la punta de los dedos le brotaban chispas.

Se miró las manos y los brazos; la ilusión, lejos de desaparecer bajo aquel escrutinio, no hizo más que aumentar. Unos puntos luminosos, como las llamas de fuego en las cenizas, comenzaron a subirle por las venas, multiplicándose bajo su mirada. Por curioso que pareciera, no sentía ninguna molestia. Aquel fuego creciente no hacía sino reflejar la pasión de que le hablaban las canciones: el amor, decían, estaba en el aire, a la vuelta de cada esquina, esperando. Volvió a pensar en la viuda Morrisey del apartamento de abajo, dedicada a sus tareas, suspirando, sin duda, igual que suspiraba él, esperando a su héroe. Cuanto más pensaba en ella, más se inflamaban sus animos. No lo rechazaría, las canciones lo convencieron de ello; y si lo hacía, debería insistir hasta que se le rindiera (tal como volvían a prometer las canciones). De repente, al pensar en la rendición de la señora Morrisey, lo envolvió el fuego. Dejo la radio puesta y bajó la escalera riendo.

Habían tardado parte de la mañana en reunir una lista de las personas utilizadas por los Laboratorios en las pruebas. Carnegie notó la renuencia de la empresa a abrir sus archivos a la investigación, a pesar de los horrores perpetrados en su edificio. Finalmente, poco despues de mediodía, completaron rápidamente una lista con los nombres y las direcciones de los sujetos: cincuenta y cuatro en total. Ninguno de ellos, le informaron los empleados de la oficina, coincidía con la descripción del sujeto de Welles. Le explicaron que estaba claro que los doctores habían utilizado las instalaciones para trabajar en proyectos privados. Aunque la política de la empresa no estimulaba estas actitudes, ambos profesionales eran investigadores avezados y por eso les dejaban cierta libertad de acción. Por lo tanto, era probable que el hombre que Carnegie buscaba no hubiera figurado nunca en la nómina de los Laboratorios. Impertérrito, Carnegie ordenó que hicieran una serie de fotos a partir del vídeo y las hizo distribuir —con la lista de nombres y direcciones— entre sus oficiales. A partir de ese momento todo era cuestión de trabajo de a pie y paciencia.

Leo Boyle pasó el dedo por la lista de nombres que le habían dado.

—Catorce más —dijo. Su chófer gruñó y Boyle le echó un vistazo—. Tú eras compañero de McBride, ¿no es cierto?

—Así es —repuso Dooley—. Lo han suspendido.

—¿Por qué?

—Por falta de delicadeza —repuso Dooley, frunciendo el ceño—. Virgil no logra captar la técnica de arresto.

Dooley paró el coche.

—¿Es aquí? —preguntó Boyle.

—Dijiste número ochenta. Aquí es el ochenta. Míralo: ocho cero.

—Tengo ojos.

Boyle bajó del coche y subió por el sendero. La casa era espaciosa y había sido dividida en apartamentos; había varios timbres. Pulso el de J. Tredgold —el nombre que figuraba en la lista— y esperó. De las cinco casas que había visitado hasta ese momento, dos estaban ocupadas, y los residentes de las tres restantes no se parecían en nada al sospechoso.

Boyle esperó unos segundos en la entrada y luego volvió a llamar, esta vez con un timbrazo más prolongado.

—No hay nadie —le dijo Dooley desde la acera.

—Eso parece.

Al decir esto, Boyle vio por el rabillo del ojo una figura que cruzaba el vestíbulo; su silueta quedo distorsionada por el cristal translúcido de la puerta.

—Espera un momento —dijo.

—¿Qué ocurre?

—Hay alguien ahí dentro y no quiere contestar.

Volvió a pulsar el primer timbre y luego los restantes. Dooley se acercó, espantando una avispa demaiado afectuoa.

—¿Estás seguro? —preguntó.

—He visto a alguien ahí dentro.

—Llama a los otros timbres —sugirió Dooley.

—Ya lo he hecho. Ahí dentro hay alguien y no quiere abrir. –Golpeó en el cristal—. Abran, policía —anunció.

«Qué listo —pensó Dooley—; ¿por qué no grita más fuerte, así se enteran tambien en el paraíso?» Cuando la puerta, como era previsible, continuó cerrada, Boyle se volvió hacia Dooley y le preguntó:

—¿Hay algún portón lateral?

—Sí.

—Entonces entra por ahí. Date prisa, antes de que se escape.

—¿No deberíamos pedir...?

—¡Obedece! Me quedaré aquí vigilando. Si puedes entrar por detrás, ven a abrir la puerta.

Dooley se marchó y dejó a Boyle solo en la puerta principal. Volvió a dar una serie de timbrazos y haciéndose sombra con las manos en la frente, aplicó la cara al cristal. En el vestíbulo no había señales de movimiento. ¿Era posible que el pájaro hubiera volado? Retrocedió por el sendero y observó las ventanas: éstas le devolvieron una mirada vacía. Había pasado el tiempo suficiente como para que Dooley llegara a la parte trasera de la casa, pero todavía no había llamado ni había vuelto a aparecer. Inmovilizado donde estaba, y nervioso porque su táctica le hubiera hecho perder la presa, Boyle decidió dirigirse a la parte trasera de la casa.

Dooley había dejado abierto el portón lateral. Boyle avanzó por el corredor; miró a través de una ventana y vio una sala vacía antes de proseguir hacia la puerta trasera. Estaba abierta. Sin embargo, no había señales de Dooley. Boyle se metió en el bolsillo la foto y la lista y entró; no quiso llamar a Dooley por temor a que su grito alertara al malhechor, y el silencio lo puso aún más nervioso. Cauteloso como un gato caminando sobre cristales rotos, atravesó el apartamento, pero todas las habitaciones estaban vacías. Ante la puerta del apartamento que daba al vestíbulo en el que había visto la silueta por primera vez, se detuvo. ¿Dónde se habría metido Dooley? Al parecer había desaparecido.

Entonces oyó un gruñido detras de la puerta.

—¿Dooley? —inquirió.

Otro gruñido. Entró en el vestíbulo. Vio tres puertas más. todas cerradas; posiblemente serían otros apartamentos, o salas dormitorio. Sobre el felpudo de fibra de coco, ubicado ante la puerta principal, estaba la porra de Dooley, abandonada como si su dueño hubiera emprendido la huida. Boyle se tragó sus miedos y se internó en el corredor. Volvió a oír la queja, más cerca esta vez. Miró a su alrededor y echó un vistazo a la escalera. Allí. en el descansillo, yacía Dooley. Estaba semiinconsciente. Habían intentado quitarle las ropas de un modo brutal; grandes porciones de su fofa anatomía inferior estaban al descubierto.

—¿Qué ocurre, Dooley? —inquirió Boyle, acercándose al pie de la escalera.

El oficial oyó su voz y se dio la vuelta rodando. Sus ojos nublados se abrieron aterrados al ver a Boyle.

—Tranquilo, hombre, soy yo —le dijo éste.

Boyle se dio cuenta demasiado tarde de que Dooley no lo miraba a él, sino a algo que había a sus espaldas. Cuando giró sobre sus talones para ver qué asustaba a Dooley, una silueta lo atropelló como un ariete. Maldiciendo y sin aliento, Boyle cayó al suelo. Se arrastró durante unos segundos antes de que su atacante lo agarrara por la chaqueta y el pelo y lo obligara a ponerse de pie. Reconoció de inmediato la cara salvaje pegada contra la suya —la línea del pelo en retirada, la boca débil, el hambre—, pero había muchas cosas que no había esperado. El hombre estaba desnudo como un crío al llegar al mundo, aunque no tan modestamente dotado. Además, tenía una erección notoria. Si el ojito brillante que llevaba en la entrepierna apuntando hacia Boyle no constituía prueba suficiente, cuando le arrancó las ropas con las manos, las intenciones del asaltante quedaron perfectamente claras.

—¡Dooley! —aulló Boyle al ser lanzado hacia el vestíbulo—. ¡En nombre de Dios! ¡Dooley!

Sus súplicas fueron acalladas cuando golpeó contra la pared opuesta. El hombre enloquecido se lanzó sobre él en un abrir y cerrar de ojos y le aplastó la cara contra el papel pintado; pájaros y flores entrelazados le llenaron los ojos. Desesperado, Boyle luchó, pero la pasión de aquel hombre le daba una fuerza ingobernable. Una mano insolente sujetaba la cabeza del policía, mientras la otra le arrancaba los pantalones y la ropa interior, dejando sus nalgas al aire.

—Dios... —suplicó Boyle al papel pintado de la pared—. Por favor, Dios mío, que alguien me ayude...

Pero las plegarias resultaron tan infructuosas como sus esfuerzos. Estaba clavado contra la pared como una mariposa extendida sobre un corcho, a punto de ser traspasado. Cerró los ojos; tenía las mejillas bañadas de lágrimas de frustración. El asaltante le soltó la cabeza y consumó la violación. Boyle se negó a gritar. El dolor que sintió no se equiparaba a la humillación. Quizá era mejor que Dooley estuviera en coma, así la humillación acabaría sin testigos.

—Basta —murmuró hacia la pared, dirigiéndose a su cuerpo y no a su atacante, para urgirlo a que no sintiera placer con aquel ultraje.

Pero sus terminaciones nerviosas fueron traicioneras y se contagiaron del incendiario ataque. Bajo la agonía punzante, una parte imperdonable de él se puso a la altura de las circunstancias.

En la escalera, Dooley se incorporó con dificultad. La region lumbar, debilitada desde un accidente automovilístico ocurrido las Navidades anteriores, había cedido en cuanto el salvaje lo lanzó contra la pared. El más mínimo movimiento le producía una agonía atroz. Baldado por el dolor, se tambaleó basta el pie de la escalera y miró, asombrado, hacia el vestíbulo. ¿Acaso era Boyle, el arrogante, el ascendente, al que estaban violando como a un muchacho necesitado de dinero para droga? La escena paralizó a Dooley durante varios segundos; luego apartó los ojos y los dirigió a la porra que yacía sobre el felpudo. Se movió cautelosamente, pero el salvaje estaba demasiado ocupado con la desfloración como para notarlo.

Jerome estaba escuchando el corazón de Boyle. Su latido era fuerte y seductor, y a cada arremetida suya parecía aumentar su volumen. Lo quería para él, quería su calor, su vida. Puso la mano sobre el pecho de Boyle y empezó a hundirla en la carne.

—Dame tu corazón —le dijo.

Era como las letras de las canciones.

Boyle gritó con la cara aplastada contra la pared cuando su atacante le hundió la mano en el pecho. Habia visto fotos de la mujer de los Laboratorios; en su imaginación, la herida abierta de aquel torso le resultó clara como el rayo. El maniaco pretendía repetir aquella atrocidad. Dame tu corazón. Aterrado, al borde de la locura, encontró nuevas fuerzas y reanudó la lucha, clavando las uñas en el torso de su atacante: nada; ni siquiera la sangrienta pérdida del pelo interrumpió el ritmo de sus arremetidas. Como último recurso, Boyle intentó meter una mano entre su cuerpo y la pared para llegar a la entrepierna del muy hijo de puta y arrancarle los testículos. Cuando se disponía a hacerlo, Dooley atacó, descargando una lluvia de golpes de porra sobre la cabeza del salvaje. Aquella distracción le dio a Boyle amplitud de movimientos. Se apretó con fuerza contra la pared; las manos del asaltante, resbaladizas por la sangre que manaba del pecho de Boyle, soltaron a su presa. Boyle volvió a empujar. Esta vez logró quitarse de encima al atacante. Los cuerpos se separaron. Boyle se volvió, sangrando pero a salvo, y vio a Dooley perseguir al hombre por el vestíbulo, dándole golpes en la grasienta cabeza rubia. El enloquecido no intentó protegerse; sus ojos ardientes (Boyle jamás había comprendido hasta ese momento la precisión física de la imagen) seguían prendidos del objeto de sus afectos.

—¡Mátalo! —exclamó Boyle por lo bajo, mientras el hombre sonreía, ¡sonreía!, a pesar de los golpes—. ¡Destrózale hasta el último hueso!

Aunque Dooley, maltrecho como se encontraba, hubiera estado en condiciones de obedecer aquella orden, no tuvo ocasión de hacerlo. Una voz proveniente del corredor interrumpió la paliza. Del apartamento por el que había entrado Boyle salió una mujer. A juzgar por su estado, también había sido víctima de aquel saqueador; pero estaba claro que al entrar Dooley en la casa había distraído al atacante antes de que le ocasionara un serio daño.

—¡Arréstenlo! —gritó, señalando al hombre sonriente—. ¡Ha intentado violarme!

Dooley se acercó para tomar posesión del prisionero, pero Jerome tenía otras intenciones. Le puso la mano en la cara y lo empujó contra la puerta principal. El felpudo de fibra de coco se deslizó debajo de sus pies y Dooley estuvo a punto de caer. Cuando recuperó el equilibrio, Jerome se había levantado y había huido. Boyle intentó detenerlo, pero el pantalón hecho jirones se le enredó en las piernas, y Jerome no tardó en plantarse rápidamente en mitad de la escalera.

—Pide ayuda —le ordenó Boyle a Dooley—. Date prisa.

Dooley asintió y abrió la puerta principal.

—¿Hay forma de salir por la parte de arriba? —preguntó Boyle a la señora Morrisey. Ella negó con la cabeza—. Entonces tenemos atrapado a ese bastardo, ¿no es así? —dijo—. ¡Vamos, Dooley, muévete! —Dooley bajo cojeando por el sendero—. Y usted —agregó Boyle, dirigiéndose a la mujer—, busque algo que sirva de arma. Cualquier cosa sólida.

La mujer asintió y volvió sobre sus pasos, dejando a Boyle acurrucado junto a la puerta abierta. Una suave brisa le enfrió el sudor que le bañaba la cara. Afuera, en el coche, Dooley pidió refuerzos.

Boyle pensó que los coches no tardarían en llegar y que se llevarían al hombre a rastras, a prestar declaración. No tendría ocasión de vengarse cuando estuviera bajo custodia; la ley seguiría su plácido curso y él, la víctima, no sería más que un espectador. Si quería salvar las ruinas de su virilidad, aquélla era la ocasion. Si no lo hacía, si languidecía allí, con las tripas ardiendo, jamás se desharía del horror provocado por la traición de su cuerpo. Debía actuar ya, debía borrarle la sonrisa de la cara a su violador de una vez y para siempre, o vivir despreciándose hasta que le fallase la memoria.

No le quedaba otra alternativa. Sin pensárselo más, se levantó y comenzó a subir la escalera. Al llegar al descansillo, se dio cuenta de que no llevaba armas, pero sabía que si volvía a bajar, perdería impulso. En ese momento, estaba preparado a morir si era necesario, por lo que continuó subiendo.

En el rellano superior sólo había una puerta abierta. Del interior del cuarto le llegó el sonido de una radio. Abajo, en la seguridad del vestíbulo, oyó a Dooley entrar de la calle para decirle que había pedido refuerzos e interrumpirse en mitad de la frase. Pasando por alto la distracción, Boyle entró en el apartamento.

No había nadie. Tardó unos minutos en revisar la cocina, el baño y la sala: todo vacío. Regresó al lavabo; la ventana estaba abierta y asomó la cabeza. La distancia que había hasta el césped del jardín era fácil de cubrir. En el suelo había unas huellas del cuerpo del hombre. Había saltado y se había ido.

Boyle se maldijo por haberse demorado, y agachó la cabeza. Un calorcillo le bajó por el interior del muslo. En la habitación contigua, seguían sonando las canciones de amor.

Para Jerome no existió el olvido, esa vez no. El encuentro con la señora Morrisey, interrumpido por Dooley, y el episodio con Boyle no habían hecho más que avivar el fuego que llevaba dentro. A la luz de aquellas llamas, comprendió claramente los crímenes cometidos. Recordó con espantosa claridad el laboratorio, la inyección, los monos, la sangre. Sin embargo, los actos que recordaba (y eran muchos) no despertaron en él una sensacion de pecado. Las consecuencias morales, la vergüenza y el remordimiento fueron arrasados por el fuego que continuaba lamiéndole la carne y provocándole nuevos entusiasmos.

Se refugió en un callejón tranquilo para ponerse presentable. Las ropas que había logrado reunir antes de la huida eran abigarradas, pero le servirían para no llamar la atención. Mientras se abrochaba —el cuerpo parecía rechazar las ropas, como si se negara a que lo cubrieran—, intentó controlar el holocausto que rugía en su interior. Pero las llamas no se apagaban. Ca4a fibra de su ser se sentía viva ante el fluir del mundo que le rodeaba. Los ordenados árboles que bordeaban el camino, la pared que había a sus espaldas, las piedras del suelo bajo sus pies desnudos se prendían y ardían con su mismo fuego. Al ver cómo se propagaba el incendio, sonrió. El mundo, con cada uno de sus ansiosos detalles, le devolvió la sonrisa.

Excitado más allá de todo control, se volvió hacia la pared en la que se había recostado. El sol le daba de lleno, y estaba tibia; los ladrillos olían divinamente. Llenó de besos sus caras agrietadas; sus manos exploraron cada recoveco, cada rugosidad. Murmurando naderías dulzonas, se bajó la cremallera de la bragueta, buscó un comodo agujero y lo llenó. La mente se le pobló de imágenes líquidas: anatomías mezcladas, hombres y mujeres en un ayuntamiento carnal indescifrable. Arriba, en el cielo, hasta las nubes ardían; subyugado por sus cabezas ardientes, sintió cómo se le erguía el pene. Le faltaba la respiracion. Pero ¿y el éxtasis? Seguramente no acabaría nunca.

Sin previo aviso, un espasmo doloroso le recorrió la columna vertebral desde la corteza cerebral hasta los testículos, y volvio a subir, sacudiéndolo. Las manos soltaron el ladrillo y acabó su agónico orgasmo en el aire, mientras caía al suelo. Durante varios segundos permaneció tendido, mientras los ecos del espasmo inicial le subían y bajaban por la columna, disminuyendo con cada regreso. En el fondo de la garganta sintió el sabor de la sangre; no estaba seguro de si se había mordido el labio o la lengua, pero creyó que no. Por encima de su cabeza, los pájaros volaban en círculos, elevándose lánguidamente en una espiral de aire cálido. Observó cómo se iba apagando el fuego de las nubes.

Se incorporó y bajó la vista para ver el montón de semen derramado sobre la acera. Durante un frágil instante revivió una bocanada de la visión que había tenido; imaginó la unión de su simiente con la piedra del suelo. Y pensó cuán sublimes serían las criaturas de las que el mundo podría vanagloriarse si pudiera copular con un ladrillo o un árbol; estaba dispuesto a soportar dichosamente los tormentos de la concepción si tales milagros fueran posibles. Pero los adoquines no se conmovieron ante las súplicas de su simiente; y la visión, igual que el fuego del cielo, se enfrió y ocultó sus glorias.

Guardó el miembro ensangrentado y se reclinó contra la pared, dando vueltas y más vueltas a los extraños acontecimientos de su vida. Algo fundamental estaba cambiando en él, de eso estaba seguro; el éxtasis que lo había poseído (y que sin duda volvería a poseerlo) era distinto de todo lo que había experimentado hasta entonces. Fuera lo que fuese lo que le habían inyectado, no daba señales de eliminarse naturalmente, todo lo contrario. Todavía sentía en su interior el calor, igual que le ocurriera al abandonar los Laboratorios, aunque esta vez el rugido de su presencia fue más fuerte que nunca.

Estaba viviendo una nueva clase de vida, y esa certeza, aunque aterradora, le producía alborozo. En ningún momento se le ocurrió a su aturdido y erotizado cerebro pensar que, con el tiempo, esa nueva clase de vida requeriría una nueva clase de muerte.

Sus superiores le habían advertido a Carnegie que esperaban resultados, y él pasó el rapapolvo verbal recibido a sus subalternos. Era una línea de humillaciones, en la que el de mas rango era estimulado a patear al de abajo, y éste, a su vez, al que tenía mas abajo aun. Carnegie se había preguntado a veces qué haría el último de la fila para desahogar sus iras; seguramente se desquitaría con su perro.

—Ese sinvergüenza sigue suelto, caballeros, a pesar de que su foto haya salido en muchos periódicos de esta mañana, y a pesar de un método de operaciones que resulta, por decir lo más leve, insolente. Lo atraparemos, claro está, pero hemos de hacerlo antes de que el muy bastardo asesine a alguien más...

Sonó el teléfono. El sustituto de Boyle, Migeon, lo cogió, mientras Carnegie concluía la estimulante perorata a los oficiales allí reunidos.

—Caballeros, lo quiero aquí dentro de veinticuatro horas. Es el tiempo que me han dado, no tenemos más. Veinticuatro horas.

Migeon lo interrumpió:

—Señor Carnegie, es Johannson. Dice que tiene algo para usted y que es urgente.

—Está bien. —El inspector cogió el auricular y dijo—. Aquí Carnegie.

La voz al otro extremo de la línea era tan queda que casi no se oía.

—Carnegie —dijo Johannson—, hemos repasado toda la información que encontramos en el laboratorio sobre las pruebas de Dance y Welles...

—¿Y?

—También hemos analizado los restos de la sustancia extraídos de la hipodérmica que usaron en el sospechoso. Creo que hemos encontrado al Niño, Carnegie.

—¿Qué niño? —inquirió éste; le irritaba la obcecación de Johannson.

—El Niño Ciego.

—¿Y?

Inexplicablemente, Carnegie tuvo la certeza de que al otro lado de la línea Johannson sonreía antes de contestar.

—Creo que será mejor que venga personalmente a verlo. ¿Qué le parece a eso de mediodía?

Johannson podía haber sido uno de los más grandes envenenadores de la historia: poseía todos los requisitos y las cualificaciones. Una mente ordenada (la experiencia de Carnegie le había enseñado que los envenenadores eran un dechado de perfección), una naturaleza paciente (el envenenamiento llevaba su tiempo) y, lo más importante, un conocimiento enciclopédico de toxicología. Al verlo en acción, cosa que ya había sucedido en dos ocasiones anteriores, Carnegie vio al hombre sutil dedicado a su sutil arte y el espectáculo le heló la sangre.

Johannson se había instalado en el laboratorio del piso superior, donde habían asesinado a la doctora Dance, en vez de utilizar para la investigación las instalaciones policiales, porque, según él mismo le explicara, gran parte del equipo del que se jactaba la organizacion Hume no existía en ninguna otra parte. Su dominio del lugar, junto con la ayuda de sus dos asistentes, había transformado el desorden dejado por los anteriores experimentadores en un sueño de orden y pulcritud. Sólo los monos continuaban siendo una constante. Por más que se empeñara, Jobannson no lograba controlar su comportamiento.

—No nos resultó difícil encontrar la droga utilizada en su sospechoso —dijo Johannson—; simplemente cotejamos los restos que quedaban de la hipodérmica con los materiales encontrados en la sala. Al parecer, han estado fabricando esta sustancia, o variaciones del mismo tema, durante un tiempo. Los del laboratorio dicen no estar enterados de nada, claro. Me inclino a creerles. Lo que los buenos doctores estaban haciendo aquí era un experimento de tipo personal.

—¿Qué clase de experimento?

Johannson se quitó las gafas y se dispuso a limpiarlas con la punta de la corbata roja.

—Al principio pensamos que querían desarrollar una especie de alucinógeno –dijo—. En ciertos aspectos, la sustancia utilizada en su sospechoso se parece a un narcótico. En realidad, dejando de lado los métodos, creo que han hecho unos descubrimientos interesantes, que nos llevan a un territorio completamente nuevo.

—¿Entonces no es una droga?

—Claro que es una droga —dijo Johanoson, poniéndose las gafas—, pero es una droga que sirve a un propósito muy especifico. Véalo con sus propios ojos.

Johannson lo condujo a través del laboratorio hasta la fila de jaulas donde estaban los monos. En lugar de estar encerrados por separado, al toxicólogo le había parecido conveniente abrir las puertas que conectaban las jaulas entre sí, dejando que los animales tuvieran libre acceso para reunirse. La consecuencia era abolutamente clara: los animales estaban entregados a una serie de complejos actos sexuales. Carnegie se preguntó por qué los monos se pasaban la vida realizando obscenidades. Era la misma manifestación tórrida que tenía lugar cuando, de pequeños, llevaba a sus hijos al jardín zoológico de Regent. la jaula de los simios provocaba una embarazosa pregunta tras otra. Al cabo de un tiempo dejó de llevar a sus hijos al zoológico. Le resultaba demasiado mortificante.

—¿Es que no tienen nada mejor que hacer? —le preguntó a Johannson, apartando la vista para volverla a posar en un menage à trois tan íntimo que el ojo no lograba descifrar qué miembro pertenecía a que mono.

—Créame —dijo Johannson, sonriendo presuntuosamente—, esto es suave comparado con el comportamiento que hemos observado en estos animales desde que les inyectamos la sustancia. A partir de ese momento, se olvidaron de las pautas normales de comportamiento, se saltaron los signos de excitación, los rituales de cortejo. Ya no les interesa la comida. No duermen. Se han convertido en unos obsesos sexuales. Olvidaron los demas estímulos. A menos que la sustancia se elimine, me temo que follen hasta reventar.

Carnegie echó un vistazo a las demás jaulas; en cada una de ellas se desarrollaban las mismas escenas pornograficas. Violaciones en masa, uniones homosexuales, fervorosas y exaltadas masturbaciones.

—Con razón los doctores mantuvieron en secreto su descubrimiento —prosiguió Johannson—; estaban a punto de descubrir algo que los haría ricos. Un afrodisiaco que funciona.

—¿Un afrodisiaco?

—La mayoría no sirven de nada. El cuerno de rinoceronte, las anguilas vivas en salsa de nata son elementos simbólicos. Están pensados para excitar por asociación.

Carnegie recordó el hambre reflejada en los ojos de Jerome. En los monos observó su eco. Hambre, y la desesperación que el hambre trae consigo.

—Y los ungüentos tampoco sirven de nada. La Cantharis vesicatoria...

—¿Qué es eso?

—Tal vez la conozca por los nombres de cantárida o mosca española. Es un insecto con el que se fabrica una pasta. Tampoco sirve de nada. En el mejor de los casos estas sustancias son inflamatorias. Pero esto... —Recogió una ampolla de líquido incoloro—. Esto es algo que raya en lo genial.

—A mí no me parece que los monos sean muy felices con eso en el cuerpo...

—Todavía está sin depurar —le explicó Johaunson—. Creo que los investigadores fueron muy codiciosos, y realizaron pruebas en humanos dos o tres años antes de lo aconsejable. Tal como se encuentra ahora, esta sustancia es casi letal, de eso no cabe duda. Pero con el tiempo podría funcionar. Verá usted, han logrado superar el problema mecánico; esta sustancia actua directamente sobre la imaginación erótica, sobre la libido. Si uno excita la mente, el cuerpo responde. Ahí está el truco.

El matraqueo de la malla de alambre obligó a Carnegie a apartar la vista de las pálidas facciones de Johannson. Una de las monas, al parecer insatisfecha con las atenciones de varios machos, se había despatarrado contra la jaula y con sus dedos diestros intentaba tocar a Carnegie; sus compañeros no iban a permitirle que los dejara sin amor, y se habían entregado a la sodomía.

—Es Cupido, ¿no? —comentó Johannson—. «El amor no ve con los ojos sino con la imaginación.

»Por eso al Cupido alado lo pintan ciego." Pertenece a El sueño de una noche de verano.

—El Bardo nunca fue mi fuerte —dijo Carnegie. Y volvió a concentrarse en la mona—. ¿Y Jerome? —inquirió.

—Tiene la sustancia en la sangre. Una buena dosis.

—¡Entonces es como estos animales!

—Supongo que al contar con unas capacidades intelectuales superiores, la sustancia no actuará de un modo tan deliberado. Aunque, ahora que lo pienso, el sexo puede convertir en simio hasta al más pintado, ¿no? —Johannson se permitió sonreír a medias ante el juego de palabras—. Nuestras llamadas preocupaciones superiores se vuelven secundarias. Por un instante, el sexo nos vuelve obsesivos; somos capaces de realizar, o al menos creemos que podemos realizar, hechos que, retrospectivamente, resultan extraordinarios.

—Considero que no hay nada de extraordinario en una violación —comentó Carnegie, intentando cortar en seco la rapsodia de Johannson.

Pero el hombre no se dio por vencido.

—El sexo sin final, sin compromisos, sin disculpas —prosiguió—. Imagíneselo. El sueño de Casanova.

El mundo había presenciado tantas eras... El Siglo de las Luces, la Reforma, la Era de la Razón. Y ahora, por fin, la Era del Deseo. Y después, el fin de las eras, el fin de todo. Porque los fuegos avivados ahora eran más feroces de lo que sospechaba el mundo inocente. Eran fuegos terribles, fuegos sin final que iluminarían el mundo con su luz única, feroz y definitiva.

Eso pensaba Welles mientras yacía en su cama. Había recuperado la conciencia hacía unas horas, pero prefirió no dar señales de ello. Cuando entraba una enfermera, cerraba los ojos con fuerza y respiraba con más lentitud. Sabía que no podría fingir durante mucho tiempo, pero las horas le permitieron reflexionar sobre cuál sería su itinerario a partir de ese momento. En primer lugar tendría que regresar a los Laboratorios, para destruir los papeles allí guardados y borrar las cintas grabadas. Había decidido que a partir de ese momento toda información sobre el Proyecto Niño Ciego existiría solamente en su cabeza. De ese modo ejercería un control completo sobre su obra maestra y nadie podría arrebatársela.

Nunca le había interesado demasiado ganar dinero con el descubrimiento, aunque era consciente de lo lucrativo que podría llegar a ser un afrodisiaco viable; nunca había dado un pimiento por los bienes materiales. El motivo inicial que le había llevado al desarrollo de la droga —descubierta accidentalmente mientras probaban un agente para ayudar a los esquizofrénicos— fue el afán de investigar. Pero sus motivaciones habían madurado a lo largo de los meses de trabajo secreto. Había llegado a pensar en sí mismo como el iniciador del milenio. No permitiría que nadie le arrebatara ese papel sagrado.

Así pensaba mientras yacía en la cama, esperando el momento de huir.

Mientras vagaba por las calles, Jerome habría aprobado alegremente la visión de Welles. De todos los hombres quizá él fuera el más ansioso por dar la bienvenida a la Era del Deseo. Veía sus portentos por todas partes. En las vallas publicitarias y en los carteles de cine, en los escaparates y en las pantallas de televisión: en todas partes el cuerpo como mercancía. Donde no se utilizaba la carne para comercializar artefactos de acero y piedra, esos mismos artefactos adoptaban sus propiedades. Los automóviles pasaban junto a él con todos los atributos voluptuosos menos la respiración: sus sinuosas estructuras brillaban, sus interiores eran invitantes y mullidos. Los edificios lo rodeaban con sus retruécanos sexuales. Capiteles, pasadizos, plazas sombreadas con fuentes de agua blanca. Bajo el embeleso de lo trivial —los miles de distracciones que encontraba en la calle y la plaza—, sentía la madura vida del cuerpo impregnando cada detalle.

El espectáculo mantenía bien avivado su fuego interno; su fuerza de voluntad a duras penas lograba impedirle dispensar sus atenciones a cada una de las criaturas sobre las que posaba los ojos. Unos pocos presentían ese calor y se alejaban de él. Los perros también lo sentían. Varios lo siguieron, excitados por su excitación. Las moscas orbitaban sobre su cabeza en escuadrones. A medida que se acostumbraba a su estado, logró ejercer sobre él un rudimentario control. Sabía que una demostración pública de sus ardores atraería a la ley, y eso obstaculizaría sus aventuras. El fuego que había iniciado no tardaría en propagarse; entonces saldría de su escondite y se bañaría libremente en el. Hasta entonces, lo mejor sería la discreción.

En cierta ocasión había comprado la compañía de una joven del Soho; fue en su busca. Esa tarde hacía un calor bochornoso, aunque no se sentía fatigado. No había comido desde la noche anterior, pero no tenía hambre. Al subir la estrecha escalera hacia la habitación del primer piso que Angela ocupaba, se sintió vigoroso como un atleta, pletórico de salud. El proxeneta de mirada penetrante y fiera, inmaculadamente vestido, que solía ocupar un lugar en lo alto de la escalera no etaba presente. Jerome se dirigió a la habitación de la muchacha y llamo. No recibió respuesta. Volvió a llamar con mayor urgencia. Sus golpes hicieron que una mujer de mediana edad se asomara a la puerta del final del rellano.

—¿Qué quieres?

—A la mujer —repuso sencillamente.

—Angela se ha ido. Y sera mejor que te vayas tú tambien. Fijate en que estado estás. Esto no es una posada de mala muerte.

—¿Cuándo volverá? —preguntó, intentando sujetar lo mejor que podía su apetito.

La mujer, que era tan alta como Jerome y mucho mas pesada, avanzó hacia él.

—La muchacha no volvera, de modo que lárgate de aquí antes de que llame a Isaiah.

Jerome la miró; ejercía el mismo oficio que Angela, no cabía duda, aunque no era tan joven ni tan bella. Le sonrió.

—Oigo tu corazón —le dijo.

—No te lo repetiré...

Antes de que pudiera acabar la frase, Jerome atravesó el rellano y fue hacia ella. La mujer no se asustó por su acercamiento, simplemente se mostró asqueada.

—Si llamo a Isaiah lo lamentarás —le informó.

El ritmo de sus latidos babia aumentado, y Jerome logró oírlo.

—Estoy ardiendo.

La mujer frunció el ceño; estaba claro que iba a perder aquella batalla de agudezas.

—No te me acerques, te lo advierto.

Los latidos eran todavía mas rápidos. El ritmo, sepultado en su sustancia, lo impulsó a avanzar. De aquella fuente provenía toda la vida, todo el calor.

—Dame tu corazón.

—¡Isaiah!

Nadie acudió a la llamada. Jerome no le dio oportunidad de gritar por segunda vez. La abrazó y con una mano le tapó la boca. La mujer le descargó una andanada de golpes, pero el dolor no hizo mas que avivar las llamas. Brilló más y más; cada uno de sus orificios daba al horno de su vientre, de su ijada, de su cabeza. La mayor corpulencia de la mujer no le sirvió de ventaja ante tanto fervor. La empujó contra la pared —el latido de su corazón le retumbaba en los oídos— y comenzó a besarle el cuello, al tiempo que le arrancaba el vestido para descubrirle los pechos.

—No grites —le dijo, procurando parecer persuasivo—. No quiero hacerte daño.

La mujer negó con la cabeza y a través de la mano con la que le tapaba la boca dijo:

—No gritaré.

Jerome quitó la mano y la mujer respiró desesperadamente, preguntándose dónde estaría Isaiah. No muy lejos, seguramente. Temió por su vida si se negaba al intruso —¡cómo le brillaban los ojos!—; abandonó todo intento de resistirse y lo dejó hacer. Por su larga experiencia sabía que el aprovisionamiento de pasión de los hombres se acababa fácilmente. Aunque amenazaran con mover el cielo y la tierra, media hora después sus jactancias acababan en sábaitas húmedas y resentimiento. Si las cosas llegaban a lo peor, podría soportar su tonta cháchara sobre el fuego y la quemazón; había oído conversaciones de alcoba mucho más obscenas. En cuanto al pitón que intentaba introducirle, él y sus cómicos colegas no guardaban sorpresa alguna para ella.

Jerome quería tocarle el corazón, quería ver cómo le salpicaba la cara, bañarse en él. Le puso la mano en el pecho y sintió los latidos bajo la palma.

—Te gusta, ¿eh? —dijo la prostituta cuando él le apretó el pecho—. No eres el primero.

Le arañó la piel.

—Despacio, cariño —le dijo burlona, y echó un vistazo por encima del hombro para comprobar si había señales de Isaiah—. No seas brusco. Es el único cuerpo que tengo.

No le hizo el menor caso. Los arañazos la hicieron sangrar.

—No hagas eso —le ordenó.

—Quiere salir —repuso, hundiendo más los dedos.

De repente, la mujer se dio cuenta de que aquello no era un juego amoroso.

—¡Basta! —le dijo cuando comenzó a lacerarla.

Esta vez la mujer gritó.

Abajo, no muy lejos, en la calle, Isaiah dejó caer la porción de tarte française que acababa de comprar y corrió a la puerta. No era la primera vez que la gula lo había tentado y había abandonado su puesto, pero —a menos que reparara el daño rápidamente— muy bien podría ser la última. Del rellano le llegaron unos ruidos tremendos. Subió la escalera a toda velocidad. La escena con la que se toparon sus ojos era peor que la conjurada por su imaginación. Simone se encontraba atrapada contra la pared, junto a su puerta, con un hombre pegado ávidamente a ella. De alguna parte, entre los dos, manaba sangre, pero no logró precisar de dónde.

Isaiah lanzó un grito. Con las manos ensangrentadas, Jerome interrumpió su labor y se volvió justo cuando un gigante muy bien vestido se abalanzaba sobre él. Jerome tardó unos segundos vitales en retirarse de la mujer, y en ese tiempo el hombre se le lanzó encima. Isaiah lo aferró y a rastras lo apartó de la mujer. Sollozando, ella se refugió en su cuarto.

—Maldito hijo de puta —dijo Isaiah, descargando sobre él una andanada de puñetazos.

Jerome se tambaleó. Pero estaba ardiendo, y por lo tanto no tenía miedo. En una pausa, saltó sobre el hombre como un mandril enfurecido. Isaiah, cogido por sorpresa, perdió el equilibrio y cayó contra una de las puertas, que se abrió hacia adentro bajo su peso. Se desplomó en el interior de un escuálido lavabo y su cabeza fue a golpear contra la taza del retrete. El impacto lo desorientó; quedó tendido sobre el manchado linóleo, gruñendo y con las piernas abiertas. Jerome oyó la sangre fluir ávidamente por las venas del hombre, y olió el azúcar de su aliento. Sintió la tentación de quedarse, pero su instinto de conservacion le aconsejo lo contrario; Isaiah intentaba incorporarse otra vez. Antes de que lograra ponerse en pie, Jerome se dio media vuelta y huyó escalera abajo.

En el escalón de la puerta se encontró con la canícula; le sonrió. La calle lo quería más que la mujer del rellano, y él ansiaba complacerla. Corrió por la acera; la erección continuaba empujando contra los pantalones. A sus espaldas, oyó al gigante bajar ruidosamente la escalera. Echó a correr, riéndose. El fuego continuaba ardiendo en él, y dio velocidad a sus pies; corrió calle abajo sin importarle si Aliento Azucarado lo seguía o no. Los peatones, en esta era desapasionada, no quisieron demostrar más que un interés casual en el sátiro salpicado de sangre y le cedieron el paso. Unos cuantos lo señalaron, suponiendo que seria un actor. La mayoría ni se percató de su presencia. Avanzó por una maraña de callejones; sin necesidad de mirar atrás era consciente de que Isaiah lo seguía.

Tal vez fue la casualidad la que lo condujo a la calle del mercado, o tal vez, lo más probable, era que el calor bochornoso llevó el aroma entremezclado de carne y fruta hasta su nariz, y quiso bañarse en él. El estrecho pasaje estaba atestado de compradores, visitantes y puestos colmados de mercancías. Se zambulló alegremente en la multitud, restregándose contra nalgas y muslos, encontrándose por todas partes con la mirada contagiosa de la carne. ¡Qué día! Ni él ni su pene podían creer en semejante fortuna.

A sus espaldas oyo gritar a Isaiah. Apuró el paso, dirigiéndose a las zonas más concurridas del mercado, en donde podría confundirse entre la cálida presión de la gente. Cada contacto le producía un doloroso éxtasis. Cada orgasmo —se sucedían uno tras otro mientras avanzaba entre la apretada multitud— le producía en el cuerpo un espasmo seco. Le dolían la espalda y los testículos, pero ¿qué era su cuerpo? Sólo una peana para el monumento singular de su pene. La cabeza no era nada, la mente no era nada. Sus brazos habían sido hechos simplemente para acercar el amor al cuerpo; las piernas para conducir la exigente espada a cualquier parte donde hallara satisfaccion. Se imaginó a sí mismo como una erección andante, en un mundo que le miraba embelesado por todas partes: carne, ladrillo, acero, le daba igual, los violaría a todos.

De repente, sin que él lo buscara, la multitud se apartó, y se encontró en una callejuela estrecha, alejado del pasaje principal. El sol caía entre los edificios con un ardor magnificado. Se disponía a reunirse otra vez con la multitud, cuando olió un aroma y vio una escena que lo obligaron a continuar. Un poco más adelante, en la calle bañada por el calor, tres muchachos con el torso desnudo estaban de pie entre una pila de cajas de fruta, llenas de canastillas de fresas. Ese año habia habido una excesiva producción de fresas, y con el calor despiadado habían comenzado a ablandarse y a pudrirse. El trío de trabajadores revisaba las canastillas, clasificando las buenas y las malas, y arrojando las fresas pasadas al borde de la calzada. El aroma que se elevaba de aquel estrecho espacio era sobrecogedor: una dulzura de una fuerza que habría asqueado a cualquier otro intruso que no fuera Jerome, cuyos sentidos habían perdido la capacidad de rechazo o asco. El mundo era el mundo, y el lo tomaría, como en el matrimonio, para bien y para mal. Embelesado, se quedó mirando el espectáculo; los sudorosos obreros brillaban bajo los rayos del sol, sus manos, sus brazos y sus torsos estaban salpicados de jugo escarlata; en el aire pululaban cientos de insectos en busca del néctar; la fruta desechada se apilaba en la calzada formando montículos que desprendían zumo. Entretenidos en su pegajosa labor, al principio los obreros no se percataron de su presencia. Pero luego, uno de los tres levantó la vista y vio la extraordinana criatura que los observaba. La sonrisa se le heló en el rostro al ver los ojos de Jerome.

—¿Qué diablos hace ése?

Los otros dos interrumpieron su trabajo y miraron en dirección a Jerome.

—Dulce —dijo Jerome; lograba oír el temblor de sus corazones.

—Fijaos en ése —dijo el más joven de los tres, señalando la entrepierna de Jerome—. Exhibiéndose en público en ese estado.

Quedaron inmóviles bajo el sol, él y ellos, mientras las avispas revoloteaban alrededor de la fruta y, por la estrecha tajada del veraniego cielo azul que se veía entre los tejados, pasaban unos pájaros. Jerome deseó que aquel momento se perpetuara para siempre; su mente desnuda saboreaba en aquel paraje el Edén.

Entonces el sueño se rompió. Sintió una sombra a sus espaldas. Uno de los obreros dejó caer la canastilla que estaba clasificando; la fruta podrida quedó estampada contra el asfalto. Jerome frunció el ceño, y se dio media vuelta. Isaiah había encontrado la calle; el arma era de acero y brillaba. Cruzó el espacio que lo separaba de Jerome en un segundo. Jerome sintió un dolor en el costado cuando el cuchillo lo atravesó.

—¡Jesús! —dijo el hombre joven, y echó a correr.

Sus hermanos no querían ser testigos de aquel ataque y dudaron un solo momento antes de seguirlo.

El dolor hizo gritar a Jerome, pero en el ruidoso mercado nadie oyó su grito. Isaiah retiró el cuchillo; estaba caliente. Hizo ademán de volver a atravesarlo, pero Jerome fue demasiado rápido para el aguafiestas; se apartó de su alcance y cruzó la calle tambaleándose. El pretendido asesino, temeroso de que los gritos de Jerome atrajesen demasiada atención, lo persiguió rápidamente para acabar su trabajo. Pero el pavimento estaba resbaladizo por la fruta podrida, y sus finos zapatos de gamuza no se agarraban tan bien como los pies desnudos de Jerome. La distancia que los separaba aumentó.

—No te irás —dijo Isaiah, decidido a no permitir que escapara su mortificador.

Empujó una torre de cajas de fruta; las canastillas cayeron al suelo, esparciendo su contenido en el camino de Jerome. Jerome se detuvo un instante a aspirar el aroma de la fruta machacada. Esa indulgencia casi acaba con él. Isaiah se acercó, dispuesto a rematarlo. Los estímulos del dolor llevaron su cuerpo al borde de la erupción, y observó cómo la hoja del cuchillo estaba a punto de abrirle el vientre. Con la mente conjuró la herida: el abdomen se partía, y el calor emanado se unía a la sangre de las fresas de la calzada. La idea fue tan tentadora... Casi la deseaba.

Isaiah había matado en dos ocasiones anteriores. Conocía el vocabulario inefable del acto, y vio la invitación reflejada en los ojos de su víctima. Contento de complacerlo, se acercó con el cuchillo preparado. En el último instante posible, Jerome se hizo a un lado y en vez de presentar el cuerpo al arma blanca, lanzó un golpe al gigante. Isaiah se agachó para esquivarlo y sus pies resbalaron en la papilla. El cuchillo salió disparado de su mano y cayo entre las canastillas y la fruta. Jerome se alejó mientras el cazador, perdida toda ventaja, se agachaba a buscar el cuchillo. Su presa se escabulló antes de que su mano regordeta encontrara el arma; Jerome se había perdido otra vez entre las calles atestadas de gente. No tuvo oportunidad de guardarse el cuchillo en el bolsillo antes de que de la multitud surgiera el uniforme y se acercara a él por el caluroso pasaje.

—¿Cómo me lo va a explicar? —le preguntó el policía mirando el cuchillo.

Isaiah siguió su mirada. La hoja ensangrentada estaba llena de moscas.

En su oficina, el inspector Carnegie bebía chocolate caliente a pequeños sorbos; era el tercero en la última hora, y mientras bebía, observaba los procesos del anochecer. Siempre había querido ser detective, desde sus más tempranos recuerdos; y en esos recuerdos, esa hora siempre había estado cargada de magia. La noche descendiendo sobre la ciudad, miríadas de demonios vistiendo sus mejores galas para salir a jugar. Era la hora de la vigilancia, la hora de un nuevo rigor moral.

Pero de niño no había logrado imaginar la fatiga que el crepúsculo traería invariablemente. Estaba cansadísimo, y si en las proximas horas lograba dormir un poco, sabia que sería allí, en la silla, con los pies apoyados en el escritorio, en medio del clamor de los vasos de plástico.

Sonó el teléfono. Era Johannson.

—¿Trabajando todavía? —inquirió, impresionado por la dedicación al trabajo de Johannson.

Pasaba de las nueve. Tal vez Johannson tampoco tuviera una casa a la que llamar, ni a la que valiera la pena volver.

—Me he enterado de que nuestro sospechoso ha tenido un día muy ocupado —comento Jobannson.

—Así es. Una prostituta del Soho, y luego lo acuchillaron.

—Supongo que logró saltarse el cordón policial.

—Suele ocurrir —repuso Carnegie, demasiado cansado como para irritarse—. ¿En qué puedo servirle?

—Creí que le gustaría saberlo. Los monos han empezado a morirse.

La noticia sacó a Carnegie del estupor en que lo tenía sumido la fatiga.

—¿Cuántos han muerto? —preguntó.

—Hasta ahora tres, de los catorce que son. Pero imagino que el resto habrá muerto al amanecer.

—¿Qué los está matando? ¿El cansancio?

Carnegie recordó las desesperadas saturnales de las jaulas. ¿Qué animal, humano o no, podía aguantar semejante juerga sin venirse abajo?

—No es algo físico —le informó Johannson—. Al menos no en la forma en que usted lo insinúa. Tendremos que esperar al resultado de las disecciones, antes de conseguir una explicación detallada...

—¿Qué supone usted?

—A mi juicio, se están volviendo majaras.

—¿Qué?

—Se produce una sobrecarga cerebral de algun tipo. Los cerebros de estos animales ceden. La sustancia no se elimina, sino que se alimenta a sí misma. Cuanto más ardor tienen, más droga se produce, y cuanta más droga hay, más ardor tienen. Es un círculo vicioso. Cada vez más y más ardor, cada vez más y más locura. Con el tiempo, el cuerpo no lo resiste, y de golpe, me encuentro con cadáveres de monos hasta los sobacos. —La sonrisa volvio a reflejarse en la voz fría y amarga—. Claro que los que siguen vivos no han dejado que eso les estropeara la diversion. Por aquí está de moda la necrofilia.

Carnegie espió la taza de chocolate, que se enfriaba. se le había formado una fina película, que se reventó cuando tocó el vaso.

—¿Entonces es sólo cuestion de tiempo?

—¿Antes de que su sospechoso reviente? Sí, creo que sí.

—Está bien. Gracias por mantenerme al corriente. Siga informándome.

—¿Quiere venir a ver los restos?

—Puedo pasar sin cadáveres de monos, gracias.

Johannson se echó a reír. Carnegie colgó. Cuando se volvió hacia la ventana, ya se había hecho de noche.

En el laboratorio, Johannson fue hasta el interruptor, junto a la puerta; mientras hablaba con Carnegie, se había ido el resto de luz. Vio venir el golpe que lo derribó un instante antes de que lo alcanzara; le dio en el costado del cuello. Se le quebró una vértebra y las piernas se le doblaron. Se desplomó sin tocar el interruptor de la luz. Cuando llegó al suelo, la distinción entre el día y la noche fue una mera cuestión académica.

Welles no se molestó en comprobar si el golpe había sido letal o no; el tiempo apremiaba. Saltó por encima del cuerpo y se dirigió al banco en el que Johannson había estado trabajando. Allí, tendido en el círculo de luz de la lámpara, como para un acto final de tragedia simiesca, había un mono muerto. Se veía claramente que había perecido presa del frenesí; tenía la cara crispada: la boca abierta, manchada de saliva, los ojos fijos en la última mirada de alarma. En los esfuerzos penosos de las cópulas, había perdido el pelo a mechones; su cuerpo, gastado por el cansancio, era una masa de contusiones. En un examen de medio minuto, Welles reconoció las sugerencias del cadáver y las de los otros dos cuerpos que vio en un banco cercano.

—El amor mata —murmuro filosóficamente.

Y comenzó su sistemática destruccion de Niño Ciego.

«Me estoy muriendo —pensó Jerome—, me estoy muriendo de dicha extrema.» La idea le divirtió. Era la única idea que tenía algún sentido. Desde su encuentro con Isaiah y su huida de la policía, apenas lograba recordar algo con coherencia. Las horas que pasó ocultandose y curando sus heridas, sintiendo crecer nuevamente el fuego para apagarse otra vez, se habían fundido en un sueño de verano; una placentera certeza le decía que solo la muerte lo despertaría de ese sueño. La hoguera lo devoraba por completo, desde las entrañas hacia afuera. Si lo destriparan en ese mismo instante, ¿qué encontrarían los testigos? Sólo cenizas y ascuas.

Aún así, el amigo de un solo ojo le exigía más; mientras sus repetidos virajes lo llevaban de vuelta a los Laboratorios —¿adónde iba a ir un hombre fabricado como él sino al lugar del primer calor?—, las rejas de los desagües se le abrían seductoras, y cada pared de ladrillos se le ofrecía con sus cientos de invitaciones arenosas.

La noche era fragante; una noche de canciones de amor y romances. En la cuestionable intimidad de un aparcamiento, a unas manzanas de su destino, vio a dos personas haciendo el amor en la parte trasera de un coche, con las puertas abiertas para acomodar mejor las piernas y permitir el paso del aire. Jerome se detuvo a observar el ritual, embelesado como nunca por la maraña de cuerpos y el sonido —retumbante como el trueno— de los corazones gemelos latiendo con el mismo ritmo ascendente. Al observarlos, la avidez invadió su verga.

La mujer lo vio primero, y avisó a su compañero de la presencia de aquel desecho humano que los observaba con deleite infantil. El hombre interrumpió sus toqueteos y lo miró fijamente. Jerome se preguntó si estaría ardiendo. Si tendría el pelo en llamas. Si la ilusión se materializaba. A juzgar por la mirada de la pareja, la respuesta era seguramente negativa. No les producía ningún miedo, simplemente rabia y asco.

—Me estoy quemando —les dijo.

El hombre se incorporó y le escupió. Jerome esperaba que la saliva se convirtiera en vapor al tocarlo, pero le cayó sobre la cara y el pecho como una ducha refrescante.

—Vete al infierno —le dijo la mujer—. Déjanos en paz.

Jerome meneó la cabeza. El hombre le advirtió que si daba un paso más le rompería la cabeza. Jerome no se inmutó; no habia palabras ni golpes capaces de acallar el imperativo de su falo.

Cuando se aproximó a ellos, notó que sus corazones ya no latían al unísono.

Carnegie consultó el mapa que llevaba cinco años colgado de la pared de su despacho, para localizar el lugar del ataque del que acababan de informarle. Al parecer, las victimas no habían sufrido serios daños; la llegada de un coche lleno de trasnochadores había decidido a Jerome (no había duda de que era él) a no demorarse. La zona estaba ahora inundada de policías, media docena de los cuales iban armados; en cuestión de minutos, cada calle del vecindario quedaría acordonada. A diferencia del Soho, donde la multitud le había permitido huir, en esta zona no encontraría el fugitivo muchos sitios donde ocultarse.

Carnegie señaló el lugar del ataque y cayo en la cuenta de que se encontraba a unas manzanas de los Laboratorios. Sin duda, no era casualidad. El hombre volvía al lugar del crimen. Herido, y seguramente al borde del colapso —los amantes lo habían descrito como un hombre que parecía más muerto que vivo—, Jerome sería atrapado antes de que llegara a casa. Pero existía siempre el riesgo de que burlara el cerco y llegara a los Laboratorios. Johannson estaba trabajando allí, solo; en esos tiempos de estrecheces, la guardia del edificio sería reducida.

Carnegie levantó el auricular y marcó el número de Johannson. Al otro lado de la línea, el teléfono sonó pero nadie contestó. Carnegie pensó que se habría ido a su casa, feliz de haberse quitado de encima una preocupación; eran las once menos diez de la noche, y se había ganado un descanso. Sin embargo, cuando se disponía a colgar, al otro lado levantaron el auricular.

—¿Johannson?

No hubo respuesta.

—¿Johannson? Soy Carnegie. —Ninguna respuesta—. Contésteme, maldita sea. ¿Quién es?

En los Laboratorios, el auricular cayó. No fue colocado otra vez en su receptáculo, sino que quedó sobre el banco. Al otro lado de la línea, Carnegie oyó claramente el agudo chillido de los monos.

—¿Johannson? —repitió—. ¿Está usted ahí? ¿Johannson?

Los monos siguieron chillando.

Con el material de Niño Ciego Welles había hecho dos montones en los fregaderos, y les había prendido fuego. Ardieron con entusiasmo. La espaciosa habitación se llenó de humo, calor y hollín; el aire se espesó. Cuando las fogatas ardían con fuerza, echó al fuego todas las cintas que logró encontrar y, para mayor seguridad, agregó también las notas de Johannson. Advirtió que en los archivos faltaban varias cintas. Lo único que mostrarían al ladrón eran unas cuantas escenas sugerentes de la transformación; el meollo del secreto seguía perteneciéndole. Destruidos los procedimientos y las fórmulas, sólo le quedaba echar al sumidero los restos de la sustancia y matar e incinerar a los animales.

Preparó una serie de hipodérmicas letales, realizando su tarea con un orden nada característico. Aquella destrucción sistemática le resultaba gratificante. No sentía remordimientos por la forma en que se habían desarrollado los acontecimientos. A partir de aquel primer momento de pánico, cuando había observado impotente los pavorosos efectos del suero Niño Ciego en Jerome, hasta llegar a esta eliminación final del material, todo había sido un proceso paulatino de limpieza. Con aquellos fuegos ponía fin a toda pretensión de investigacion científica; después de aquello sería el indiscutible Apóstol del Deseo, san Juan en el desierto. Esta idea excluyó cualquier otra. Sin importarle los arañazos de los monos, los arrancó uno por uno de las jaulas y les aplicó la dosis mortal. Había despachado a tres y se disponia a abrir la jaula del cuarto, cuando en el vano de la puerta del laboratorio apareció una silueta. Resultaba imposible ver quién era en medio de la humareda. Los monos supervivientes parecieron reconocerlo; interrumpieron sus acoplamientos y le dieron la bienvenida con una ensordecedora batahola.

Welles no se movió, y espero a que el recién llegado avanzara.

—Me estoy muriendo —dijo Jerome.

Welles no se había imaginado aquello. Jerome era la última persona que había esperado encontrarse allí.

—¿Me ha oído? —preguntó.

Welles asintió, y repuso:

—Todos nos estamos muriendo, Jerome. La vida es una lenta enfermedad, ni más ni menos. Pero mientras dura, cuánta luz, ¿verdad?

—Sabía que esto ocurriría —le dijo Jerome—. Usted sabía que el fuego me consumiría.

—No —fue la sobria respuesta—. La verdad es que no lo sabía.

Jerome se apartó del vano de la puerta y avanzó hacia la luz mortecina. Estaba destrozado; era un retazo de hombre, llevaba sangre en el cuerpo y fuego en los ojos. Pero Welles no era tonto y no se fió de la aparente vulnerabilidad de aquel espantajo. La sustancia que llevaba en el cuerpo lo hacía capaz de realizar actos sobrehumanos; lo había visto destrozar a Dance con un par de golpes imperturbables. Debía proceder con tacto. Aunque se encontraba claramente al borde de la muerte, Jerome seguía siendo formidable.

—No quería esto, Jerome —le dijo Welles, procurando dominar el temblor de su voz—. En cierto modo, me gustaría decir que sí lo deseaba. Pero no fui tan previsor. Me ha llevado tiempo y muchos dolores comprender claramente el futuro.

El hombre ardiente lo observó, clavándole la mirada.

—Cuántos fuegos, Jerome, esperan ser encendidos.

—Lo sé... —replicó Jerome—.Créame..., lo sé.

—Tú y yo somos el fin del mundo.

El monstruo desgraciado reflexionó durante un instante y luego asintió lentamente. Welles exhaló un suave suspiro de alivio; la diplomacia ante el lecho de muerte funcionaba. Pero no podía perder el tiempo en conversaciones. Si Jerome estaba allí, las autoridades no andarían lejos.

—Amigo mío, tengo una tarea urgente que cumplir —le dijo con calma—. ¿Te parecerá una descortesía si continúo con mi trabajo?

Sin esperar su respuesta, abrió otra jaula y sacó al mono condenado, girando diestramente su cuerpo para facilitar la aplicación de la inyección. El animal se agitó violentamente entre sus brazos y luego murió. Welles desenganchó los deditos del mono de su camisa y lanzó el cuerpo y la hipodérmica vacía sobre el banco, volviéndose con destreza de verdugo en busca de su siguiente víctima.

—¿Por qué? —preguntó Jerome, mirando los ojos abiertos del animal.

—Por piedad —repuso Welles, recogiendo otra hipodérmica—. Puedes ver cuánto sufre.

Tendió la mano para abrir la siguiente jaula.

—No lo haga —le dijo Jerome.

—No hay tiempo para sentimentalismos —repuso Welles—. Te ruego que no insistas.

«Sentimentalismos», pensó Jerome, recordando vagamente las canciones de la radio que habían reavivado en él el fuego la primera vez. ¿Acaso Welles no comprendía que los procesos del corazón, la mente y los genitales eran indivisibles? ¿Que el sentimentalismo, por trillado que fuera, podía llevar a regiones inexploradas? Quiso decírselo, explicarle todo lo que había visto y todo lo que había amado en esas horas desesperadas. Pero las explicaciones se perdieron en algún punto entre la mente y la lengua. Lo único que logró articular, para expresar la empatía que lo unía al mundo doliente, cuando Welles abrió la otra jaula fue:

—No lo haga.

El doctor no le hizo caso, y metió la mano en el interior de la celda con malla de alambre. Contenía tres animales. Agarró al que estaba más cerca y lo arrancó de los brazos de sus compañeros en medio de las protestas. Sin duda sabía el destino que le aguardaba; una ráfaga de chillidos señaló su espanto.

Jerome no podía soportar aquella eliminación casual. Avanzó para impedir la matanza; la herida del costado era un tormento. Distraído por el avance de Jerome, Welles no logró sujetar su agitada presa; el mono se puso a dar saltos por los bancos. Cuando fue en su persecución, los prisioneros de la jaula aprovecharon y huyeron.

—Maldito seas —le grito Welles a Jerome—. ¿No ves que no tenemos tiempo? ¿No lo comprendes?

Jerome lo entendía todo, y sin embargo no entendía nada. La fiebre que compartía con los animales era algo que entendía; tambien entendía que su propósito era transformar el mundo. Pero no lograba comprender por qué tenía que acabar así esa dicha, esa visión, por qué tenía que reducirse todo a una sórdida habitación llena de humo y dolor, por qué tenía que reducirse todo a la desesperación, a la flaqueza. Supo que Welles, que había sido arquitecto de esas contradicciones, tampoco lo entendía.

Cuando el doctor intentó atrapar a uno de los monos huidos, Jerome se dirigió rápidamente a las demás jaulas y las abrió; los animales saltaron a la libertad. Welles había logrado capturar a sus presas y tenia sujetos a los vociferantes monos, dispuesto a administrarles la panacea. Jerome fue hacia el.

—Déjelos en paz —le gritó.

Welles introdujo la hipodérmica en el cuerpo del mono, pero antes de que pudiera tocar el émbolo, Jerome le tiró de la muñeca. La hipodérmica escupió su veneno en el aire, y cayó al suelo: le siguió el mono, que se retorció hasta liberarse.

Jerome atrajo a Welles hacia sí y le dijo:

—Le he dicho que los deje en paz.

Por toda respuesta, Welles le dio un puñetazo en el flanco herido. A Jerome se le saltaron las lágrimas de dolor, pero continuó sujetando al doctor. El estímulo, aunque desagradable, no logró convencerlo para soltar el corazón que latía tan cerca de él. Abrazando a Welles como a un hijo pródigo, deseó que se prendiera fuego, que el sueño de la carne ardiente se convirtiera en realidad, consumiendo al creador y a su obra en una única llama purificadora. Pero la carne de Jerome no era más que carne, sus huesos no eran más que huesos. Los milagros que había presenciado habían sido una revelación exclusiva, y no había tiempo para transmitir sus glorias y sus horrores. Lo que había visto moriría con él, para ser redescubierto, quizá, por algún ente futuro, para ser olvidado y redescubierto otra vez. Como la historia de amor narrada por la radio; la misma dicha perdida y encontrada, encontrada y perdida otra vez. Miró a Welles con nuevos ojos; oyó el aterrado latido de su corazon. El doctor se equivocaba. Si dejaba que viviera, se enteraría de su error. No eran vaticinadores del milenio. Ambos habían estado soñando.

—No me mates —suplicó Welles—. No quiero morir.

«Sigue engañándote», pensó Jerome, y lo soltó.

Welles estaba asombrado, no podía creer que su súplica hubiera sido escuchada. Esperando recibir un golpe a cada paso que daba, se alejó de Jerome, quien se limitó a darie la espalda al doctor y alejarse a su vez.

Desde abajo llegó un grito, y luego muchos más. La policía, adivinó Welles. Seguramente habrían encontrado el cuerpo del oficial que montaba guardia en la puerta. No tardarían en subir. No quedaba tiempo para concluir el trabajo que había venido a realizar. Tenía que alejarse antes de que llegaran.

En el piso de abajo, Carnegie vio desaparecer escalera arriba a los oficiales armados. El aire olía a quemado; temió lo peor.

«Yo soy el hombre que llega después de los sucesos —pensó—; me paso la vida llegando al lugar del crimen cuando ya ha pasado lo mejor.» Acostumbrado como estaba a esperar, paciente como un perro leal, esta vez no logró controlar la ansiedad mientras los otros avanzaban. Haciendo caso omiso de las voces que le aconsejaban esperar, comenzó a subir la escalera.

El laboratorio del piso superior se hallaba vacío; sólo estaban los monos y el cadáver de Johannson. El toxicólogo había caído de bruces con el cuello roto. La salida de emergencia, que daba a una escalera de incendios, estaba abierta; el vano de la puerta se chupaba la humareda. Cuando Carnegie se alejó del cuerpo de Johannson, los oficiales ya estaban en la escalera de incendios, gritando a sus colegas de abajo que buscaran al fugitivo.

—¿Señor?

Carnegie miró al hombre que se le había acercado.

—¿Qué es eso?

El oficial señaló al otro extremo del laboratorio, a la sala de pruebas. En la ventana había alguien asomado. Carnegie reconoció las facciones, aunque habían cambiado mucho. Era Jerome. Al principio creyó que lo miraba, pero un breve examen le hizo desechar la idea. Jerome miraba su propia imagen reflejada en el vidrio manchado, con los ojos anegados en lágrimas. Mientras Carnegie lo observaba, la cara se alejó hacia las sombras de la sala.

Otros oficiales habían notado tambien la presencia del hombre. Se distribuyeron por el laboratorio, tomando posiciones detrás de los bancos, desde donde podían apuntar bien a la puerta, y prepararon las armas. En otras ocasiones Carnegie había estado presente en situaciones parecidas; eran situaciones con un impulso propio y terrible. A menos que interviniera, se derramaría sangre.

—Alto, no disparen —ordenó.

Apartó al oficial que protestaba y comenzó a cruzar el laboratorio, sin ocultar su avance. Dejó atrás los fregaderos en los que ardían los restos de Niño Ciego, y el banco debajo del cual, hacia mucho tiempo, había encontrado muerta a Dance. Un mono con la cabeza gacha se arrastró delante de él, aparentemente sordo a la proximidad de Carnegie. Dejó que la bestia encontrara un agujero donde morir, y luego avanzó hacia la puerta de la sala de pruebas. Estaba entornada. Puso la mano en el picaporte. A sus espaldas, el laboratorio se sumió en un completo silencio; todos los ojos estaban pendientes de él. Abrió la puerta de un empellón. Todos los índices tocaron los gatillos. No se produjo ningún ataque. Carnegie entró.

Jerome estaba de pie, apoyado contra la pared de enfrente. Si vio entrar a Carnegie, o si lo oyó, no dio señales de ello. A sus pies yacía un simio muerto; seguía sujetándole el dobladillo del pantalón con una manita. En un rincón había otro mono, lloriqueando con la cabeza entre las manos.

—¿Jerome?

¿Sería la imaginación de Carnegie, o había olor a fresas?

Jerome parpadeó.

—Queda usted arrestado —le informó Carnegie, y pensó que Hendrix apreciaría la ironía de la frase.

El hombre apartó la mano ensangrentada de la herida del costado, se la llevó a la bragueta y comenzó a acariciarse.

—Es demasiado tarde —repuso.

Sintió elevarse en él el último fuego. Si el intruso decidía atravesar la cámara y arrestarlo, los próximos segundos le impedirían la captura. La muerte estaba allí. Y ahora que la veía con claridad, ¿qué era? Otra seducción, otra dulce oscuridad que llenar, a la que dar placer y fertilizar.

Un espasmo le recorrió el perineo; un relámpago partió en dos direcciones desde ese lugar, subiéndole por el falo y por la columna vertebral. Una risotada salió de su garganta.

En el rincón de la sala, al oír la risa de Jerome, el mono comenzó a lloriquear otra vez. El sonido atrajo momentáneamente la atención de Carnegie, y cuando volvió a mirar a Jerome, los ojos miopes se habían cerrado, la mano había caído a un lado, y estaba muerto, de pie contra la pared. Durante un momento el cuerpo desafió la gravedad. Después, las piernas se doblaron con gracia y Jerome cayó hacia adelante. Carnegie notó que era un saco de huesos, o poco más. Era asombroso que hubiera vivido tanto.

Cautelosamente, se acercó al cuerpo y le puso el dedo en el cuello. No latía. Los restos de la última risotada de Jerome quedaron en su cara, negándose a desvanecerse.

—Dime una cosa... —susurró Carnegie al hombre, presintiendo que a pesar de haberse adelantado se había perdido lo mejor, que seguía siendo y que quizá seguiría siendo siempre un mero espectador de las consecuencias—. ¿Cuál era el chiste?

Pero el niño ciego, como tenían por costumbre los de su clan, no se lo dijo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

La producción de Cortázar y Borges es fantástica en un 90%, no sé por qué tanta tontería con el terror. Barker y King no son Shakespeare, pero no hay que estar comiendo alta cocina todo el tiempo, el bocata de calamares también es una delicatessen.